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Cultura | Viernes 03 • Febrero • 2017

Chabela Ramírez. Foto: Iván Franco
Chabela Ramírez. Foto: Iván Franco

Una charla sobre carnaval, cultura y política con Chabela Ramírez

Isabel Chabela Ramírez nació hace 58 años en el barrio Palermo de Montevideo, y afirma que decidió dedicar su vida a trabajar para la cultura afrouruguaya por medio del arte. Activista y música, ha participado en varias comparsas y grupos de candombe, y militado en colectivos como la Asociación Cultural y Social Uruguay Negro (ACSUN), Amandla y Mundo Afro (una institución de la que hoy se declara “disidente”). En la actualidad es integrante de la directiva de la Casa de la Cultura Afrouruguaya y secretaria general de esa institución, en cuya sede se realizó la entrevista. Es fundadora del coro Afrogama, con énfasis en la identidad étnica y de género.

–¿De dónde viene el movimiento feminista afro en Uruguay?

-Nuestras antepasadas fueron traídas aquí como forma de que los hombres afro no se rebelaran y también para procrear nuevas personas esclavizadas. No sé si nuestra población tiene conocimiento de que, por ese motivo, el valor de las mujeres en el tiempo de la colonia era el doble que el de los varones. La dependencia y la esclavización dieron como fruto mujeres que en primer lugar tenemos una herencia de ser madres solteras. Un porcentaje altísimo de las mujeres lo eran, y asumían la jefatura familiar. Eso significaba trabajo permanente y también criar hijos ajenos. En nuestras familias es común que las mujeres tengamos a cargo hijos de hermanas, de primos, de gente que murió. Y, por supuesto, las tareas en las que se trabajaba eran las de menos remuneración. Las mujeres negras jefas de familia ya tenían una asociación cuando yo no era ni nacida, a principios del siglo XX.

Siempre intento volver al proceso de abolición de la esclavitud, de 1842 a 1846. Se dio de una forma que implicó que hombres y mujeres pasaran por el Ejército. Esa fue la condición para que se aboliera la esclavitud, y aunque volvieran vivos de la guerra, tenían que completar seis años de servicio militar. Hace poco, el Partido Nacional organizó una actividad en la que participamos, porque entendimos que cuando se habla de Rosa Luna tenemos que estar presentes como mujeres afro, y la fecha se relacionaba con la de la abolición de la esclavitud. Vinieron autoridades de ese partido, y una diputada afrodescendiente dijo que se conmemoraba “la primera acción afirmativa para los pueblos afrodescendientes de este país”. Nos extrañó muchísimo. ¿De qué abolición y de qué acción afirmativa se habla, si para ser libres, que es un derecho humano, había que pagarles a los amos por los recursos que ya no iban a tener, te dejaban en el medio de la calle y tenías que pasar seis años en el Ejército? Las mujeres también, y no se habla de eso. Muchas veces, dentro de nuestro colectivo no se habla de las chinas cuarteleras, que eran las mulatas, las hijas de las violaciones permanentes de los amos a las esclavas. Esa es la realidad y ya no nos duele.

Es muy importante la educación, a la que nuestros pueblos acceden en forma masiva a principios de siglo XX, cuando José Batlle y Ordóñez corta la relación con la iglesia católica, y la educación se hace laica, gratuita y obligatoria. La religión fue una de las formas que tuvieron de someternos ideológicamente. Las tradiciones y religiones que traíamos fueron avasalladas en forma permanente por la iglesia católica, y los negros le hemos agradecido mucho a Batlle la mano que nos dio, pero por otra parte aquel acceso a la educación fue terrible, porque ¿cómo te igualás con el resto de la población, que ha tenido históricamente otras posibilidades?

–¿Cómo concilia el movimiento afrouruguayo esa historia dolorosa con una alegría de pertenencia? ¿Cómo busca que la identidad no se relacione sólo con la condición de víctimas?

