Funciona en un espacio del Club Reducto, en el barrio montevideano del mismo nombre. El salón que habitualmente sirve como sala de lectura se convirtió el jueves de noche en platea del documental Comprar, tirar, comprar, dirigido por Cosima Dannoritzer y coproducido por Televisión Española (2011).

La proyección fue parte de Globale, un festival de cine documental que se originó en Berlín hace siete años y que es replicado en Uruguay desde hace cuatro. Durante el ciclo los documentales son exhibidos en centros educativos, culturales, cooperativas y otras organizaciones sociales, e incluyen un espacio de intercambio posterior de la mano de algún invitado. En el caso de Bibliobarrio, quien ocupó ese rol fue el psicólogo social Eduardo Viera, que se situó en pie de igualdad con los más de 30 “espectadores”.

La obsolescencia y el consumo

Comprar, tirar, comprar resulta de una investigación de tres años de trabajo. Aborda la estrategia de las empresas para limitar la vida útil de los productos como una forma de incrementar la producción. Por ello se explica que hace un siglo las lamparillas duraban 2.500 horas y actualmente no superan las 1.000 de uso.

La idea de la “obsolescencia programada” nació en Estados Unidos en 1930 como una salida a la crisis de 1929 y se ha extendido desde entonces. El documental detalla el caso de las medias de nailon, del éxito de un químico que llegó en 1950 a una fórmula para que tuvieran una larga duración y, sin embargo, fue perseguido por empresarios y trabajadores textiles, ya que su logro representaba una amenaza para la industria. El film expone casos actuales, como el de impresoras fabricadas para tener un número limitado de copias o la corta vida de las baterías de los iPod.

El documental se enfoca en el rol de la publicidad en la construcción de la sociedad de consumo y se pregunta hasta dónde es compatible “un sistema de producción infinito en un planeta con recursos limitados”. A su vez, muestra la contracara del consumo en Ghana, a donde va a parar buena parte de los residuos electrónicos de los países desarrollados.

Pese a todo, el mensaje de la película es positivo y maneja vías de salida; ese tono perduró en la discusión posterior. “El consumo es una manera de seguir la esclavitud”, opinó uno de los asistentes. No faltaron las alusiones a la publicidad, a los medios masivos de comunicación y una vecina, indignada, preguntó por qué documentales como éstos no son difundidos en la televisión abierta. “Porque va en contra de sus intereses”, respondió otro. Se habló de las modas, del hábito de comprar por comprar y del impacto en los niños.

A todo eso, Sebastián, uno de los trabajadores de Bibliobarrio, comentó: “Yo capaz que peco de contra, pero ¿qué hacemos con los obreros si las lamparitas duran 20.000 años?”. Opinó que ése era el motor de la economía y que, de lo contrario, no habría publicidad ni medios. No es fácil sostener un discurso disonante, pero Sebastián lo hizo con gran respeto y de la misma forma fue contemplado por otros participantes. A modo de respuesta, propuso repensar el sistema para encontrar “otras lógicas de sobrevivencia”, mencionó la desigualdad en la sociedad de consumo y el deterioro de los recursos naturales.

El trabajo como cura

Cines foro y cafés literarios forman parte de las actividades de Bibliobarrio para “generar espacios de encuentro con la gente del barrio”, explicó Dulcinea Cardozo, quien junto a Tania Curbelo -ambas psicólogas de profesión- dieron en 2009 los pasos para crear el proyecto.

El objetivo es “la reinserción laboral de personas con padecimiento (de lo) psiquiátrico”, dijo Curbelo, quien precisó el término, paréntesis incluido. Mencionó que son personas que han pasado por afecciones psíquicas pero que además “padecen el peso de una disciplina que de alguna forma ha capturado esa temática y desde un lugar súper medicalizado y con determinadas lógicas que entendemos que no son con las que hay que trabajar con este tipo de población” y a eso añadió padecimiento social y estigmatización.

Bibliobarrio tiene un equipo coordinador integrado por profesionales de Psicología, Bibliotecología y Ciencias Económicas (no remunerados) y es cogestionado por tres trabajadores, Sebastián, Cecilia y Jorge, que son quienes sostienen el trabajo cotidianamente. La biblioteca cuenta con 3.500 volúmenes y quienes concurren pueden hacer uso de la sala de lectura o llevarse materiales en calidad de préstamo. Pero además, el proyecto tiene otras dos modalidades, en que los funcionarios les llevan los ejemplares a domicilio y luego los van a buscar, sea dentro o fuera del barrio; el pago de las cuotas mensuales de esos socios significa una parte importante de los sueldos de los trabajadores. Las vías de contacto son yendo al local, ubicado en San Fructuoso 1350, por el teléfono 099306053 y el e-mail biblio.barrio@gmail.com.

En 2012 comenzaron otro proyecto que también está reportando ingresos: la edición completamente artesanal de obras de teatro de autores uruguayos. Al reseñar la iniciativa en esos ejemplares, explican que lo hacen “desde el amor, la creatividad y desde la convicción de que lo que estamos publicando tiene que ser conocido”. Cecilia y Sebastián se mostraron expectantes frente a otras propuestas que, como éstas, puedan continuar abriéndoles puertas. Curbelo precisó que la meta es que el proyecto se autosustente y que en un futuro los trabajadores puedan formar una cooperativa. En eso están.