Si hay algo innegable de la escena musical montevideana de los últimos años es su diversidad: desde el dream pop al industrial, pasando por coqueteos con el folclore, parece que nada ha quedado afuera. Hay música para todos; para los amantes del lofi y los de la alta fidelidad. Los juicios sobre su valor artístico dependen de tantas subjetividades como personas integren cada uno de los movimientos. A primera vista, esta diversidad es algo bueno. Hay propuestas para todos los gustos, todos somos músicos, todos contentos. Ahora, ¿hay público para tantas propuestas? El 2015 nos presenta un Montevideo lleno de bandas que solamente se van a ver entre ellas. Es decir, el público real no existe o es ínfimo. Lo que existe es una confraternidad de bandas que se siguen entre ellas. Algo muy similar a lo que pasaba en la adolescencia, en los primeros shows, donde sólo iban tus compañeros de clase. Lejos de abrirse, los círculos de bandas y artistas tienden a ser cada vez más cerrados. Sólo hace falta recordar el pasado mes de diciembre para caer en la cuenta de esto.

En una escena que se ahoga en círculos endogámicos, donde el compartir únicamente con propuestas similares a las propias termina siendo un arma de doble filo, las propuestas más originales vienen de afuera. De bandas que se han mantenido por fuera de esos círculos. Un tanto aisladas, es verdad, con carencia de “público-músicos de otras bandas” pero con una frescura imposible de obtener dentro de la burbuja. ¿Es posible juntarse con otras bandas y no volverse endogámicos? ¿Hay vida más allá del centro de la ciudad? Es algo que habría que investigar y probar. Animarse y aceptar el anonimato. Salir de la zona de confort y descubrir que fuera de tu círculo no sos nadie. Algo que The Algún Dios, como banda veterana del ambiente under tiene muy claro. Y de manera totalmente independiente de cualquier burbuja han lanzado su segundo disco, Aero.

En su primer disco, Detrás del viento (2010), un disco que demoró años en salir a luz y que recopilaba canciones de su primera etapa como banda, The Algún Dios comenzaba a mostrar cuál era su camino en la música: pospunk de guitarras filosas, voces repetitivas que jugaban con el espanglish y noisepop lleno de acoples. Un disco que se paraba a medio camino entre el Doolittle de los Pixies y el Goo de Sonic Youth. Un buen disco de su año pero que dejaba abierta la puerta a más. El sendero quedaba marcado, era hora de empezar a profundizar.

Para Aero la banda tomó el papel que había empezado a mostrar en sus shows en vivo: Comenzaron a trabajar las canciones como arquitectos del sonido. Ya no se trataba simplemente de tocar todos al mismo tiempo o ver ingenuamente qué arreglo podía funcionar. La música, lo sonoro, pasó a ser una construcción consciente. Un trabajo capa a capa. Cada capa era conscientemente creada y colocada en su lugar para que luego otra se posara arriba y así paulatinamente, una a una, hasta tener la canción lista y en su punto máximo. Esto puede confundir. La banda no abandonó el noise, el noise sigue ahí, presente, sólo que en un plano más consciente. Los acoples, ruidos y disonancias entre las capas de sonido son utilizados meticulosamente para llegar al efecto pretendido. Las guitarras, con afinación abierta, generan una espacialidad etérea en las canciones, que por momentos parecen llevarnos a territorios del dream pop. Pero son territorios generados por una máquina industrial a vapor que lleva las riendas en el fondo. Los graves, la inserción de teclados, sintetizadores, monocordios y xilofones es algo que llama inicialmente la atención en una banda tan guitarrera. Si lo tomamos como una evolución, la búsqueda sonora mutó y se aleja cada vez más del sonido de la típica formación de rock. Las guitarras, sin perder preponderancia, dejaron de ser el fuerte de la banda y pasaron a estar en un mismo plano con otros timbres que conviven horizontalmente con ellas.

En Aero conviven canciones con una alta dosis de pop como “Sí Berlín” con canciones de gran influencia pospunk como “Darkdance”, que pareciera salir de un disco de Joy Division o del primer New Order. Bajos contundentes casi industriales y baterías precisas son los obreros constructores de los cimientos de la obra. Sin ser una banda experimental y dentro de su estilo marcado se animan a bucear en ciertos eclecticismos experimentales y salir bien parados. Meritorio para una banda que a meses de cumplir sus diez años se sigue animando a experimentar como si recién comenzara.

El segundo disco de una banda suele ser un punto de inflexión en su carrera; pueden demostrar que lo latente en su primer disco es una confirmación o simplemente hundirse en el olvido. Musicalmente The Algún Dios demostró que es posible trabajar la música de otra manera y generar una escuela sonora. Sólo el tiempo dirá si es válida o no. En tiempos de letras, Aero rescató el sonido. Y eso es algo notable. El disco se puede conseguir en Lautréamont Librería o por mail a [email protected]