Tanta fue la simbiosis de Alicia Goyena con la educación uruguaya, que en los últimos años de su vida abandonó su casa para vivir en el Instituto Batlle y Ordóñez (IBO), centro que dirigió durante 33 años. Seis meses después de ser destituida por la dictadura cívico-militar, en 1976, falleció a los 80 años, luego de estar postrada en su casa, casi en soledad. Así como el liceo se convirtió en su hogar, su casa, ubicada en Pablo de María casi Bulevar España, pasó a ser propiedad del organismo que gobierna y gestiona la educación secundaria.

Una de las pocas cosas que se han escrito sobre la vida y obra de la docente es Alicia Goyena: Una pedagogía para la vida, un trabajo de la profesora Margarita Ferro. En el libro se detalla que Goyena fue discípula de María Eugenia Vaz Ferreira y que, por ejemplo, asumió en su lugar la cátedra de Literatura en la Universidad de la República (Udelar), cuando todavía alojaba en su institucionalidad a la educación secundaria. Tiempo después, Goyena militó en contra de la dictadura de Gabriel Terra, en particular para mantener la autonomía universitaria y para evitar, sin éxito, la escisión de secundaria. Tal fue su entrega a la educación pública, que poco se sabe sobre su vida personal, por lo que apenas se puede leer sobre rumores de un romance con José Enrique Rodó, quien pese a su muerte prematura la contempló durante años desde un enorme cuadro que Goyena tenía en su despacho.

Según narra el texto de Ferro, el 1º de enero de 1944, la Sección Femenina de Enseñanza Secundaria pasó a llamarse IBO, y el 15 de marzo del mismo año, cuando tenía 47 años, Goyena asumió la dirección del instituto. Goyena defendió ese proyecto pedagógico, que fue barrido por la última dictadura, en el que se formaron intelectuales como Idea Vilariño. Su fundamento era que para formar mujeres que pudieran competir por trabajos en igualdad de condiciones con los varones, era necesario que su formación se impartiera por separado, para poder trabajar de forma más directa con ellas.

El legado de Goyena continúa vigente en la que alguna vez fue su casa en Parque Rodó, ahora convertida en centro cultural. Desde 1986 funciona allí una cátedra que lleva su nombre y se propone ser un espacio de formación continua para profesores, pero desde 2014 ha tomado una dirección un tanto diferente, ya que apunta a abrir sus puertas a la comunidad, y no sólo a la educativa.

Para afuera

“Es un lugar lleno de energía”, explicó a la diaria la directora del ahora centro cultural, Beatriz Miranda, mientras mostraba cada rincón del antiguo edificio. Desde que llegó a la dirección de ese espacio, buscó que sea visto no sólo como un espacio de formación para docentes, lo que explica que fuera renombrado “Casa de Alicia”. Si bien siempre había sido un espacio de referencia para los profesores con más años dentro del sistema educativo, Miranda se planteó que también fuera un lugar habitado por estudiantes y por todo aquel que quisiera disfrutar del espacio. Entusiasta, la directora hace énfasis en que se trata de un lugar abierto para “hacer cosas”.

Según detalla, existen cuatro espacios culturales del Consejo de Educación Secundaria (CES): a la Casa de Alicia se suman, en el liceo IAVA, la biblioteca central, un Museo de Historia Natural y el Observatorio Astronómico de Montevideo. Según Miranda, la necesidad de que haya centros culturales en secundaria se justifica porque son lugares donde, además de encontrarse con el arte, la ciencia y la comunidad, los docentes se encuentran entre sí. Esto no es menor, especialmente teniendo en cuenta que se trata de un sistema educativo en el que no hay mucho tiempo para el encuentro y el intercambio productivo entre colegas.

Para la directora, la clave para hacer que la gente entre y se quede es “ir logrando una mayor comunicación”, algo que les ha llevado “mucho tiempo”. Un ejemplo es el ciclo de actividades para la inclusión de personas con discapacidad en el sistema educativo, cuya convocatoria ha ido en ascenso. Según recuerda, cuando el ciclo empezó, en 2015, “era una lucha” y, con suerte, a las actividades iban cinco personas. “Hay que sostener”, dijo, convencida, y argumentó que cuando se empieza a crear el perfil de un lugar hay que mantener el esfuerzo para más adelante recoger los frutos, como está empezando a pasar ahora, con actividades realizadas a sala llena. Según Miranda, más allá de la difusión que se pueda lograr en los medios de comunicación, es mucho más importante “el boca a boca”. Detalló que esa ha sido la forma mediante la cual se acercó más gente. “Hoy queremos dar un paso más y fortalecer la idea de casa como un lugar para ser habitado. No es un monumento; las habitaciones no son mausoleos, son lugares por donde pasa la vida”, dijo la directora.

