Una voz intensa e insidiosa viene instalando la idea de que las feministas y los movimientos de mujeres son okupas de nuestra buena fe colectiva. Se les atribuye capacidades tan desmesuradas como dañinas. Evocan súcubos, aquellos demonios legendarios con forma de mujer, capaces de instalarse en los hombres durante el sueño para privarlos de voluntad y energía.

Este frívolo inicio reacciona a la solemnidad de unas retóricas organizadas alrededor de una idea absurda: que el mayor poder político de las mujeres produce degradaciones en diferentes planos de lo social. Esto sugiere o dice -con bien o mal disimulada ira- un concierto de voces de dispares procedencias: cuidado que se vienen.

¿Hordas hambrientas, consumistas y saqueadoras, igual que en 2002? No esta vez. El alerta refiere directamente al nuevo poder de las mujeres.

Se dice, por ejemplo, que “un puñadito” de mujeres domina al sistema político. También que ellas pueden convertir una legislación (plagada de obstáculos y límites) en “un pase libre para abortar”. Se denuncia que las corporaciones políticas feministas destruirían la ¿igualdad ante la ley? si se tipifica feminicidio sin atender al “masculinicidio” ni a la responsabilidad materna en la violencia letal contra las mujeres. Asimismo, que feministas a sueldo del imperio imponen una agenda mentirosa desplazando los asuntos estructurales, no sin antes infiltrarse en el gobierno y sodomizar al buen PIT-CNT(1).

Podría ser ridículo a secas. Sin embargo, esas ideas están dichas y no desmentidas, integran el cuerpo de una sentencia judicial y sobre ellas se porfía y reargumenta sin atenuantes. Hay que asumir que va en serio y tiene la apariencia de un empuje discursivo para contener/hacer retroceder un campo de grandes transformaciones ocurridas durante los gobiernos del Frente Amplio. Unas reformas que muchas veces (o todas) tuvieron que vencer la resistencia de la propia elite frenteamplista, y cuya implementación demanda constante lucha para transformar arcaicas moralidades en el Estado.

La mueca despectiva hacia las “políticas de género” trafica la negación de la desigual distribución de poder entre hombres y mujeres a favor de los primeros (nosotros). Y se articula como rechazo abierto a políticas públicas explícitas para compensar esas desigualdades, desde su mejor representación política hasta los derechos a la sobrevida y a vivir sin violencia. En el galimatías escrito por la jueza Book, mal se ocultan dos impulsos: meter a prepo la cosmovisión religiosa de “la dicente” como si fuera la Ley nacional y, por esa vía, reconstruir un cerco punitivo para frenar la creciente autonomía sexual/reproductiva de las mujeres. En la misma dirección opera la negativa a reconocer lo específico de la violencia que experimentan las mujeres en todas sus interacciones sociales (no sólo en la pareja o similares). Despojadas de su identidad de género, esas políticas públicas pierden su alma, quedan sin el filo que puede hacerlas eficientes. Tal vez pinchen las conciencias, pero no cortan ninguna cuerda.

Cada campo temático que mencioné merece atención y respuesta específica, pero hoy elijo centrarme en lo que percibo como hilo conductor de esta avalancha discursiva.

Llevado al extremo de sus consecuencias, este paquete de ideas sostiene que el éxito de los movimientos feministas representarían una inflexión negativa de los acontecimientos tal como deberían ocurrir desde perspectivas humanistas, democráticas o de izquierda. El tono empleado intenta instalar a los movimientos en un escenario de desprecio. Cualquier movimiento, en especial de grupos sociales subalternos, está desafiado siempre, y en primer lugar, a conquistar legitimidad para sus temas y representantes. Legitimarse por saber, poder y bien hacer fue parte clave del crecimiento de la influencia de los feminismos -entre otros movimientos- durante las décadas recientes.

El desprecio es un tóxico que cuestiona toda convivencia y afecta la calidad de la deliberación ciudadana. El clima de caricatura y garrote discursivo reconstruye un sistema de prejuicios que ahoga el clima de debate necesario para avanzar en reformas y transformaciones que subvierten los sentidos instalados y hegemónicos. A los efectos de mi metáfora, se está creando un ambiente propicio para exorcizar el poder demoníaco.

Como sujeto subyugado por el “feministe” (2) propongo hacer explícita la controversia sobre el lugar del feminismo en Uruguay. Sería interesante que las voces críticas y descalificadoras de los feminismos se arriesgaran a un juego de imaginación contrafáctica. Que digan cómo creen que sería nuestra sociedad si no hubieran mediado las demandas feministas y su capacidad de hacer avanzar agendas. ¿Cuáles serían la densidad democrática de nuestras leyes y la profundidad de la deliberación? ¿Cuántas veces se reproduciría impunemente el manoseo a la dignidad de mujeres que afrontan con decisión su necesidad de abortar? ¿Cuánto silencio encubriría todavía el cachetazo, el grito, la opresión de mil rostros en la casa, el trabajo, el ómnibus, el aula, la calle...? ¿Cuánta soledad cercaría aún las condiciones de vida de otros hombres y mujeres, integrantes de colectivos víctimas de violencias simbólicas (con toda la materialidad que esta puede contener para quién la sufre)? Esto, por mencionar apenas una parte evidente de aquellos campos donde el feminismo interviene.

Por último, dejo unas interrogantes más, a punto de partida de cierta severa crítica hacia jóvenes feminismos y su falta de buenos modales. Hago profesión de rechazo, desde las tripas, a cualquier forma de patoteo, para preguntar lo siguiente. ¿Qué conducta se espera de una colectividad que se vive a sí misma inmersa en la siguiente contradicción? Al mismo tiempo que se consolida en el espacio público un discurso de Estado sobre la ilegitimidad de la violencia hacia las mujeres, se produce un incremento sistemático de esa violencia letal ante la pasividad, complicidad o negligencia de actores estatales responsables de enfrentarla. ¿Se espera que actúen con la pasividad del tiempo en que esas violencias formaban parte de un orden incuestionado? ¿Cuál es la autoridad moral desde la cual se reclama moderación a quien es o se percibe como posible (inminente) víctima? Esa autoridad sólo se alcanza cuando antes y durante se extienden la mano y la palabra de reconocimiento, cuando se es garantía de protección real. De lo contrario, los llamados al orden resultan sólo eso, defensas del orden.

Las mujeres más jóvenes nacieron y crecen en el clima cultural donde lo legítimo es el derecho a vivir sin violencia. Por suerte viven en un tiempo de patriarcado y machismo cuestionados. Por eso creo que no vale decir(les) que tienen razón, pero mientras se hacen eficientes las políticas y cambia a fondo la cultura, se aguanten calladitas y bien educadas unas cuantas piñas más, otros insultos, las mismas humillaciones y vejámenes, la recurrente muerte de sus pares. Las respuestas deben ser otras. Y, ya abriendo otra zona de debates urgentes, digo que la izquierda se juega su alma y su futuro en función de cómo se pare en estas y similares situaciones. Según como administre la tensión que provoca hacerse parte del grito de indignación ante las injusticias que caracterizan a una sociedad en la que hace12 años que gobierna ella, la izquierda.

(1). En orden de aparición en este relato, fue dicho por el político Carmelo Vidalín, el periodista Gabriel Pereyra, la jueza Pura Concepción Book y el abogado Hoenir Sarthou.

(2). Nombre que se me ocurre para bautizar la versión contemporánea del súcubo.