"Enseñar sobre la singularidad de cada genocidio permite extraer lecciones útiles para la consolidación de una conciencia colectiva universal para su prevención, pues permite comparar los genocidios y desnudar las condiciones estructurales que permiten su acontecimiento, las estrategias de las políticas de odio en sus distintas manifestaciones pero también los muchos caminos que la lucha por el poder de la verdad, memoria y justicia toma contra la negación, el olvido y la impunidad”, argumenta Khatchik Derghougassian en la “Nota preliminar” del libro. Pero ¿por qué enseñar sobre el Genocidio Armenio? Para los autores, que no tienen ascendencia armenia y son profesores de Historia egresados del Instituto de Profesores Artigas (IPA), todo empezó cuando eran estudiantes. “En el marco de nuestra formación de grado en el IPA, se nos invitó a reflexionar sobre episodios de violencia genocida en el siglo XX, y todo el mundo decidió trabajar con la Shoah [el genocidio de los judíos en Europa perpetrado por la Alemania nazi, conocido también como Holocausto]. Por mera curiosidad decidimos tratar de acercarnos al episodio del Genocidio Armenio, por desconocimiento. A partir de ahí, empezamos a hacer algunos trabajos y después entendimos que para dar esta temática en el aula no teníamos los insumos suficientes, o los insumos que existían no estaban en español o no eran académicos. Entonces, por medio de la investigación llegamos a nuestro primer libro: Genocidio Armenio 1915-1923. Antecedentes, perpetración y consecuencias”, cuenta Desena. En esta publicación “se establece una cronología exhaustiva y crítica de todo el proceso del genocidio, se hace una historización y se trabaja el tratamiento del tema en Uruguay, por medio de la prensa, y cómo la tercera generación de armenios uruguayos reivindica el genocidio con movilizaciones sociales y Uruguay es el primer Estado que lo reconoce en 1965 con la Ley 13.326. Pero después, nos faltaba la otra ala: cómo enseñar ese proceso, cómo tener una herramienta para que otro pudiera transmitir la experiencia del genocidio”, agrega.

Para Serralta ese interés en el Genocidio Armenio y los dos libros “fueron fruto también de enfrentarse con obstáculos que había que resolver, y nos preguntamos si se podía hacer algo para que otra persona no se enfrente con los mismos obstáculos o que pueda sortearlos con mayor facilidad. No había nada en español sobre el tema y nos preguntamos: ¿Por qué no contribuir a llenar ese vacío? Luego muchos docentes que entraban en contacto con el primer libro nos decían ‘leí, entendí el proceso, pero no sé cómo enseñarlo’, y ahí surgió la idea de volcar el conocimiento teórico que teníamos de cómo enseñar eso y la metodología aplicada, y plasmarlos en una nueva publicación”.

Prevenir y reparar

El libro arranca presentando aproximaciones teóricas sobre la educación en derechos humanos y su relación con la enseñanza de la Historia. “Un genocidio, como evento que involucra al conjunto de una sociedad —porque para la perpetración de un genocidio hay que involucrar a una porción muy importante de la sociedad—, hace posible poner en cuestión una gran cantidad de elementos que hacen a la protección, a la promoción, a la defensa y a la reflexión sobre los derechos humanos. Porque ayuda a plantearse el rol de cada uno en la sociedad frente a los tipos de eventos que van sucediendo en la gestación del genocidio, no sólo en su etapa final de exterminio, que es cuando se producen los asesinatos masivos, sino en las etapas anteriores, cuando se da la segregación, el aislamiento de determinados grupos mediante prácticas que a veces pueden parecer poco trascendentes, pero que en su acumulación logran el objetivo. Y todo eso es posible gracias a que operan numerosas personas que en su actividad cotidiana avalan esa práctica. Desde un comunicador que difunde información negativa sobre esos grupos, hasta un docente que puede llegar a enseñar seudoteorías que posicionen a esa población como enemigos sociales o perjudiciales para el resto de la sociedad. Eso da la posibilidad de que cada uno cuestione su rol hacia determinadas prácticas que a veces están naturalizadas y que se pueden visibilizar en los eventos extremos como el genocidio”, explica Serralta. Y añade que trabajando sobre el tema “se puede poner en cuestión qué dijo tal periodista en aquel momento, cómo operaba la educación durante el genocidio, qué prácticas tenían los médicos que experimentaban con personas. Todo ayuda a plantearse el rol social de cada uno, de su profesión y de su lugar en la sociedad ante eventos que involucran la defensa de los derechos humanos”.

Para Desena, la dimensión “ética” del trabajo en la educación “es ir a la raíz ontológica” de la “práctica docente” y tratar de “vehiculizar esos valores” para permitir “la formación integral del sujeto”, no solamente “la formación a través del conocimiento y los contenidos, sino también que la persona pueda, con la anécdota, que es el hecho histórico, tratar de vivenciar lo que fue un proceso de extrema violencia”. “Eso te permite confrontar hechos profundamente inenarrables, pero también historias de vida de los ‘salvados’, como se los llama en episodios de genocidios. Eso habla de lo más favorable de la condición humana. Es entender que si la educación pudo ser un vehiculizador de elementos de cosificación y de segregación, también —como decía Theodor Adorno— es un elemento salvador, tanto para prevenir como para reparar esos hechos de violencia política extrema”, explicó.