Daniel Sturla, arzobispo de Montevideo y cardenal de la iglesia católica, afronta una tarea difícil en Uruguay. Aquí su religión tiene bastante menos arraigo e influencia que en el promedio de América Latina, y a la vez, como en el resto de la región, viene perdiendo atractivo y significación social al tiempo que proliferan otras creencias, en especial entre los sectores populares. Pero se puede decir que Sturla encara esos problemas de forma mucho más inteligente que su predecesor en el arzobispado, el belicoso e intransigente italiano Nicolás Cotugno, del mismo modo en que el argentino Jorge Bergoglio, actual papa Francisco, muestra en ese sentido más inteligencia que el alemán Joseph Ratzinger, el anterior papa Benedicto XVI.

Sin embargo, que el cardenal actúe con mayor inteligencia para defender la imagen y los intereses de la iglesia católica en Uruguay no significa que esté promoviendo actitudes más inteligentes de los católicos en nuestro país. Por el contrario, apela a mensajes simplistas que, en el mejor de los casos, pueden aportar consuelo a su grey, pero que al mismo tiempo pueden infantilizarla, en la medida en que la hagan sentirse más víctima que responsable.

En la misa de Navidad de este año, Sturla adoptó una posición inusualmente sincera al asumir que los católicos son “una minoría”, y alegó que no por esa condición deben asumir “el achique”, para proponer en cambio que sean “gente de empuje” y llena de alegría, deseosa de contagiar su fe a otros (una actitud que impulsó con la campaña para colocar balconeras reivindicatorias de que la Navidad es una conmemoración del nacimiento de Jesús).

Quizá la contraparte de ese reconocimiento de la condición minoritaria de los católicos sea, luego, el desarrollo de demandas de que no se los discrimine, y quizá incluso de que sean destinatarios de alguna política de promoción, y eso podría ser un aprovechamiento singularmente astuto de los vientos ideológicos que soplan en la actualidad (lo de la astucia no es peyorativo: según el Evangelio de Mateo, Jesús recomendó a sus discípulos que fueran astutos como serpientes). Pero el problema no está en la retórica del lobby, que al fin y al cabo cada uno tiene derecho a desarrollar como lo crea más conveniente, sino en algunos condimentos que el cardenal agregó para reforzar el sentimiento de victimización y la exhortación al empuje.

Los católicos no deben quedarse, dijo, “con ese balde laicista que desde hace 100 años le han puesto a Uruguay”. Y ese balde consiste, según Sturla, en la idea de que “lo religioso -si es católico sobre todo- tiene que quedar en el ámbito de la conciencia individual”.

El adjetivo “laicista” no es casual. Desde hace algunos años, las autoridades católicas insisten en la tesis de que hay una diferencia sustancial entre la “laicidad” (razonable y respetuosa) y el “laicismo” (extremista y discriminatorio). La Real Academia Española, una institución nada neutral en relación con el catolicismo, no registra esta diferencia de significados, que es puro esfuerzo ideológico del Vaticano para construirse un enemigo feo y malo, como si a alguien se le ocurriera dictaminar que la cristiandad es buena pero el cristianismo es abominable.

Lo que hubo hace 100 años, o más precisamente hace 99, como recordaron con razón algunos dirigentes colorados, fue la separación de la iglesia católica y el Estado. El cardenal tiene, por supuesto, derecho a creer que aquella decisión soberana resultó perjudicial, o incluso que, como también dijo, es en nuestro país una causa de la “enorme carencia de espiritualidad que hunde a muchos en la apatía, ya sea en la mirada indiferente a la propia situación o hacia el otro que la padece”. En materia de creencias, justamente, esta sociedad laica reconoce su libertad. Ahora bien, en lo que se refiere a la discusión política sobre los hechos -que es el terreno en el que Sturla incursionó-, ni la libertad de cultos ni la tolerancia (y tampoco la victimización de las minorías) son salvoconductos para disparatear impunemente.

Los católicos no tienen un enemigo en el Estado uruguayo (y tampoco en el actual gobierno). La situación de su iglesia, en lo impositivo sin ir más lejos, es más bien la de una amiga con beneficios. Cuando una institución trata de atribuirles sus problemas a otros, sin el menor esbozo de autocrítica acerca de su propia historia y sus actitudes, de su comprensión del mundo actual o de su concepción de la moral, es muy difícil que logre superar las dificultades en que se encuentra. Desde esa actitud pasivo-agresiva, se predica en vano. En balde.