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Nacional | Martes 11 • Abril • 2017

Jorge Gancheff . Foto: Federico Gutiérrez
Jorge Gancheff . Foto: Federico Gutiérrez

Con Jorge Gancheff, químico que desarrolla un proyecto de energías renovables en la Udelar

El 30 de marzo la fundación alemana Alexander von Humboldt donó un espectrofotómetro de última generación a la Facultad de Química (FQ) de la Universidad de la República, un equipo imprescindible para la investigación en energías renovables. Jorge Gancheff, doctor en Química, docente de la FQ, investigador y ex becario de la fundación, fue el nexo para la donación. Actualmente trabaja en un proyecto de celdas solares de última generación, sobre el que conversó con la diaria.

–¿Qué importancia tiene el espectrofotómetro que recibió la FQ?

-Para poner un marco de referencia: Alexander von Humboldt es una fundación sin fines de lucro con sede en Alemania, que apoya la investigación en todas las áreas del conocimiento y en las ciencias básicas en particular. Mi vínculo con esa institución empezó en 2007, a partir de una beca que me otorgaron. Pude hacer una estancia posdoctorado en Alemania hasta 2010. Entre los programas de apoyo está la donación de dinero para quienes salimos de países en vías de desarrollo. La donación no es automática, sino que es parte de un plan de trabajo que uno tiene que presentar y que va de la mano del currículum y de referentes alemanes que aportan sus comentarios sobre el candidato. Así pude acceder a una donación de unos 20.000 euros para comprar un espectrofotómetro, que permite hacer estudios de propiedades de absorción de la luz de compuestos en estado sólido. Este equipo, que antes no estaba disponible en la facultad, es de los pocos que hay en el país.

–¿Qué tan difícil es acceder a la beca de la fundación Alexander von Humboldt?

-Accede aproximadamente uno de cada tres postulantes. De Uruguay somos muy pocos, y se presentan pocos. De la FQ, hasta donde yo sé, hemos ido dos docentes del personal activo.

–En Alemania estudió en la Universidad de Münster, que es pública. ¿Qué diferencias notó con la facultad uruguaya?

-Todas, desde la infraestructura hasta la cultura de trabajo, que es diferente desde el vamos, porque la formación alemana está dirigida a cuestiones aplicadas, a manejar con más soltura las herramientas de laboratorio; son más pragmáticos. Además, hacer un doctorado en Alemania no es una cuestión volitiva, sino que se basa en que eso les da la posibilidad de acceder a mejores trabajos. En los primeros pasos, en el equivalente a segundo año de aquí, los chiquilines tienen acceso a técnicas que acá jamás vemos, básicamente por una cuestión de infraestructura y de dinero disponible. Entonces, cuando los muchachos llegan a la instancia de doctorado, saben muchísimo de química porque han metido mucha mano en el laboratorio. Sin embargo, cuando uno es pobre tiene que pensar más, y acá hay cosas que se hacen sin contar con los recursos para hacerlas directamente; tenés que encontrarle la vuelta, y eso hace que tengas la capacidad de adaptarte rápidamente, lo que habla muy bien de lo que planeamos acá con las herramientas disponibles. Llegás a un laboratorio de Alemania y ves un montón de caños que salen y que entran, y decís: “¿Y esto para qué se usa?”. Sin embargo, a los tres meses estás trabajando con eso, gracias a haberte dado contra las paredes continuamente acá.

–Cuénteme sobre el proyecto en el que está trabajando. Tengo entendido que no es de grandes paneles solares.

-No. Está financiado por el Fondo Sectorial de Energía de la ANII [Agencia Nacional de Investigación e Innovación] y empezó en julio. Estamos en el camino correcto. El gran objetivo es trabajar en una tecnología fotovoltaica -es decir, que convierta la luz solar en electricidad- de última generación. Esta tecnología ha tenido una evolución que comenzó con los paneles solares, que han ingresado hasta el nivel doméstico también en Uruguay. Ha evolucionado a un punto final de tercera generación, que es en la que estamos trabajando. Si bien se trata de una tecnología que se conoce desde hace unos 20 años, aún está en etapa de desarrollo, y hay muy pocos productos finales. El Instituto de Tecnología de Suiza opera con tecnología voltaica de tercera generación a nivel macro, y lo mismo ocurre en el aeropuerto de Ginebra.