-No se puede separar del todo, porque en la historia de nuestra comunidad están todos los aspectos de la vida, con realidades muy diversas. Por ejemplo, no es lo mismo la esclavitud que sufren los pueblos originarios africanos que la posterior de los desarraigados. A la invasión y el secuestro se suma reaprender cosas impuestas totalmente por una cultura dominante que te deja en lugares de subalternidad, y no ser más dueño de tu vida. Nuestra historia determina que en la actualidad sean diferentes hasta las enfermedades que tenemos; el pasado sigue próximo y hay que superarlo todos los días. No me ato a la cuestión de la esclavitud como caballito de batalla, pero la tengo que tener presente. Quien no conoce su pasado no puede entender el futuro. La búsqueda permanente de lazos con África también es aproximarse a la realidad con la que tenés que batallar hoy, sobre todo del lado subjetivo. Una de las principales enfermedades que tiene nuestro colectivo es la adicción, y antes que a sustancias psicoactivas, al trabajo o a otras cosas, tenemos adicción al vínculo. Tenemos una autoestima muy baja y eso tiene que ver con la falta de madre o de padre, de una familia biológica que tenga una fuerza importante para el crecimiento. Hay muchas inequidades, cosas que no se van a recuperar y otras que sí. Es un tema muy importante que nadie toma, porque tendría que haber reparaciones económicas, y todo el mundo se hace el oso. Se habla de oportunidades para los negros, pero no se va hacia lo económico porque es grande la deuda.

–¿Qué cambios destacás en estos últimos años?

-Antes no sabíamos ni cuántos éramos. El concepto de afrodescendencia no era aceptado. Y aún no es aceptado por el conjunto de la sociedad uruguaya, ni por muchos afrouruguayos. El que no está en la militancia del día a día dice “yo no soy afrodescendiente, soy negro”. Porque les hacen sentir, a través de chistes y otras manifestaciones, que lo de afrodescendiente es algo artificial, pero no es otra cosa que recuperar tu pasado. Hablar de tu ascendencia africana. Nada más. Mucha gente, también políticos, dicen “yo a los negros les llamo negros”. Cuando me dicen negra, yo digo que soy marrón. Soy de ascendencia africana, y si me decis negra, bárbaro, pero no me siento identificada. Durante mucho tiempo, entre nosotros dijimos “negros” para identificarnos, y eso también tiene que ver con colectividades que tienen mucha fuerza, como la de Estados Unidos o la de Brasil, aunque en la relación con el Estado estén en el horno. También tratamos de revisar el planteamiento en términos de raza; hace mucho tiempo que se habla de etnia, y es mucho más correcto. Pero persisten usos de cuando una se crió. De todos modos, el concepto de afrodescendencia abarca mucho más, y hay muchísimos afrodescendientes que no saben que lo son, como pasa en otras sociedades. Mucha gente dice, “mi abuela era negra, yo soy blanco”. No, sos afrodescendiente, pero eso todavía no se ha aceptado en la sociedad.

–Yendo al carnaval, ¿cómo es la relación entre los espectáculos de comparsas y la comunidad afrodescendiente?

-Yo soy una artista de carnaval, que trabaja mucho para el candombe. Me gusta mucho la murga, pero salí solamente una vez [en La Bolilla que Faltaba] y no pasamos ni la prueba de admisión. Lo más importante como expresión comunitaria son las Llamadas, aunque en el Teatro de Verano se hacen apuestas muy importantes. Me refiero al trabajo que hace la gente durante tres meses, para que después gente que ni siquiera sabe de tu cultura juzgue ese trabajo. Y en el Desfile de Llamadas pasa lo mismo. El trabajo de las comparsas que están en DAE- CPU [Directores Asociados de Espectáculos Carnavalescos y Populares del Uruguay] se puede considerar bueno, regular o malo en términos artísticos, pero está muy adaptado a unas reglas que no resultan beneficiosas para la cultura afrouruguaya. Yo pienso que a las comparsas habría que sacarlas volando del carnaval, y no soy la única. Hace muchos años que venimos proponiendo eso: mucha gente, muchos referentes (una palabra que hoy se usa mucho y que expresa un concepto muy relativo). El candombe de todo el año siempre existió, lo que pasa es que faltan posibilidades de mostrarlo todo el año. Se cierran las puertas de los teatros y de otros lugares, aunque hay lugares propios de la cultura afro para autogestionarse. El carnaval es un espacio precioso, pero no es lo que necesitamos para que el candombe se desarrolle; todo lo contrario. En la reglamentación del carnaval dice que no podés hablar de esto ni de lo otro. El tiempo lógicamente hay que limitarlo, porque si hay un montón de conjuntos no podés hacer un espectáculo de tres horas, pero se complica la prioridad que nosotros tenemos de mostrar lo ancestral, recomponerlo, manejarlo y de hacerlo crecer a nivel de la sociedad.

