Alejandrina y lunfa, reciente ganador del Premio Nacional de Poesía, reúne sonetos que construyen un repertorio arrabalero de la miseria citadina. Juan de Marsilio ensambla el registro lunfardo con la forma clásica del alejandrino, sin que la jerga se someta a la métrica exigente ni el libro pierda la aspereza de sus escenas. Desde Alondras, lobizones, elefantes (1990) y La casa y su habitante (1991), Marsilio ha trazado un camino que abarca el tono político, la preocupación social y la búsqueda espiritual. Entre sus libros de poesía se encuentran La sed y el agua extraña (1995), Pavana para un dinosaurio difunto (2005), Futuro (2006) y entregas más recientes como Presente indicativo (2020).

El título de esta reseña remite a un verso de Horacio Cavallo, tomado de sus poemas montevideanos, atravesados por cadencias y climas afines al tango. Esa tonalidad, que puede rastrearse en el fraseo de cierta poesía uruguaya, se distingue de los casos en que el lunfardo irrumpe como jerga plena. Este es el caso de Batimento a los Gomías y Bulín Grande, de Elsa Baroni de Barreneche, un hito dentro de las poetas tangueras, como ha escrito Luis Bravo. Sus poemas asumen un recital de código a veces hermético, elogiado por José Gobello y Horacio Ferrer.

Precisamente, sumergido en la lectura de la reciente reedición de Romancero canyengue, de Ferrer, Juan de Marsilio afinó el oído para escribir Alejandrina y lunfa, una propuesta que comienza por rezongar con la “tinta cajetilla” para hundirse en los paisajes arrabaleros de la descomposición social mediante la jerga lunfarda que –entroncada en el tango, la milonga y el vals criollo– tiene su lugar en la poesía y la canción rioplatenses.

El tango ha fundado una melancolía propia, de doble cara, retratada en el recuerdo doloroso, en el cansancio de la soledad, en el alcohol que vence a los abandonados, en la resignación audaz de los amores rotos y en la vida, a veces despreocupada, de personajes nostálgicos, ensombrecidos por el ayer. Las letras de tango dejan entrever, más de una vez, una conciencia de la caída, pero también la altivez desmejorada de sus personajes.

Los sonetos de Alejandrina y lunfa levantan una escenografía barrial habitada por personajes perdidos, rotos, pobres, sacrificados y humildes. Los postergados de la experiencia urbana dialogan de manera orgánica con la mitología de “esa fauna tristonga y callejera” a la que aludía Ferrer. Para José Arenas, Marsilio toma “los tópicos tradicionales del melodrama lunfa (la madre, el chorro, la noche, la pobreza) y los aplica con gran habilidad a un panorama actual, desde la queja, el existencialismo, el humor o la ternura”.

Echando mano de esos y otros tópicos, el libro revela un mundo arrabalero de tipos humanos comunes, cansados y falibles. Lejos de la estampa de los malevos gloriosos y de la conciencia trágica explícita en el tango, el libro desmonta los estereotipos, y los personajes que desfilan pierden épica y caricatura. Hay desgaste, fragilidad y envejecimiento. El reo es obrero, padre, viudo; la percanta es víctima, madre, sobreviviente; los bacanes baratijean en Buenos Aires. Los poemas se dispersan como rezos, como pequeñas oraciones que se plantan o se resignan. Para el libro ya no rige el código del honor arrabalero perdido, sino la compasión, la culpa y la redención posible.

Una ética religiosa de la piedad recorre los poemas, lejos del castigo, dejando oír un claro cristianismo arrabalero. Dios camina por el barro, recibe su cuota de cotidianeidad y sufre constantemente en su asomo, sin poder hacer mucho en ese plano. Este interesante juego de insuficiencia piadosa permite observar la conducta humana en sus límites, utilizando a veces el humor como contrapunto frente a la crudeza.

El soneto “Ciruja y luna llena”, uno de los más logrados poéticamente por su condensación eficaz de la anécdota, describe el cruce entre la amenaza social y la paranoia íntima. En el poema, alguien se arma para defenderse cuando escucha ruidos, pero la luna “escracha” a un ciruja revolviendo la basura mientras canta Cambalache.

En el soneto “Con túnica y coraje”, la mirada al fracaso escolar impuesto por una sociedad que juzga la pobreza se mezcla con la lucha docente frente a la cruda realidad de la escuela, donde conviven hijos de obreros, de hurgadores y de narcos. El uso del lunfardo otorga una estética particular a la anécdota también en “Punga y santidad”, donde la presencia de la confesión religiosa funciona como contrapunto para un lancero que, tras años de robos, se convierte en cura.

Poemas como “Rosa” funcionan a la vez como crítica social y como una mirada lúcida y realista sobre la pobreza, que el tiempo acentúa cuando se trata de yiras, curdas y proxenetas que se vuelven laburantes. “Soneto con aljibes y ojos grises” es un poema dedicado a la vida sufrida de una mujer y sus hijos, que escapan de la violencia de género.

El poema “Spica” homenajea a las viejas radios a pila forradas, de donde surgen los recuerdos del fútbol, las voces antiguas de la infancia y hasta el tono mismo de la memoria. En “Un juego de truco”, la escena funciona como metáfora de la muerte, y situaciones descarnadas conviven con la bendición del Barba. Otros sonetos remiten a la bohemia previa a la vida familiar, a las jornadas injustas e incansables del laburante y a la reflexión en los velorios.

Alejandrina y lunfa alude a “la musa atorranta” del humor, la religión y las redenciones momentáneas, rematadas en el camuflaje lingüístico del lunfardo, rasgo constitutivo de esta poesía. Estamos frente a una escritura que dirige una mirada audaz y una inocencia compañera a la interminable erosión material y simbólica que sufren los excluidos.

Alejandrina y lunfa, de Juan de Marsilio. 30 páginas. Solazul, 2025.