Baráibar se refiere a un episodio que vivió en el aeropuerto de Santiago pocas semanas después del golpe de Estado del 11 de setiembre de aquel año. El resto de la escena que rememora el dirigente del Movimiento de Participación Popular es el siguiente: presos políticos uruguayos que gritan desde arriba del avión, militares chilenos que intentan detener al dirigente tupamaro para evitar su salida del país, y el embajador sueco en Chile, Harald Edelstam, que a la fuerza logra salvarlo.

En pocas palabras

-¿Cómo era la relación de Edelstam con América Latina? -Él tenía una relación profunda con América Latina. El embajador se formó al comienzo de su carrera, en Berlín durante la Segunda Guerra Mundial, y luego en Oslo durante la ocupación nazi, y en ambos lugares cooperó con la resistencia. A su regreso a Suecia trabajamos con muchos latinoamericanos en una organización llamada Fondo Latinoamericano de Refugiados, que ofrecía solidaridad y ayuda a América Latina. -En el documental lo definen como alguien de pocas palabras pero firme al momento de actuar. ¿Coincide con esa descripción? -Sí, luchaba con firmeza para conseguir lo que consideraba que correspondía. -¿Qué aspectos humanos de Edelstam destacaría? -Tenía una convicción de que el derecho del hombre era central, y era muy importante proteger la vida de una persona, considerando que cada uno tiene sus derechos y sus valores. Estaba totalmente convencido de que si él podía proteger a una persona cuando sus derechos eran violados, se jugaba totalmente a eso, más allá de las diferencias políticas. Era un humanista.

Este testimonio de Baráibar aparece en el documental brasileño Harald Edelstam, nombre de la esperanza, que se presentó este mes en Montevideo. Incluye entrevistas con otros cinco uruguayos rescatados (Mirtha Fernández de Pucurull, Milton Gianoni, Raúl Rodríguez, Enrique Souto y Antonio Gomes de Freitas), dos presos políticos brasileños (João Carlos Bona García y Dirceu Messias) y con la ex vicecanciller Belela Herrera, funcionaria, por aquellos años, del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Además de los 54 uruguayos, y antes de ser declarado persona no grata por el régimen de Pinochet en diciembre de 1973, Edelstam protegió y ayudó a cientos de personas de distintas nacionalidades. Algunos de estos episodios aparecen relatados en el libro Chile roto, publicado por el actual ministro de Defensa Nacional, Eleuterio Fernández Huidobro, y Graciela Jorge en 1993, cuando se cumplieron 20 años de los golpes militares en ambos países.

Uno de los secretarios de Edelstam, Rolf Bengtsson, estuvo en Uruguay para presentar el documental y conversó con la diaria sobre la figura de este singular diplomático, cuya trayectoria ha sido rescatada del anonimato en los últimos años.

Bengtsson estuvo en Chile entre mayo de 1972 y junio de 1974, en representación del gobierno encabezado por el entonces primer ministro sueco Olof Palme, líder del Partido Socialdemócrata. “El presidente [Palme] era muy cercano a Edelstam, que siempre fue considerado un diplomático no convencional. Él creía que si era necesario se debía salir del protocolo, y sus superiores en Suecia no estaban muy de acuerdo. Le mandaban mensajes de lo debía hacer, pero Edelstam respondía que en Chile se estaba viviendo una situación muy especial, por lo que correspondía salirse del protocolo”, explica Bengtsson.

Edelstam utilizó muy bien el respeto que le tenían los militares chilenos a la diplomacia extranjera. Su secretario recuerda, por ejemplo, que un día el embajador viajaba en su auto con dos personas escondidas en la valija y que fue detenido en la calle por militares, que le pidieron que la abriera. “Él se negó, diciendo que el auto era parte de la embajada sueca. Ante la sorpresa por la respuesta, los soldados lo dejaron seguir. Después, en los diarios chilenos se publicó que un auto de una embajada extranjera no se puede considerar territorio de ese país”, agrega Bengtsson.

De puño y letra

Edelstam (1913-1989) tomaba partido. Cuando fue designado embajador en Berlín -y luego en Oslo- colaboró decididamente con la resistencia al régimen nazi y luego, en Guatemala, a finales de los 60, denunció públicamente las violaciones a los derechos humanos.

