Machistas, maltratadores, agresivos, celosos, posesivos, con baja autoestima, resistentes al cambio, inmaduros, incapaces de expresar sentimientos, inseguros. Éstas son algunas de las características que integran el perfil de los varones que ejercen violencia doméstica basada en género -es decir, contra la mujer-. Éstos, lejos de ser una minoría en la sociedad, constituyen una enorme proporción de uruguayos, de todas las edades, clases sociales, y grados de instrucción. Protagonistas que, según especialistas consultados por la diaria, no están debidamente contemplados por la Ley de Violencia Doméstica (17.514) pese a ser “el otro pilar” del problema. Coinciden en que esta norma presenta un serio desbalance en relación a la atención que se brinda a los protagonistas del fenómeno: la víctima y el agresor.

Esto se debe a que en la inmensa mayoría de los casos, según los datos disponibles, la violencia doméstica basada en género es ejercida por el hombre contra la mujer y no al revés. Además, el trabajo constante de las organizaciones de mujeres hace que prosperen diversos dispositivos de atención a víctimas de violencia, pero casi no se han generado programas de atención a ofensores. De hecho, sólo existen en la actualidad en Uruguay tres programas que trabajan con hombres violentos en forma grupal: Renacer, que funciona desde 1994 bajo la dirección de su fundador, el psicólogo humanista y licenciado en Seguridad, Robert Parrado; un programa piloto implementado en 2012 por la Secretaría de la Mujer de la Intendencia de Montevideo (IM) -que este año continúa gestionado por una ONG dirigida por el licenciado en psicología Darío Ibarra (ver nota vinculada)-, y otro que funciona en el Ministerio del Interior, pero que atiende únicamente a sus funcionarios. En el ámbito privado también hay algunas alternativas, pero no son numerosas.

A raíz de este desbalance, la mujer víctima de violencia es actualmente atendida, contenida y apoyada en el proceso de cambio interior que la llevará a erradicar de su vida los vínculos teñidos de opresión y sumisión, mientras que los varones violentos quedan en un limbo de desatención que no les permite evolucionar hacia vínculos más saludables.

“La Ley 17.514 no es coja porque renguea sino porque nació sin una pierna”, resume Parrado, en referencia a la falta de atención a la problemática que enfrentan los hombres que ejercen violencia doméstica, que abarca no sólo la física, sino también la psicológica, emocional, sexual y patrimonial.

Para agravar la situación, el único ítem de la norma que contempla a los varones agresores es el capítulo IV, artículo 10, inciso 7, el cual establece la obligación de “disponer la asistencia obligatoria del agresor a programas de rehabilitación”. En ese sentido, Ibarra dijo que “incluiría una sugerencia para trabajar el tema de la violencia masculina en grupo, una asistencia psicológica individual y una atención psiquiátrica para trabajar el control de los impulsos o trastornos como depresiones o neurosis obsesiva”. En su opinión, la asistencia desigual en la atención a víctima y victimario se debe “a una ignorancia en relación a la violencia de género. Creer que trabajando sólo con la mujer se resuelve el tema es uno de los puntos de esa ignorancia. Las leyes tienen que hacerlas los especialistas. [...] Pese a que la ley incluye el tema [de atención a hombres], no han aparecido los recursos necesarios para hacerlo”. Por otra parte, Ibarra reconoce que es “muy necesario que se ayude a la mujer”, pero aclara que si se descuida la atención “al otro pilar del problema, no lo erradicás, porque vos atendés a 100, 1.000 mujeres al año por este tema, las empoderás, se defienden, se separan, se independizan, etcétera. Pero esos hombres de los que las mujeres se separan, si vos no los atendés, van a buscar otra mujer para hacer lo mismo. O sea, no estás atacando la raíz del problema”.

La guerra y la paz

En opinión de Tabaré*, un hombre de 40 años, integrante del grupo Renacer desde hace algunos meses, el problema de la violencia doméstica sólo podrá comenzar a revertirse cuando, en lugar de enfrentamiento entre hombres y mujeres, haya coincidencias en relación a cómo cambiar los vínculos. “Estaría bueno que esta dicotomía, que ya está, se pudiera comenzar a enfrentar no sólo desde el punto de vista de la víctima, sino también desde lo social, para poder resolverla. Es cierto, vos [hombre] resolviste así [con violencia]; bien, agrediste; vas preso, pero también trabajo contigo para ver por qué lo resolviste así”, propuso.

“Casi el 100% de los hombres ejerce violencia de género, salvo alguna excepción”, afirma Parrado. “Si venimos de una sociedad machista es imposible que no seamos machistas, y si somos machistas, seguramente ejerceremos alguna forma de violencia doméstica o de género, ya sea por acción o por omisión. Yo no le pego a mi compañera, ni ejerzo violencia verbal o sexual, pero si estoy en una reunión y escucho un chiste sexista y me río en lugar de cuestionarlo, estoy ejerciendo violencia de género por omisión”, agregó.