El carnaval ha adquirido formas que tienen mucho más que ver con la teatralización, y no está mal. Por ejemplo -y no es que prefiera a alguna de las comparsas-, Yambo Kenia trabajó desde hace bastantes años el tema de “las esclavas del Rincón” [tres mujeres que mataron en 1821 a su ama, que las sometía a graves maltratos y torturas], que no es menor, y en otra ocasión abordó la vida de [el gran futbolista] José Leandro Andrade. Que me guste o no cómo se trabajó el tema (que no me gustó), es aparte. Pero trabajó la vida de un emergente social que tuvo en su momento un éxito a nivel deportivo, y contó la vida de esa persona. Me parece que muchas veces la sociedad no ve el proceso de vida de los afrouruguayos, con respecto a la educación, con respecto a los conventillos donde nacieron nuestros ancestros, con respecto a la gente que nació en el campo, a los afrouruguayos del interior.

Hoy día, en el carnaval preocupa más el concurso que la expresión popular. Había una frase que decía: “Libertad del negro, eso es la Llamada”, pero hoy no es libertad de nadie, es un concurso en el que tenés que correr durante una hora por Isla de Flores, que para nosotros es una calle súper importante, porque era el tránsito de Ansina a Cuareim, donde las familias se visitaban, donde los tambores salían los días de fiesta patria o el Día de la Madre. No todos los días, ni todos los fines de semana, para divertirse y tomar un poco de vino; se salía por razones importantes, siguiendo la tradición de las salas de nación, en los comienzos del candombe. Mucha gente ni siquiera es consciente de la parte ritual, y tal vez no es necesario que lo sea, pero sabemos que existió. El candombe tiene un gran componente espiritual, que por medio de ciertos elementos se va activando. Hoy, cuando la gente viene a las Llamadas, ¿ve algo de eso? No: ve vestuarios muy lindos, gente que muchas veces arma una comparsa porque le gusta salir con los amigos y estar en el ruedo, pero que desconoce muchas cosas de nuestra historia, sobre la cual no hay mucho escrito, y de lo que hay, gran parte no lo escribimos nosotros. Tenemos una tradición de transmisión oral; hemos escuchado, de familia en familia y de generación en generación, historias que tienen valor para nosotros, pero no para el resto de la sociedad. Entonces, de repente, te encontrás con que en el Teatro de Verano aparecen cosas imponentes que nada tienen que ver con lo afro.

Antes había muchos cantautores. En una época, por ejemplo, Pedro Ferreira cantaba mucho sobre el tema de la esclavitud, porque él estuvo en una época fermental en la que intelectuales negros como Nicolás Guillén hablaban mucho de cómo liberarnos y crecer en forma comunitaria. Pedro Ferreira pertenece a esa época, pero de repente te encontrás con canciones que no te dejan el mensaje que algunos de nosotros queremos en el aspecto cultural. El carnaval es un espacio muy lindo porque el pueblo se expresa y nosotros somos parte de este pueblo. Las Llamadas eran una forma muy importante de manifestarse, pero ahora hay 42 o 44 comparsas que quieren salir a desfilar por Isla de Flores con cuerpos de baile, personajes típicos y cuerdas de tambores, y unas imitan a las otras. En las cuerdas de tambores no tienen por qué ser todos negros o mayoría de negros. Hay muchas que son preciosas y suenan muy bien; lo importante es saber por qué suenan, la esencia de eso. Porque yo puedo aprender cómo se hace tal cosa, cómo se toca el chico o el repique. Me junto con gente, armo una cuerda, pido asesores que me digan cómo se hace, y es una forma de expresarse o de comunicarse, que no es menor. Antes los tambores eran para llamar a los orixás, a los ancestros o a quien fuera. La llamada era a nivel espiritual. Hoy son para integrarse entre personas -amigas o no- que tienen esa necesidad. La gente dice “está de moda el candombe”. Y sí, pero por algo está de moda. El candombe es un grito de liberación. Es un llamado que, si bien es muy visceral, porque se siente mucho a nivel físico, te transporta a otra dimensión, te guste o no.

