Empieza el invierno en Roma. El Aula Búnker de Rebibbia está helada. En el marco del juicio por el Plan Cóndor que la Tercera Corte d’Assise, presidida por la jueza Evelina Canali, lleva adelante, con más de 30 imputados de Chile, Uruguay, Bolivia y Perú, por el homicidio y la desaparición de ciudadanos latinoamericanos de origen italiano, se examinó ayer el caso de María Asunción Artigas de Moyano (Mari), militante de la Resistencia Obrero Estudiantil (ROE) y después del MLN-Tupamaros. Fue secuestrada en su domicilio, en la calle 595 de Berazategui, en la provincia de Buenos Aires, junto a su esposo, Alfredo Moyano, el 30 de diciembre de 1977. Fue madre de una niña nacida en cautiverio, y desaparecida.

Los dos testigos que declararon ayer relataron haberla encontrado y haber hablado con ella en dos centros de detención clandestina en Buenos Aires: Pozo de Quilmes y Pozo de Banfield. Norma Leanza, argentina, secuestrada el 15 de octubre de 1977, llegó al pozo de Quilmes proveniente de otro centro clandestino, el Puesto Vasco: “En Quilmes estuve en el segundo piso, el de las mujeres. En ese lugar y en ese tiempo pude conversar con las uruguayas cuando nos abrían las celdas para ir al baño y limpiar. Así supe que en el grupo de uruguayas estaban María Antonia Martínez, María Artigas de Moyano y Aída Sanz. A Aída Sanz la vi de lejos, pero María Antonia y Mari me contaron que había tenido familia, una nena, antes de que la trasladaran al Pozo de Quilmes. Mari Moyano contaba que cuando la secuestraron no sabía que estaba embarazada, y a esa altura, en el Pozo de Quilmes, estimaba que estaba entre el cuarto y el quinto mes de gestación. […] El día anterior a mi liberación dejaron que las parejas pasaran un momento juntos en un cuarto en el segundo piso. Allí subió el compañero de Mari Moyano; fue la única ocasión en que lo vi”.

Diego Barreda, obrero argentino del astillero Río Santiago, despedido por la dictadura, fue secuestrado el 14 de julio de 1978. Después de ser salvajemente torturado, terminó en una celda del Pozo de Banfield. Allí se encontró con María Artigas de Moyano, con quien tuvo una relación de amistad. Barreda es autor de una novela, El pantano, inspirada en las mujeres embarazadas detenidas desaparecidas que, como dijo a la diaria, surgió de las palabras que Mari le dijo en el Pozo de Banfield: “Si volvés vivo al mundo de los vivos, escribirás sobre nosotras o no serás nada”.

Barreda contó que en el Pozo de Banfield había una uruguaya embarazada que dijo llamarse María Artigas y que tenía el “privilegio” de salir de su celda para repartir comida y retirar los desechos de los presos; “siempre era acompañada por una guardia, pero cuando abríamos la puerta para recibir la ‘tumba’ [comida en jerga carcelaria] podíamos estar sin tabique y sin esposas para recibir un plato y una cuchara de madera. Así me di cuenta de que su embarazo estaba muy avanzado. El último día, antes de dar a luz, ella llevaba una túnica que tenía manchones de la leche que salía de su pecho. […] Ella me dijo que si era niña quería que se llamara María, igual que ella. Cuando yo llegué a Banfield, era más o menos el 20 de julio, pleno invierno, y yo llevaba sólo el mameluco, que era muy liviano. Cuando pude hablar con ella le dije que estaba muerto de frío; a los dos días, ella me trajo un chaleco, que todavía tengo, hecho con una manta y cosido en los costados con un hilo de alambre. En toda mi vida ni yo ni mi descendencia vamos a olvidar su solidaridad y el hecho de que ella, en la situación en que estaba, supo pensar en mí. […] Cuando nació la nena escuchamos el llanto de una criatura. Desde aquel momento María no apareció nunca más”.

Victoria Moyano, aquella niña nacida en cautiverio una noche de agosto de 1978, y entregada por Óscar Penna, jefe de la brigada de San Justo y dirigente, junto a Miguel Osvaldo Etchecolatz, del Pozo de Quilmes y el Pozo de Banfield, a su hermano Víctor Penna y a su mujer María Elena Mauriño, estaba presente en el Aula. Ella también dio su testimonio y contó los hechos que revolucionaron su vida, a los nueve años, cuando fue restituida a su familia biológica. Relató el rol que cumplió su maestra de primaria Olga Fernández. Todavía en dictadura, Fernández había señalado a Abuelas de Plaza de Mayo que había algo raro en la familia Penna, y cuando pudo acceder a la partida de nacimiento de la niña y se dio cuenta de que Victoria figuraba como hija natural de los Penna sin que la mujer hubiera estado embarazada, hizo la denuncia. Victoria expresó que para “reconstruir la historia de mi mamá y de mi nacimiento” fueron centrales las declaraciones de Adriana Chamorro, su compañera de celda, que será testigo en una de las próximas audiencias. “Desde la restitución de mi identidad pasé toda mi existencia sin padres, viviendo con mis abuelos, con todo lo que significa para una niña de nueve años enterarse de que sus padres están desaparecidos y que no se sabe dónde están. Tuve que aprender a conocer y a querer a una familia nueva, que era muy importante porque me había estado buscando por tantos años, pero yo no la conocía y eso generaba una contradicción. Entonces, cuando se habla de restitución de identidad se debe entender que en lo jurídico es un cambio de nombre, apellido y algunos derechos, pero desde lo personal es otra cosa, que viene desde la identidad más profunda de un individuo, y el cambio de nombre es sólo una parte. Ése es el punto de partida desde el que, durante todos estos años, yo estuve buscando y peleando por el juicio y castigo de los responsables de la desaparición de mis padres y de los 30.000”, relató Victoria.

Luego, en conversación con la diaria, Victoria cuestionó las políticas estatales vinculadas a los derechos humanos que se llevan a cabo en Uruguay: “La política que el Estado uruguayo ha llevado adelante desde la dictadura hasta ahora es la impunidad, la falta de investigación y la protección a los sectores que desarrollaron la represión en Uruguay. Para llegar a atestiguar acá no tuve ningún acompañamiento de Uruguay más que de mi familia y de unos jóvenes militantes que estuvieron hasta último momento llamándome, pero por parte del Estado uruguayo no hubo ningún acompañamiento”. “En Uruguay se incumple la normativa internacional hasta llegar a la paradoja de que tenemos que denunciar en tribunales internacionales, como acá en Roma, lo que se debería estar denunciando en Uruguay”, cuestionó.