Julio María Sanguinetti es uno de los protagonistas más importantes de la historia política uruguaya de la segunda mitad del siglo XX. Pero es un político que quiere ser historiador, y se ubica como tal, una vez más, para contar la historia de la que fue parte. Los motivos personales no resultan claros: alguna vez ha expresado que lo lleva a desempeñar ese papel la necesidad de llenar un vacío, por los huecos que dejan los historiadores profesionales, mayormente asociados con la izquierda. Lo cierto es que en "Luis Batlle Berres. El Uruguay del optimismo", así como en sus trabajos anteriores, realiza un trabajo que resulta difícil de clasificar, en un género híbrido entre historia y memoria personal. Y aunque varios esperamos ansiosos unas memorias propiamente dichas de este protagonista, por ahora nos tendremos que conformar con su afición por la historia.

Texto y contexto

Este libro surge por la necesidad de que, en el cincuentenario de la muerte de Luis Batlle, “alguien de su tiempo -con la perspectiva histórica- evocara su figura con una noticia más o menos abarcadora de su vida”. Fue así, dice Sanguinetti, que decidió escribir este breve texto, que confiesa haber redactado en apenas 20 días con el apoyo, entre otros, de su esposa, la historiadora Marta Canessa, y de Jorge Batlle, hijo de Luis. El hueco mencionado era real, y este trabajo tiene el enorme mérito de poner la mirada sobre un personaje y un período sobre los que mucho se habla pero poco se ha escrito.

El autor realiza en 156 páginas un repaso de la biografía de Luis Batlle, el vínculo con su tío José Batlle y Ordóñez, su lucha contra la dictadura de Gabriel Terra, su exilio, su práctica política vinculada con el periodismo radial y escrito y su ascenso dentro del Partido Colorado (PC), y luego se concentra en su obra como gobernante y en las ideas que la impulsaron. El libro tiene 36 capítulos cortos, de tres o cuatro páginas, en los que se mencionan aspectos biográficos, acontecimientos y obras. Ofrece, además, un interesante inventario con algunos datos básicos de diversas personalidades que fueron importantes en el período, y una mirada abarcativa del mundo de Luis Batlle. La mirada sobre el “Uruguay optimista” recorre el clima de la época en lo político, pero también en lo intelectual y cultural. Desde el proteccionismo industrial hasta la política exterior, pasando por la ciudad, la radio y el teatro, son múltiples los aspectos que Sanguinetti reseña.

La estructura de la obra se centra en ciertos ejes que desde el punto de vista del autor fueron claves en la acción de Luis Batlle. En primer lugar, una política exterior firmemente basada en la defensa de los valores democráticos y liberales, ante situaciones tan diversas como la defensa de la República Española, el panamericanismo de la Organización de los Estados Americanos, la creación del Estado de Israel y la lucha contra el peronismo. En segundo lugar, un proteccionismo que, en la versión de Sanguinetti, fue más una lucha contra el proteccionismo de las potencias centrales que una convicción doctrinaria acerca de las ventajas del intervencionismo estatal y el nacionalismo económico. Por último, Luis Batlle es destacado como un reformador social que continuó la tradición del primer batllismo.

Maurice Halbwachs, un célebre sociólogo francés fundador de los estudios sobre memoria colectiva, explicitó un principio básico de la operación histórica. Las preguntas que los humanos hacemos sobre el pasado siempre tienen que ver, de una forma u otra, con nuestro presente. En este caso, Sanguinetti busca de una manera bastante evidente realizar dos operaciones históricas que están relacionadas con sus motivaciones políticas presentes. En primer lugar, intenta conceptualizar la continuidad entre el proyecto neobatllista y los proyectos posteriores del PC. En segundo lugar trata de mostrar, en un tipo de narrativa ya muy reiterado, la excepcionalidad del Uruguay “optimista” de los años 50, para representar un mundo que se perdió y que sólo el PC puede volver a construir.

Filiaciones dudosas

El intento de conceptualizar la continuidad entre el proyecto neobatllista y los proyectos colorados posteriores es complejo, ya que requiere marcar énfasis y opacar algunos asuntos en los cuales esa continuidad no es muy evidente. ¿Cómo construir un vínculo entre aquella experiencia histórica marcada por un tono progresista y reformista, que fue hegemónica durante gran parte del siglo XX uruguayo, y la realidad actual de un partido que es la tercera fuerza política del país y cuyos votantes tienden a ubicarse en el espectro más conservador de la sociedad uruguaya? Sanguinetti lo resuelve por la negativa. El Luis Batlle que pinta se define en relación con sus supuestos adversarios del pasado, que tienen una pasmosa similitud con los actuales adversarios de Sanguinetti. La contratapa lo resume sintéticamente: “Por reformista luchó contra los conservadores, por demócrata contra los revolucionarios, por fanático de la libertad contra los marxistas y populistas”.

Los adversarios o enemigos parecen ser quienes confirman una continuidad entre aquel batllismo y este PC. Sin embargo, algunos asuntos de aquel período, olvidados inconsciente o voluntariamente por el autor, nos pueden ayudar a ver que quienes se opusieron a Luis Batlle eran algo diferentes de aquellos a quienes Sanguinetti se opone hoy. Y a entender posibles interpretaciones sobre Batlle Berres, que este libro obtura.

