“La tarea del poeta”, escribía Aristóteles en su Poética, “es describir no lo que ha acontecido, sino lo que podría haber ocurrido, esto es, tanto lo que es posible como probable o necesario”. A partir de esa afirmación, el filósofo griego entendía que el poeta, y en particular el poeta dramático, realizaba una tarea superior a la del historiador, en tanto que este último “relata lo que ha sucedido” mientras que el primero, “lo que podría haber acontecido”.

Sin intención de debatir con el célebre estagirita, las afirmaciones son útiles para describir gran parte de la labor como dramaturga de Sandra Massera, quien en 2027 cumplirá tres décadas de intenso trabajo como directora y escritora, ya que –también es profesora de Historia– su obra se nutre de “hechos históricos”, ya sea de nuestro pasado reciente, como en No digas nada, nena (2008) y 1975 (2014), o apelando a personajes históricos, en el caso de Emilio Reus, la sombra del espejo (2019) y Franz Kafka, la última noche (2020). Especial interés como punto de partida de sus reflexiones escénicas fueron figuras reales como Camille Claudel y Clara García de Zúñiga en Locas (2009), Luce d’Eramo en La bailarina de Maguncia (2019) y Ana Frank y Hermine Santrouschitz en un ciclo de varias obras sobre los diarios y la vida de Ana Frank.

No obstante, hechos y personalidades no son tomados desde un punto de vista meramente historiográfico, sino que funcionan como disparadores de reflexiones que los trascienden. Así ocurre en Casi humanos, libro que recoge cinco de las últimas obras escritas por Massera.

La que da título al libro ubica su acción en un ensayo teatral que irá desdoblando a sus personajes hasta llegar a Amanda Berenguer e Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont, quienes sirven para anclar dos personajes reconocibles, por un lado, y, por otro, a los actores que los representan. En el medio irán apareciendo y desapareciendo otros personajes como eslabones entre la “realidad” y la “ficción”, con lo cual el ejercicio escénico deriva en una reflexión metateatral en la que los protagonistas se interrogan sobre su propio “ser” como “casi humanos”.

La reflexión metateatral, que nos remite a José Sanchis Sinisterra y Luigi Pirandello, también estructuraba Preludio de Ana (2016), uno de los espectáculos en los que Massera partía de la personalidad de Ana Frank. La aparición espectral de algunos personajes es un recurso que retoma en La breve e imborrable vida de Petr Ginz y su hermana Eva, también incluido en Casi humanos. Ginz fue asesinado en las cámaras de gas de Auschwitz en 1944 cuando tenía 16 años, pero antes había dejado una serie de diarios y dibujos que se han convertido en un símbolo de la denuncia del nazismo. Ya había aparecido como personaje secundario en Ana después (2014), pero ahora es su perspectiva, y la de su hermana Eva, el eje del relato, que se integra a la vasta obra de Massera en torno a los crímenes del nazismo, quizá preguntándose todavía sobre la “humanidad” de quienes planificaron el exterminio.

“Le vi la cara, tenía gafas. Volaba muy bajo. Tenía gafas”, repite con angustia un personaje de Ainara de Gernika, también incluida en este volumen. La frase parece un intento de buscar humanidad en los pilotos alemanes que arrasaron con la ciudad de Gernika en abril de 1937. La protagonista, Ainara, es un personaje de ficción, pero la historiadora Massera reproduce el universo en que conviven el catolicismo severo y la mitología vasca, que la habita antes del bombardeo. El texto recupera una práctica poco conocida: el “exilio” de niños de entre 6 y 14 años fuera del País Vasco resuelto por el gobierno autonómico. Esta historia de desarraigo es narrada desde la perspectiva de Ainara, quien años después de volver a su país decide emigrar al Cono Sur para encontrarse nuevamente con el terror fascista, ahora en el Río de la Plata.

Massera también convoca a Antonina Miliukova, viuda de Piotr Chaikovski, en Antonina la repudiada. La obra retoma algunos aspectos poco conocidos del compositor ruso, como su no tan velada homosexualidad, y de alguna forma reflexiona sobre el lugar de la mujer en la Rusia aristócrata, en la que la “humanidad” de la esposa es más bien accesoria. La “locura”, como en otras obras de Massera, sirve al universo masculino para ocultar a las mujeres que, de una forma u otra, rechazan el orden impuesto.

Esa discusión sobre el lugar de la mujer obviamente es central en Las madres del monstruo, en la que imagina la convivencia de la pionera del feminismo liberal Mary Wollstonecraft con su hija Mary Shelley, famosa por Frankenstein (en la realidad, Wollstonecraft murió diez días luego de parir), por lo que, de algún modo, es el “primer encuentro” entre dos rebeldes que escandalizaron a la sociedad de su época. El doctor Frankenstein, el personaje de Shelley, anuda gran parte de los conflictos de una modernidad en plena expansión: en él se intuyen la prepotencia positivista y un científico que desata tormentas que no puede controlar. La “humanidad” de la criatura que toma el nombre de su creador cuestiona una ciencia que, décadas después, será un instrumento del exterminio.

El volumen reúne, como vemos, una excelente muestra de los intereses de Massera. Aunque los textos tienen como fin último el escenario, su lectura nos permite descubrir a una dramaturga que no se acerca a la historia para “reproducir” los hechos, sino para abrir la reflexión a partir de ellos. Y consigue, por qué no, que los personajes literarios muchas veces cuestionen a sus propios creadores.

Casi humanos y otros textos para teatro, de Sandra Massera. 188 páginas. Estuario, 2025.