También hay muchas cuestiones que tienen que ver con la historia, porque la dictadura determinó lo que hoy pasa con el candombe. Hay gente que dice: “¿Cómo fue que se llenó tanto de comparsas?”. Se llenó tanto de comparsas porque cuando echaron a la gente del conventillo de Cordón, o del conventillo de Cuareim, se fue yendo a otros barrios, y así se esparció lo que antes estaba limitado a barrios o conventillos que eran zonas de exclusión. Las conocía más que nada la gente del barrio, y la mirada del “otro Montevideo” no estaba puesta acá, en la cultura afro. Siempre lo digo porque me parece algo cómico, o tragicómico, si se quiere: no hace tanto, poco después de la dictadura, les preguntan en las Naciones Unidas a Julio María Sanguinetti, que era el presidente, y a Adela Reta, que era la ministra de Cultura, por los negros en Uruguay, y ellos le quitan importancia a la cuestión, pero si vos vieras la mota que tenía Adela Reta.... Creo que ella nunca se dio cuenta de que era afrodescendiente. El concepto no existía. Pero culturalmente era una negación.

Entonces, si hubiera grupos pequeños que salieran a manifestarse y también a concursar, y si la comparsa tuviera otro espacio como estructura cultural y artística, estaría bien. Pero si la comparsa se tiene que adaptar a las reglas de la Intendencia [de Montevideo, IM] para competir con otras comparsas y decir “yo soy mejor que vos”, no; no vale la pena. El rescate no va por ahí, por quién es el mejor. El rescate está en la construcción de la identidad por parte de todos, que se tiene que hacer de forma permanente para poder ir profundizando. Las reglas del carnaval son la alegría y todo lo demás, pero el candombe no es solamente alegría. Es una forma de vida en la que, muchas veces, de alegría hubo muy poco. Sí había resiliencia, una cosa de “ta, con este poquito de harina hacemos bizcochuelo para todo Uruguay”. Sí había una necesidad de convertir lo malo en bueno y de ir para adelante. Pero creo que la comparsa tiene que tener un lugar fuera del carnaval, con otras reglas. Darle un lugar de jerarquía a nivel nacional, y que se hicieran muchas más investigaciones a nivel de la región y en la relación con África, que es fundamental.

–¿Como es la relación con la IM, la negociación de esas reglas que van determinando el carnaval?

-Con respecto a las Llamadas, esto empieza en 1956. Hubo comparsas en nuestro país desde principios del siglo XX, que tenían una estructura de funcionamiento. Estaba todo muy descentralizado, se trabajaba en los barrios, pero en 1956 la comunidad nuestra estaba armando las “fiestas negras”, que eran una semana con charlas, exposiciones... El candombe no era lo más importante. Incluía otras cosas, pero como había mucho desorden, ACSUN le pidió a la IM que interviniera y ayudara con la infraestructura, que el colectivo afro no tenía (y todavía no tiene, aunque avanzó en eso). El resultado fue que a toda aquella fiesta negra de una semana la IM la transformó en un día solo, el día de las Llamadas, en el que no se hace una fiesta de ida y vuelta, sino un desfile. Si lo mirás objetivamente, es como un desfile militar, una comparsa atrás de otra, cada diez minutos sale una. Antes las Llamadas tenían otra característica, porque eran siete comparsas las que salían, e incluso en determinado momento las de algunos barrios dejaron de venir: la gente de Colón, la del Cerro y otros lugares. Había comparsas que se quedaban en su barrio, porque no había apoyo ni siquiera de transporte para que vinieran. Después transformaron las Llamadas en un concurso, con ciertas características y reglas, y eso fue cambiando hasta hoy.