Para adentro

La cálida bienvenida que se recibe al entrar, las salas coloridas y ocupadas por muestras artísticas e intervenciones hechas por estudiantes, sumadas a la ya conocida biblioteca, son los pilares para que den ganas de volver. Pero más allá del contenido, la forma también ha ocupado a Miranda desde que asumió el cargo de dirección de dicho espacio. Por ejemplo, cuenta que haber conseguido fondos para pintar la fachada de la enorme y antigua casa fue importante, porque hace que den más ganas de entrar ya desde la calle.

En la misma línea de actuar sobre la imagen que las personas tienen sobre la casa, la gestión del centro se emprendió en un cambio de logo, pero no de cualquier forma. Miranda recuerda que previo a su llegada, el logo institucional cambiaba cada vez que asumía un nuevo director. Para cambiar la pisada, y en el entendido de que se trata de “un lugar de memoria” y que esta se genera a partir de palabras y vivencias, se llamó a un concurso estudiantil de logos. De esa forma, se buscó que los que intervinieran en el cambio de imagen fueran los propios jóvenes, para lograr una mayor apropiación e identificación de su parte.

Después de la presentación de muchos trabajos, ganó un logo diseñado por Angélica Freire, quien el año pasado cursaba cuarto año en el liceo 5 y ahora va al Zorrilla, y que presentó la imagen del contorno del rostro de Goyena. En su fundamentación, la estudiante explicó que ella no sabía de la existencia del lugar hasta que una docente la llevó a conocerlo, y quedó impactada con que Goyena haya dejado su casa como herencia. Freire prefirió dibujar un rostro vacío, porque sin conocer la cara de Goyena, ella estaba haciendo uso de ese espacio y, de esa forma, a quienes vean el logo se les ocurrirá buscar su cara.

Si bien en la casa se siguen organizando actividades con perfil académico y destinadas a docentes, la gestión que empezó en 2014 decidió enfrentarse al desafío de que el lugar también sea considerdo propio por los estudiantes de secundaria. Miranda cuenta que la primera actividad que organizó como directora de la casa fue con quienes eran sus estudiantes del sexto artístico del liceo 9, en el que era profesora de Literatura. En ese momento, los jóvenes fueron a la Casa de Alicia a contar su experiencia en un encuentro de muralismo en el que habían participado, pero la instancia no quedó allí. También hicieron una intervención en la vereda y presentaron dos obras de teatro, en conjunto con los profesores de Literatura, Música y Teatro. Algo similar pasó con estudiantes del liceo 65, del 5 y también del vecino Zorrilla, cuyos estudiantes van a leer o conversar cuando tienen horas libres.

Además, desde la dirección se apunta a desarrollar un espacio para artistas emergentes. En concreto, apunta a estudiantes de liceo que estén haciendo un proceso creativo que vaya más allá de la clase, y por tanto su cabeza y su producción vayan más allá de la muestra liceal de fin de año. “Mi idea es que ellos den un paso más, y si, por ejemplo, hay alguien que tiene un proceso vinculado a las artes visuales, un docente o un artista lo ayude a presentar un proyecto para solicitar sala”, explicó la directora. Algo así ocurrió tiempo atrás con una alumna del Zorrilla, que acudió a la casa para presentar una obra de mail art, y con jóvenes del liceo 65, que hicieron una muestra de autorretratos.

Intercambios

“Ahora vamos hacia lograr una mayor apertura también en cuanto a horarios”, y se está buscando la forma de que empiece a funcionar un café que sea gestionado por una vecina, cuenta Miranda. En la Casa de Alicia se planifican muchas actividades. Se intenta organizar en ciclos aquellas destinadas a la formación y actualización docente, porque de esa forma se logra una mejor difusión y permite una organización más adecuada. Por ejemplo, la línea sobre la inclusión educativa de las personas con discapacidad fue una idea inicial de la profesora Silvia Prida para compartir experiencias exitosas al respecto, y todos los segundos martes de cada mes hay una actividad.

También se organizan ciclos y charlas en las que se comparten experiencias de docentes con sus estudiantes, y se ha logrado llevar las actividades a liceos de todo el país. “Se están haciendo muchas cosas que están funcionando muy bien y no las conocemos, la idea es abrir el espacio para que se compartan”, cuenta Miranda. Para ello, se trabaja muy cerca de las inspecciones de las distintas asignaturas, que son las que conocen mejor las prácticas y experiencias de todas partes del país. Según la directora, el concepto de “casa” implica la posibilidad de diálogo, “que en una conferencia de 3.000 personas o en una videoconferencia no la tenés”. “Me interesa que después de que la gente vive una experiencia acá adentro pueda hablar. Cuando la gente conversa, se encuentra, plantea los problemas o las satisfacciones, se empiezan a generar vínculos o proyectos, que es lo que nos mantiene vivos a todos”, concluye. En síntesis, “es gente que trae mucha más gente”.