Federico López, director de Patrimonio de la Intendencia de Canelones, afirmó que la ruralidad “está en un momento bisagra en el que se nos está yendo una generación y, como sociedad, estamos perdiendo el conocimiento de la chacra”. Si esos saberes se extinguen, “si perdemos esa cultura, no la recuperamos más”.
La Fiesta de la Chacra no es la recreación de tiempos pasados como una suerte de espectáculo comercial desprovisto de su significado original. Su esencia es el rescate de formas de hacer, de sentir y de vivir. Detrás de cada objeto que integra la muestra en este museo vivo a cielo abierto, de cada herramienta, de cada comida, baile o vestimenta, hay una cultura que define la identidad de un muy importante número de personas que habitan un territorio específico.
Cabe hacer la salvedad de que no se trata de que los rasgos distintivos y propios de este colectivo se preserven estática e inflexiblemente. Quien haya recorrido con ojo atento cualquiera de las ediciones anteriores de la fiesta podrá haber apreciado signos evidentes de evolución y adaptación cultural a los nuevos tiempos, puestos de manifiesto en, por ejemplo, la incorporación de tecnologías.
En una época en que prima la lucha entre “la agroindustria y la producción familiar, que se registra a nivel mundial”, y procesos como el de la globalización homogeneizadora o el despoblamiento del campo, “nosotros queremos transmitir que la chacra es la tierra para todos, para la familia y los colectivos”.
Este no es un festival que “desplaza las expresiones artísticas y de entretenimiento locales. En el escenario suceden cosas que para nosotros son importantes, que es la poesía construida por la gente del campo que les canta o les escribe a sus creencias, a sus costumbres, a sus problemas. Tiene una profundidad que nosotros pretendemos que la gente lea de esa manera”.
López concluyó que “no somos el centro de nada, pero somos parte del mundo. Hay que decirlo explícitamente, no darlo por sobreentendido”.