–¿Funcionan sólo con energía solar?

-Sí. Nosotros estamos tratando de darle valor agregado, intentamos desarrollar un producto local. El objetivo es la elaboración de nuevas celdas solares sensibilizadas a partir de modificaciones de un colorante. Una nueva celda solar es la unidad mínima en la que se dividen los paneles, en la medida en que uno desarrolla una celda; después está el desafío de ver cómo se comunican entre ellas para ensamblar pequeños -y quizá no tanto- módulos. Las ventajas de esta tecnología respecto de la de los paneles solares pasan por los costos, la adaptabilidad y el funcionamiento con luz difusa -es decir, con intensidad menor que la que puede recibir directamente un panel solar-. Los paneles solares siempre tienen que estar expuestos al sol; en cambio, el principio de funcionamiento de estas celdas es otro: funcionan como una planta, mediante una suerte de fotosíntesis sintética. En la medida en que hay un colorante, el análogo a la clorofila de la planta, el destino final de la luz, en lugar de ser nutrientes, como ocurre en la planta, es corriente. También hay una variable decorativa, porque se puede cambiar el colorante que caracteriza a la celda y tiene un poder de adaptabilidad que un panel no tiene -porque están pensados para ser usados en techos y ocupar grandes extensiones de tierra-. Se pueden incorporar a los vidrios de la fachada, por ejemplo.

–¿La idea es que se aplique a un espacio cotidiano?

-Esta línea de trabajo, que empezó en la Facultad de Ciencias con el trabajo de la profesora María Fernanda Cerdá en el laboratorio de biomateriales, tiene unos cinco o seis años de desarrollo. La experiencia para ensamblar pequeñas celdas se tiene, y para pequeños módulos está en vías de tenerse. Hay otros desafíos, como la comunicación entre celdas, y a partir de ahí el gran objetivo es sacar esto del laboratorio para llegar a un producto final aplicable. Eso en un horizonte optimista. Está pensado, por ejemplo, para ser usado en grandes superficies, como los laterales de un edificio, que están muertos. Tiene potencial para ser usado dentro de algunos años. Lo de Suiza es un producto final que desarrolla una empresa privada de allá; eso habla por sí mismo de lo lejos o cerca que podemos estar.

–¿La tecnología fotovoltaica tiene alguna desventaja?

-Ninguna, porque es energía renovable e involucra materiales que no son contaminantes. Y se puede adaptar a casi cualquier orden de la vida común y ordinaria. Pero ninguno de los aportes, por sí mismo, va a poder suplantar a las fuentes energéticas provenientes de petróleo. La realidad nacional hace que, a su vez, la energía fotovoltaica desempeñe un papel menos importante respecto de la eólica. Imagino que esto se debe a decisiones políticas, porque el interés ha ido para ese lado. Pero esto representa una veta muy rica para explotar la parte de investigación y desarrollo, ya que el funcionamiento de la tecnología demanda la interacción de varias disciplinas; entonces, la formación de personal per se le da una potencialidad a esto.

–Desde hace 20 años, en Australia existe una competición de autos solares que se llama World Solar Challenge. ¿Qué tan lejos estamos del auto solar para el mercado de consumo?

-La potencialidad de la tecnología está; habrá que ver cuáles son los desafíos tecnológicos para implementarla. El tema es que hay conflictos de intereses de los que manejan los productos finales. A gran escala no se ha trabajado, pero sí en el desarrollo de prototipos.

–¿En cuanto tiempo piensa que podrá haber un prototipo de lo que están trabajando ustedes?

-El objetivo que estamos persiguiendo es desarrollar la celda solar; mi aspiración es seguir avanzando en este tema. El proyecto termina el año que viene. Estoy convencido de que a fines de 2018 vamos a tener operando una celda solar con una eficiencia razonable.

–Entonces, en un escenario utópico e ideal, se podría construir una casa que funcione sólo a base de energía solar.

-Sí, pero obviamente depende del consumo. Podría pensarse en una casa con un componente de vidrio importante, alimentada a través de estos paneles fotovoltaicos de tercera generación, incorporados a los vidrios de las ventanas, haciendo como de “cortinas”. Pero para llegar a eso hay que seguir teniendo apoyo económico, porque en este momento no se cuenta ni con la gente ni con los recursos necesarios para que esto se lleve a cabo.


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