El canciller alemán, Friedrich Merz, esbozó hace poco, en una declaración gubernamental ante el Bundestag (Parlamento), los rasgos básicos de la política exterior de su país. El telón de fondo es la actual guerra de Rusia contra Ucrania y las acciones del gobierno de Donald Trump, tan perturbadoras como destructivas. Llamó particularmente la atención la afirmación de que Alemania y Europa deben reaprender el lenguaje de la política de poder y convertirse en una “potencia europea”. Cabe preguntarse si la expresión “política de poder” es realmente la adecuada a la luz de la historia alemana y su declarada ambición de convertirse en la mayor potencia militar convencional de Europa central.
Merz no especificó qué quiso decir exactamente con la expresión “política de poder” en su declaración gubernamental. Poder es un concepto ambiguo y multifacético, difícil de ser definido de forma inequívoca. Una de las definiciones más influyentes proviene de Max Weber, quien lo describió como “toda posibilidad de imponer la propia voluntad dentro de una relación social, incluso ante una resistencia, independientemente de en qué se base esa posibilidad”. El politólogo estadounidense Joseph Nye, fallecido el año pasado, describió el poder como la capacidad de “hacer que otros quieran lo que uno quiere”. Nye denomina a esta capacidad soft power (poder blando). Según él, el poder blando no se basa en la coerción militar o económica, sino en el atractivo de los valores, la cultura, las instituciones, la apertura y la capacidad de innovación. A principios del milenio, Nye profundizó en el concepto de smart power (poder inteligente), que combina recursos de poder duro y blando. Especialmente a largo plazo, esta inteligente combinación de poder blando y duro resulta crucial para mantener y expandir las posiciones de poder.
Sin embargo, me temo que los actores actuales entienden el poder principalmente como capacidades militares, y que los instrumentos económicos, diplomáticos, culturales, normativos o institucionales son, en el mejor de los casos, consideraciones secundarias o terciarias. En ese contexto, la afirmación de Merz de que Europa debe reaprender el “lenguaje de la política de poder” plantea la pregunta de si Europa debería emular la política de poder de Putin y Trump, o si puede desarrollar una interpretación alternativa y moderna de la política de poder.
Hasta ahora, la Unión Europea, con su mercado interno común y su modelo democrático y respetuoso del Estado de derecho, era considerada un ejemplo perfecto de soft power exitoso. Sin embargo, la invasión rusa de Ucrania y las políticas confrontativas de Trump han dejado claro que ya no basta solamente con el soft power en un mundo basado en el poder. El antiguo orden basado en reglas ya no existe y es improbable que regrese tal como lo conocimos.
La Unión Europea debería hacer todo lo posible para evitar que las grandes potencias le impongan la lógica de un juego de suma cero y un poderío exclusivamente militar.
Los desplazamientos estructurales de poder en el sistema internacional hacia una competencia entre grandes potencias persistirán en el futuro inmediato. Esto marca un punto de inflexión profundo, ya que Europa ya no es solo una “potencia civil” o “de paz”, sino también un actor de la política de poder, nos guste o no. En concreto, esto significa que la Unión Europea deberá ser capaz en el futuro de defenderse de manera independiente, lo que implicará conformar una auténtica unión de defensa europea.
Sin embargo, la Unión Europea debería hacer todo lo posible para evitar que las grandes potencias le impongan la lógica de un juego de suma cero y un poderío exclusivamente militar. En el siglo XXI, el poder ya no reside únicamente en los cañones, sino también en la productividad económica y tecnológica, en el atractivo de su normativa y su cultura, así como en instituciones estables y alianzas duraderas. Ni Donald Trump ni Vladimir Putin parecen comprenderlo. Rusia, en particular, sigue siendo una potencia con un limitado soft power y pocos aliados. Es más: los recientes acontecimientos en Siria, Venezuela e Irán han demostrado que, incluso con el mayor arsenal nuclear del mundo, Rusia no está dispuesta ni es capaz de proteger eficazmente a sus socios.
Por lo tanto, la Unión Europea debería desarrollar una estrategia sólida de política exterior que no se base en la amenaza de la fuerza militar o económica para imponer sus intereses, sino en un equilibrio justo de intereses entre los estados pequeños y los grandes. Es probable que esta interpretación del poder tenga una fuerte repercusión, especialmente entre muchos estados pequeños y medianos del Sur global. En un mundo donde las grandes potencias buscan reconfigurar el orden internacional en sus esferas de influencia, Europa debe aunar fuerzas con otras democracias liberales y socios afines para desarrollar una estrategia común frente a estas potencias.
El objetivo debe ser proteger y preservar las instituciones y regímenes internacionales de décadas pasadas que aún perduran. Esto incluye una continua juridificación de las relaciones internacionales, una jurisdicción arbitral y penal internacional, el desarme y el control de armamentos basados en tratados, así como una respuesta común a desafíos globales como el cambio climático, el hambre, la escasez de recursos y la gestión de las nuevas tecnologías.
No se trata de aferrarse ingenuamente a un orden basado en normas que, en su forma actual, claramente ya no funciona. Debemos ser realistas y reconocer que las grandes potencias recurren cada vez más a la política de poder puro y a un pensamiento basado en esferas de influencia. Sin embargo, las normas comunes, el libre comercio y el multilateralismo cooperativo no son conceptos obsoletos para muchos países del mundo, sino requisitos fundamentales para la estabilidad, la seguridad y el bienestar. Para estos países, el soft power seguirá siendo más atractivo que el hard power. El primer ministro canadiense, Mark Carney, lo resumió acertadamente en el notable discurso que dio en el Foro Económico Mundial de Davos: “No debemos permitir que el auge del hard power nos ciegue ante el hecho de que el poder de la legitimidad, la integridad y las normas sigue siendo fuerte si optamos por utilizarlas colectivamente”.
La capacidad bélica, así como la política de poder y la geopolítica, no pueden ni deben ser fines en sí mismos. Seguimos sin saber por ahora con precisión qué entiende Merz por “política de poder”. El proyecto de ley de presupuesto para 2027 será un primer punto de referencia. Revelará si, además de los instrumentos militares, también se están proporcionando los fondos urgentemente necesarios para la resiliencia democrática y basada en normas, la ayuda humanitaria y una política exterior sólida. Estos fondos siguen siendo indispensables para una política europea sensata y sostenible.
Rolf Mützenich es diputado del Partido Socialdemócrata de Alemania. Una versión más extensa de esta columna se publicó originalmente en Nueva Sociedad.