La aparición de las vedettes fue un cambio muy importante. Tiene que ver con la visión de un pueblo, ¿no? Si no estoy equivocada, en 1948 habían traído a una vedette francesa, el pueblo uruguayo supuestamente le iba a dar un reconocimiento, no sé qué, y Martha Gularte, que fue la primera vedette que hubo acá, salió con su propio vestuario y con una cuerda de tambores y danzó para el pueblo -fue una gran artista Martha Gularte- y en realidad el título de vedette, por decirlo así, se lo ganó Martha... A la francesa la habían traído para el carnaval, cuando las Llamadas todavía no estaban oficializadas pero se organizaba una fiesta de carnaval en la que participaban comparsas.

En aquella época ya se había salido de las salas de nación. Las naciones africanas acá en Montevideo tenían sus lugares, donde hacían sus ritos, y también se manifestaban un poquito en la calle. Cuando nosotros planteamos que la comparsa tiene que tener un espacio de referencia, actualmente son los barrios los lugares de referencia. No son tal o cual nación, porque eso se diluyó en la cultura uruguaya. Y bueno, vuelvo a lo de la vedette: que hubiera una mujer bailando en las comparsas fue un aspecto determinante, porque la mujer pasó a tener un lugar de jerarquía, aunque fue un lugar de jerarquía de la comparsa hacia afuera. En la interna de la comparsa, es una pelea permanente por el espacio y por el lugar que debe tener una mujer. La Mama Vieja o el Gramillero, que son los personajes ancestrales, son los que tendrían que estar bailando adelante de los tambores, como el Escobero, ni que hablar, y se perdieron personajes como el Bastonero y otros que existían en la época colonial. Sin embargo, la que baila adelante de los tambores es la vedette, el personaje impuesto por Martha Gularte, pero va bailando adelante de los tambores porque las cámaras filman su cuerpo. La mujer sigue siendo un elemento para la explotación sexual. Quedará bien, quedará mal, no sé, pero sigue siendo eso la negra, aunque ahora hay muchas vedettes que no son negras.

Cuando ves qué filman en las Llamadas, te cansás de ver colas, te cansás de ver las delanteras de las mujeres, y a veces para una es un poco triste ver eso. Y no es porque yo sea puritana; a mí me encanta bailar candombe, lo seguimos bailando y lo bailaremos toda la vida, pero no es eso lo que nosotros queremos mostrar.

Queremos mostrar una forma de danza en comunión con los tambores, en comunión con una energía que se crea. Y en estos desfiles de Llamadas vas corriendo, corriendo para adelante porque el puntaje, porque la hora, porque te quitan puntos. Es súper estresante. Yo, por ejemplo, salgo en una comparsa porque mis hijos sacan una -Valores de Ansina- y porque una cosa que les enseñé a mis hijos es que para luchar hay que luchar por dentro, aunque en esta comparsa no tengo fuerza ninguna, como podrás imaginarte. Hay que luchar por dentro. Y nosotros hace 20 años creamos un espacio para la mujer que antes no existía, porque si no eras joven y con medidas 90-60- 90, ya la mujer no podía salir en una comparsa, salvo que la transformaran en Mama Vieja, tirándola para un costado. Pero la Mama Vieja tendría que ser un personaje súper importante. En mi comparsa, por ejemplo, es una figura muy contemplada, y supongo que en otras también, pero para ser Mama Vieja hay que saber de qué se trata, y hoy en día a muchas mujeres les ponen el pollerón y el abanico y las largan a arreglarse como puedan.

Cuando creamos el espacio de Mujeres Bailando, con la escuela de tambores de Mundo Afro, en 1996 y 1997, les dijimos a los compañeros: “Nosotras salimos con ustedes”. No se hablaba en ese momento de la afrodescendencia como concepto, pero nosotras representamos al pueblo africano con nuestras túnicas, con nuestros pasos, que no son los típicos del candombe, mujeres de diferentes edades y diferentes etnias, respetando la cultura afro de este país al son del tambor de la cultura afro. Esa es la cultura de todo el año. Ahora en algunas comparsas hay un espacio para la mujer grande bailando sin llegar al personaje de Mama Vieja. Mujeres que aún no llegamos a ser tan viejas pero que también tenemos cosas que expresar.


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