¿Puede la ficción describir la realidad? ¿Cuáles son las formas más adecuadas para hacerlo? Fascinantes, son cuestiones que ocupan a los estudios literarios y a la filosofía desde la época en que eran disciplinas indistinguibles, hace unos 2.500 años. Más acá en el tiempo, en la década de 1960, el uruguayo Ángel Rama también las acometió, aunque no de forma directa, y con una inquietud extra: ¿qué tipo de ficciones son capaces de provocar el cambio social?

Uno de los escritos en los que planteó estos asuntos de forma más seductora fue el ensayo “Aquí, cien años de raros”, cuyo cometido principal era presentar una “línea secreta dentro de la literatura uruguaya”, que partía de Lautréamont y llegaba a escritores contemporáneos como Felisberto Hernández, Armonía Somers y María Inés Silva Vila. Desde su publicación en 1966, el artículo se volvió una herramienta tan ineludible como problemática para entender el sistema narrativo del país. La lista de investigadores que lo reexaminaron es larga; Hebert Benítez es, quizás, quien lo ha confrontado más sostenidamente en los últimos 15 años. En su más reciente libro, expande y complejiza sus observaciones a la conceptualización de Rama, y, de algún modo, se reconcilia con ella.

Fueron raros, el título del libro, dibuja esa ambivalencia. Si por un lado el pretérito sitúa a los autores agrupados por Rama en un momento superado –desde entonces, algunos cayeron en el olvido y otros se volvieron canónicos–, por otro no proclama el agotamiento de la fórmula, sino que sugiere que hoy esos autores merecen (además) otras caracterizaciones. Especialmente, porque en los artículos contenidos en el libro (se trata mayormente de una recopilación de textos aparecidos en revistas académicas) Benítez no se centra únicamente en aquellos indicados por Rama, sino que trabaja sobre un creador excluido por él, Julio Herrera y Reissig, y sobre uno posterior (Daniel Mella), mientras que Mario Levrero, a quien Rama llegó a señalar como “raro” después de escribir su célebre ensayo, es el autor que recibe más atención; Felisberto, Marosa Di Giorgio y LS Garini también tienen lugar en estas páginas.

Ocurre que, a pesar de que las carencias de la propuesta de Rama son evidentes (es esencialista, formula lo raro en contraposición a una hegemonía difusa), aún sigue siendo un buen punto de partida para pensar en asuntos que exceden la narrativa vernácula. De hecho, Benítez –catedrático de Literatura Uruguaya en la Facultad de Humanidades (Udelar), agitador cultural y poeta– estuvo al frente de un grupo de investigación cuyo nombre, Raros y Fantásticos en la Literatura Uruguaya, evidenciaba la vigencia operativa de la clasificación ramiana. Ahora, en el prólogo y en dos de los ensayos de su nuevo libro, pone a dialogar lo raro con otros conceptos, como el de lo extraño, lo atípico, lo desviado de la norma. La aparición, en 2016, de Lo raro y lo espeluznante (The weird and the eerie), del prematuramente fallecido Mark Fisher, no solo fue una feliz coincidencia terminológica que reactivó la categoría de Rama en su cincuentenario, sino también la oportunidad de intensificar su dimensión política, ya que el británico, como el uruguayo, recortó sus categorías sobre un fondo de realismo (“realismo capitalista” para Fisher).

Benítez recupera el gesto político de la operación que realizó Rama al oponer lo raro tanto a los estilos realistas predominantes en la región como a la alteridad que los conservadores del grupo argentino Sur (el de Borges, Bioy y Victoria Ocampo, que tenía sus fieles locales) buscaban conferir a cierto tipo de género fantástico, que el uruguayo entendía como narrativa orientada al mero entretenimiento. En ese sentido, Benítez rescata la nota de disidencia que había entonces en lo raro y que hoy continúa en las modulaciones de lo raro que él mismo propone (la de lo insólito, que ya aparecía en Rama, es la más recurrente), para mostrar las obras “no realistas” como producto y denuncia de contextos sociales determinados (la idea del batllismo como instaurador de un aura mediocritas contra la que reaccionan los raros habría hecho sonreír a otro real: Real de Azúa).

Como Rama, aunque con las prevenciones de la teoría literaria posestructuralista, Benítez acepta que lo raro comprende tanto las obras como a sus autores, y para eso revisa la noción de “persona”. En cambio, no presta tanta atención al comportamiento de los lectores (sí, ocasionalmente, a un grupo de ellos: los críticos), aunque le hubiera resultado útil para explicar el proceso de absorción por parte del realismo de estrategias inicialmente empleadas por sus disidencias (no solo los creadores, sino también los públicos se “acostumbran” a las innovaciones).

El intento por caracterizar, desde una negatividad, una serie de alternativas al realismo (“escrituras uruguayas no realistas” es el complemento del título del libro) no rehúye la búsqueda de una definición del realismo en sí. Es una tarea admirable, porque se sabe de antemano que, en el mejor de los casos, se conseguirá una aproximación gradual. Benítez rescata acercamientos históricos, de raíz marxista, en los que el estilo realista es tomado como una herramienta desmitificadora que permite examinar críticamente el presente, y también se interna en teorías estéticas de la correspondencia entre el texto (el arte) y lo que está fuera de él; para eso, pone en funcionamiento las ideas de analogía, mímesis, verosimilitud, con un subtexto de fuerte desconfianza hacia la posibilidad de “representación fiel” por fuera de las convenciones circunstanciales. Como sus conclusiones provisorias atienden tanto lo que ocurre dentro de la representación ficcional como fuera de ella, su impacto llega más allá del ámbito de la teoría literaria y es potencialmente útil en momentos en que buena parte del debate público se asemeja a una confrontación de relatos y estilos discursivos.

Fueron raros: escrituras uruguayas no realistas en el siglo XX, de Hebert Benítez Pezzolano. 184 páginas. Yaugurú, 2025.