Pero en Chile fue un protagonista todavía más directo y se alejó de los convencionalismos diplomáticos. En el libro Allende visto por sus contemporáneos, de 1983, escribió respecto de los acontecimientos de setiembre de 1973: “El golpe militar y la muerte de Salvador Allende en el Palacio de La Moneda bombardeado y perforado por el fuego de las ametralladoras devino en un tremendo trauma para todo el mundo. Por sobre todo, me conmovió la traición de los militares, la brutalidad y la crueldad desatadas contra un pueblo indefenso. Allende se ha convertido en un símbolo de valor personal, humanismo y honor”.

Bengtsson recuerda con claridad cómo fueron los contactos del embajador con los uruguayos detenidos en el Estadio Nacional: “Harald exigió entrar al Estadio Nacional para buscar suecos que -según él- estaban detenidos. Adentro se encontró con Julio Baráibar, uno de los 54 uruguayos, quien presentó la situación crítica que estaban viviendo y le preguntó si podían recibir algún tipo de ayuda. Edelstam respondió que iba a hacer todo lo posible por sacarlos de ahí”.

El embajador negoció un acuerdo con el jefe militar para que la embajada de Suecia recibiera a esos 54 uruguayos. Al día siguiente, él y otro funcionario fueron con un bus y todos los presos uruguayos pudieron salir, se quedaron en la embajada tres semanas y luego viajaron a Suecia. Cuando los jefes del Ejército se dieron cuenta de lo que había pasado, ejecutaron al militar que había quedado a cargo.

El cuerpo diplomático sueco no tenía contactos con la embajada uruguaya en Chile, ya que después del golpe militar de junio de 1973 “las puertas se cerraron totalmente”, explica el secretario del embajador.

“De todas maneras, logramos salvoconductos para brasileños, uruguayos y bolivianos. El problema era que en la embajada no podíamos recibir chilenos, que para los militares debían ser procesados en su país. No sabíamos qué hacer con el resto de los chilenos que quedaban en la embajada, así que comenzamos a buscar colaboración con otras embajadas, como la de Venezuela, la de México y la de Colombia, y por intermedio de ellas logramos que pudieran salir. Los traslados eran operaciones delicadas”, explica Bengtsson. Se estima que unos 8.000 chilenos se exiliaron en Suecia durante el régimen de Pinochet.

Aquella tarde

Para Bengtsson, aquellos días en Chile son sinónimo de dramatismo. En la entrevista con la diaria recordó que un mediodía, en febrero de 1974, estaban almorzando en la sede diplomática y en un momento ingresaron al jardín soldados chilenos armados, que rodearon la casa. “La gente entró en pánico, corría por la casa. Respiré profundamente dos veces y salí por la puerta principal. Les dije a los militares que ésa era la casa de Suecia, que estaba prohibido su ingreso y que debían abandonar inmediatamente ese sitio”, relata.

El militar que estaba a cargo del operativo aceptó hablar en la puerta con los integrantes del cuerpo diplomático y ordenó que se retiraran todos los soldados que estaban en el lugar. “Cuando conversamos en la puerta me pidieron una lista de las personas que estaban dentro, para lo que necesitaban un contacto con la casa central. Ésta fue una grandísima violación. Habían entrado por ese mismo hueco que se usaba. Muchas veces pensé qué habría ocurrido realmente si yo no hubiera estado en casa esa tarde. Tuvimos suerte de no haber sufrido algún accidente grave en ninguna de las casas, aunque sí sufrimos un atentado”.

La mayoría de los presos políticos uruguayos liberados por Edelstam pertenecían al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T). En el documental Harald Edelstam, nombre de la esperanza algunos integrantes del MLN-T destacan que el gobierno sueco, de orientación socialdemócrata, nunca valoró negativamente que ellos se encontraran “más a la izquierda” que aquella administración europea. “Se consideraba simplemente la situación, y el riesgo que padecía una persona ante la represión antidemocrática. Edelstam tenía la convicción de que debía hacer ese tipo de cosas y que además era su derecho. Sentía que aquello que estaba haciendo era lo que correspondía en una situación de ese tipo, más allá de orientaciones políticas”, concluye Bengtsson.