La celebración de los 30 años del retorno democrático brinda la oportunidad de reflexionar sobre diversos asuntos y aristas que presentó ese proceso. Los análisis del período que prevalecieron se han centrado en los aspectos institucionales de las salidas democráticas, privilegiando el accionar de los partidos políticos y su carácter negociado, al tiempo que daban escasa importancia a la diversidad de actores sociales que tuvieron activa participación. Los movimientos sociales no fueron mero reflejo de dicho proceso, sino más bien actores protagónicos. Es de destacar, entonces, la significación que los estudiantes organizados alcanzaron en las luchas y debates que jalonaron la transición hacia la democracia.

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Esta columna de Gabriela González y María Eugenia Jung es la cuarta de una serie de notas que estamos publicando sobre los 30 años del retorno de la democracia. Estos artículos fueron elaborados por académicos de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación en el marco del evento _Expectativas y disputas en torno a la nueva democracia_, una actividad organizada por la Universidad de la República, que se llevará a cabo a partir de mañana y hasta el 16 de abril en la Intendencia de Montevideo. El programa completo está disponible [en este link](http://ladiaria.com.uy/media/editions/20150330/la_diaria-20150330-rn_1.pdf).

De hecho, esa transición se asoció con un auge históricamente novedoso de los movimientos sociales, que presentaron formas de organización y prácticas también novedosas respecto del período predictadura. El vacío relativo inicial dejado por la proscripción de los partidos abrió posibilidades de que nuestra sociedad, muy acostumbrada al rol protagónico de éstos (la “partidocracia uruguaya”), encontrara otros canales de expresión política colectiva y cierta apertura a la negociación con actores no mediatizados por los partidos.

El nuevo escenario ambientó la expresión pública de actores que, hasta ese momento, habían permanecido clandestinos o semiclandestinos, ya fueran organizaciones sociales existentes antes de la dictadura o movimientos con nuevas características y formas de acción. Se reorganizaron el movimiento estudiantil universitario y secundario, los sindicatos y el movimiento cooperativista de vivienda, al tiempo que surgieron agrupamientos de mujeres, “ollas populares”, asociaciones juveniles y barriales entre otros que, convocados por demandas sociales más o menos específicas, crearon diversos canales de movilización y denuncia de la dictadura.

Una visión desprevenida tiende a creer que el movimiento estudiantil de la posdictadura surgió como un clavel del aire o deus ex machina en la escena social y política. Sin embargo, un somero análisis de acciones y posiciones, desde la resistencia clandestina de la “histórica” FEUU hasta la eclosión de la participación juvenil en 1983, luego de la fundación de la ASCEEP, rápidamente contradice esa idea. Las actividades cumplidas por diferentes generaciones y orientaciones de estudiantes durante esos años habilitaron su paulatina reorganización y el incremento de sus movilizaciones, hasta su resurgimiento como un actor vigoroso en la escena pública, en 1983.

En ese contexto, comenzaron los primeros intentos de organización gremial mediante la creación de diferentes espacios de encuentro y participación semilegales, que dieron lugar a la creación de la ASCEEP en 1982 y a la fuerte movilización y presencia en las calles del estudiantado al año siguiente. Por ejemplo, las revistas estudiantiles se convirtieron en ámbitos de intercambio y encuentro para los estudiantes, así como de oposición al régimen. Se fue gestando una modalidad de militancia más velada y sigilosa -aunque mucho más masiva- que tuvo por finalidad reconstruir el tejido social del estudiantado y generar una identidad colectiva. En esos años se organizó un sinnúmero de actividades, además de las ya mencionadas revistas, como los asados, las cooperativas de apuntes, las bienvenidas a las nuevas generaciones, las murgas y las actividades deportivas, que aunque a primera vista puedan parecer ajenas a las reivindicaciones políticas, fueron clave para viabilizar las posteriores movilizaciones.

No debe olvidarse que desde la década anterior, luego de la desarticulación y fuerte represión, algunos grupos más o menos aislados desarrollaron acciones de resistencia clandestina y denunciaron la política restrictiva de la intervención. Aunque sus actividades fueron irregulares y fragmentadas, debido a las condiciones represivas, daban la pauta de que existía un proceso de articulación clandestino (por ejemplo, en 1975 se registró un paro en la Facultad de Medicina y en 1977 uno en la de Veterinaria contra medidas para restringir el ingreso, y en 1978 hubo movilizaciones para exigir la renuncia del rector interventor).

La ASCEEP, integrada por diferentes tendencias de izquierda, corrientes blancas opositoras a la dictadura y numerosos estudiantes que hasta entonces no habían tenido militancia alguna, planteó desafíos a las frágiles estructuras que habían actuado en la clandestinidad, provocando ásperas disputas que atravesaron todo el período, en torno a la validez de la acción legal y el mantenimiento de la estrategia clandestina. En ese marco, y tal como ocurrió con otros movimientos sociales, la nueva identidad del movimiento estudiantil que emergió estuvo plagada de tensiones intra e intergeneracionales.

La emergencia de una identidad generacional nueva tuvo su corolario en el surgimiento de formas de accionar colectivas también nuevas, cuya aparición fue catapultada en un contexto de laxitud de las medidas represivas que habían caracterizado el período anterior. Durante 1983 es posible ver a un actor estudiantil que se despega del ámbito universitario al que se había visto circunscripto en años anteriores y pasa a ocupar un rol preponderante en el escenario público. La recordada Semana del Estudiante (17 al 25 de setiembre de 1983) fue sin duda el momento de irrupción pública de la ASCEEP y uno de los principales acontecimientos de rechazo a la dictadura en ese año.

El proceso de transición a la democracia cambió durante 1984, cuando los partidos retomaron la iniciativa política. Los propios movimientos debieron afrontar en esa etapa dificultades derivadas del ensamblaje de generaciones y grupos de militantes con diversas experiencias y expectativas. En el caso del estudiantado universitario, la Primera Convención Nacional de Estudiantes, en mayo de 1984, decidió formar una sola organización bajo la sigla conjunta ASCEEP-FEUU, para integrar las formas de lucha y las consignas del período previo al golpe de Estado con las estrategias de la resistencia clandestina y el empuje de los nuevos movimientos sociales de principios de los 80. La tensión entre la renovación y la tradición también se hizo sentir en otros movimientos durante la transición.

En lugar de ver a los movimientos sociales como actores esporádicos en el proceso de transición, es importante iluminar cómo éste también aconteció en otros campos además del político-partidario. El movimiento estudiantil, como muchos otros, fue un actor destacado en los procesos de transición de la región, y ésta es una época privilegiada para repensar y revisitar el pasado reciente, así como para formular algunas preguntas. ¿Qué aristas ilumina una mirada a la transición desde los movimientos sociales? ¿Cuánto de restauración, renovación y ruptura hubo dentro de ellos en la nueva etapa democrática? ¿Qué visión construyeron acerca de la democracia y en qué medida vieron cumplidas sus expectativas?