Resulta llamativa la omisión de la posición que asumió ante la intervención estadounidense en Guatemala y su ofrecimiento de asilo a Jacobo Árbenz, derrocado presidente de ese país. Dicho episodio es emblemático en América Latina, porque muestra cómo el bando de los defensores de la libertad que se había construido en la posguerra empezó a desintegrarse a mediados de los años 50, debido al papel desempeñado por Estados Unidos en el escenario latinoamericano de la Guerra Fría. En este caso la defensa de la libertad y la democracia encontró a Luis Batlle en sintonía con algunos marxistas y populistas. En los años 60 y 70, los defensores de la libertad de los 50 terminaron en lugares muy diferentes: tanto el Frente Amplio como la dictadura instalada en 1973 recibieron a batllistas de aquel período.

Por otra parte, Sanguinetti omite constantemente mostrar los espacios de encuentro de la izquierda uruguaya con Luis Batlle, que no fueron pocos. Ambos sufrieron la dictadura de Terra. Ambos tuvieron similares simpatías por la República Española. Concordaron en una visión extremadamente crítica del peronismo (aunque el autor se empeña por asociar izquierda y peronismo). Y compartieron la defensa de medidas vinculadas con el reformismo social, contra la reacción de los sectores conservadores. Incluso hubo batllistas que en décadas anteriores intentaron incorporar algunos elementos del marxismo, como Julio César Grauert. Sin embargo, para Sanguinetti el mundo de las izquierdas fue siempre totalmente ajeno al batllismo.

Por último, y por medio de la descripción del fuerte conflicto entre Batlle Berres y Perón, muestra al primero como un gran enemigo del populismo (y de paso aprovecha para criticar a los Kirchner). Pero que Luis Batlle haya sido un firme opositor a Perón no quiere decir que no hubiera elementos populistas en su estilo de liderazgo. El debate contemporáneo sobre el populismo en las ciencias sociales es muy amplio e imposible de repasar en una reseña de este tipo, pero algunos de los asuntos tratados por esa literatura son cercanos a la política de los años 50 en Uruguay. Entre otras cosas, podemos mencionar las relaciones clientelares con los sectores populares y aspectos discursivos que identifican al líder, y no a sus ideas, como garantía de la defensa de los intereses populares.

Hasta Sanguinetti cae en la trampa: procurando distanciar a Luis Batlle de las izquierdas, define al batllismo como un “movimiento de raigambre nacional” difícil de “encasillar ideológicamente”. Paradójicamente, ése es el tipo de definición que se suele aplicar a movimientos como la Alianza Popular Revolucionaria Americana peruana, el Partido Revolucionario Institucional mexicano, el varguismo brasileño y el propio peronismo.

En resumen, izquierda y populismo no estuvieron tan lejos del mundo de Luis Batlle en los años 50 como del de Sanguinetti en el siglo XXI.

Herederos indeseados

La segunda operación histórica es más evidente. “El Uruguay optimista” está indisociablemente asociado con el batllismo y el PC. En un capítulo denominado “Industria activa, país próspero”, el autor decide contar la peripecia del Cilindro Municipal como metáfora del devenir de aquel país optimista. Ese edificio, con virtudes técnicas en su método constructivo, creado para mostrar la pujanza de la industria nacional con motivo de la Primera Exposición Nacional de la Producción y que luego albergaría diversos eventos culturales y deportivos de importancia (entre ellos el Campeonato Mundial de Básquetbol de 1967 y espectáculos de Bob Dylan y Eric Clapton), “fue un capítulo del Uruguay del optimismo, [que] quedó para el recuerdo” con su incendio y 
derrumbe.

Ese ejemplo del Cilindro muestra la operación histórica del político Sanguinetti. El autor olvida u omite que aquel emblema del Uruguay optimista hacía mucho tiempo que no transmitía optimismo. Entre otras cosas albergó a Juan Carlos Onetti, un viejo amigo de Luis Batlle y firme adherente de su causa, como preso político en dictadura.

Si el autor hubiera dirigido al período que describe una mirada un poco más distendida, no tan urgida por responder a los adversarios del presente, tal vez se habría encontrado con trayectorias y legados más complejos de aquel Uruguay optimista. Aunque la izquierda que actualmente gobierna fue muy crítica en los años 60 con aquel modelo, que veía en decadencia, hoy parece tener más similitudes con el proyecto político neobatllista que las que habría imaginado. Resulta bastante evidente que aquella experiencia, marcada por los Consejos de Salarios, la igualdad de derechos vinculada con el género, la búsqueda de mejoras para los trabajadores rurales y el desarrollo de un sistema de protección social, hoy tiene correlatos políticos que no están en el PC. Si el Sanguinetti historiador hubiera sido más generoso en su enfoque, tal vez nos habría servido para entender mejor cómo el batllismo perdió el monopolio sobre el Uruguay optimista. Aunque el Sanguinetti político se resistiría a aceptarlo. Seguramente, unas memorias del autor nos ayudarían a explicar ese proceso. Pero por ahora habrá que conformarse con el protagonista contando historia.