En ese sentido, el sociólogo Rafael Paternain evalúa que “los agresores, socialmente, podemos ser cualquiera de nosotros. No es que sean dos o tres, o cuatro, que se concentran en ciertos factores de riesgo como puede ocurrir en los delitos contra la propiedad. En el caso de la violencia doméstica es infinitamente más difusa esa probabilidad, porque los mecanismos de ocultamiento son distintos, porque los actores que pueden llegar a ejercer violencia somos actores de poder, y el nivel de gradación, el nivel intermedio de situaciones de violencia es muy amplio, va desde la violencia emocional hasta la física”.

Los especialistas entrevistados coinciden en que esta problemática tiene su raíz en la sociabilización “inadecuada” que recibimos hombres y mujeres, la cual estimula a los primeros a ser “fuertes, exitosos, controladores, proveedores”, y a las segundas a ser “pasivas, abnegadas, dedicadas, sumisas y a hacer ‘cualquier cosa por amor’”. Por tanto, afirman que, por tratarse de un aprendizaje, los vínculos desbalanceados se pueden revertir y los ofensores domésticos se pueden recuperar.

“Los hombres violentos son recuperables”, asevera el licenciado en Trabajo Social Juan José Vique. “Los hombres tenemos que aprender a hablar de nosotros mismos. No podemos esperar que las mujeres, además de luchar por equiparar sus derechos, nos convoquen a nosotros a pensar sobre nosotros mismos”. En la misma línea se expresó Ibarra, para quien la creencia de que “el hombre violento no se puede recuperar, que hay que mandarlos a todos presos o matarlos a todos, se basa en la ignorancia y en el desconocimiento del funcionamiento psíquico de los hombres ofensores”. Al mismo tiempo, alerta sobre el hecho de que muchas veces existen otros problemas en el hombre, como psicosis, paranoias, obsesiones, depresión, que se mezclan con la conducta violenta y de violencia de género. “Están los psicóticos, que son los que matan a la pareja, a los hijos y después se matan ellos; ésos no tienen recuperación, por más que vengan al grupo”, ejemplifica.

En esos casos, el hombre que ejerce violencia doméstica basada en género queda desamparado en varios frentes. Hubo un caso de un hombre que sufría neurosis obsesiva, relata, vino al grupo y no pudimos ayudarlo. “Ejercía violencia, pero aun viniendo a sesión no podía dejar de perseguir a su ex pareja, aunque tenía medidas cautelares, porque no estaba medicado, no recibía atención psiquiátrica para terminar con la obsesión”, comenta Vique. Por casos como ése es importante ajustar los mecanismos de atención de los ofensores, algo que actualmente no se hace. “Existe una preocupante falta de profundidad y precisión en el análisis de los distintos casos”, acota.

Testimonios renacentistas

El problema que surge con fuerza es que los “recuperables” son únicamente los que se acercan a los escasos grupos de apoyo. Es decir, de la gran cantidad de hombres que ejercen violencia basada en género, sólo unos pocos acceden a los colectivos, y según Parrado, cerca de 60% deserta. Tanto al grupo Renacer y el de la IM como a la consulta particular, los hombres acuden derivados por un juez, porque sus parejas les dieron un “ultimátum”, o por voluntad propia.

Pedro, de 52 años, integra el mismo grupo hace más de un año. Con voz pausada relata sus logros: “Cuando llegué lo hice completamente como una víctima de las circunstancias. Ahora veo que tengo todas esas características [del agresor], no me encasillé en ninguna, las tengo todas. No sé si por un proceso mágico, por un crecimiento personal, luego de un año estoy empezando a vincularme con mi pareja actual”. Agregó que los cambios operados en su forma de ser los advierten más sus allegados que él mismo. “Los notan mi pareja, mi hija, mi hijo. Si me preguntás si avancé, te digo que no, pero los demás sienten que aprendí a manejar cosas que antes no manejaba”, dice.

Francisco lleva 39 años de casado y asegura que gracias al grupo Renacer pudo continuar junto a su esposa: “Si yo no hubiera aprendido a tener y manejar herramientas nuevas, no estaría con ella ahora”. Juan, de 26 años, comenta: “Vine con la idea de que siempre el mundo me ataca, y después, con las charlas, empecé a entender que yo también tengo que ver en todas las etapas. Hoy en día estoy empezando a cambiar mis vínculos. Aprendí a hablar menos y escuchar más”.

* Los nombres utilizados son ficticios.