Uruguay

Belmonte es quizá la mejor película de Federico Veiroj y una de las mejores producciones de ficción uruguayas de este año. Más que una anécdota, es como el retrato de una personalidad a través de un momento de su vida. Javier Belmonte es un pintor medio esquivo con respecto a los requerimientos prácticos y a las concesiones que un artista suele tener que hacer para llevar adelante una carrera; se está preparando una exposición de su obra; está en crisis porque su ex mujer está embarazada de otro, y quisiera estar más tiempo con su hija chica. No importan tanto las ocurrencias, sino observar a los personajes frente a esos estímulos. Salvo por su hija, Belmonte está relativamente aislado y nadie ni nada lo satisface. En sus cuadros abundan los hombres desnudos, cuerpos retorcidos, expresiones angustiadas. Su padre sigue casado pero tiene una relación amorosa con un jovencito. Javier protesta contra el texto del catálogo de la exposición, porque intenta diagnosticarlo a través de su arte, y contra su hermano, que quiere vigilar el comportamiento del padre. De alguna manera la película comparte la actitud del personaje: mira, acompaña, observa, pero evita analizar, juzgar o reducir su complejidad en explicaciones y motivaciones. Para esa sensación de cercanía cuenta mucho la cámara de Veiroj, que se atreve, como casi ningún otro cineasta nacional, con movimientos relativamente complejos y a corta distancia de sus objetos, y con algún lente extremo como el teleobjetivo del plano final. Cuenta mucho también el hallazgo del rostro expresivo de Gonzalo Delgado (uno de los más activos directores de arte del cine uruguayo, también eventual guionista y director, quien aquí aparece por primera vez actuando en un rol protagónico). Y cuenta también esa disposición valiosa de Veiroj a permitirse el silencio y la espera (similar a cuando Javier se encuentra con un colega en la rambla y se sienta a su lado sin decir palabra, sólo bocetando un posible cuadro que quizá esté inspirado en el amigo). La narrativa se pliega en función de homenajear o simplemente disfrutar de distintos lugares públicos característicos de Montevideo (la rambla, la isla de Flores, el Museo Nacional de Artes Visuales, el teatro Solís con los conciertos del Centro Cultural de Música) y detener por momentos el flujo del tiempo para teñir las imágenes con alguna bella canción (Leo Maslíah, Carlos Gardel, Pedro Dalton, Diane Denoir) o con cameos de pequeñas personalidades de la cultura local. La película nos presenta a Olivia Molinaro Eijo, una niña actriz increíble, que hace la mejor actuación infantil que recuerde en el cine uruguayo. Es una obra muy especial, sensible, conmovedora, que se suma con su voz especial a la línea más característica y artísticamente exitosa del cine nacional.

Argentina

Familia sumergida está dirigida por María Alché, quien había debutado en cine como una de las actrices principales de La niña santa (2004), segundo largo de Lucrecia Martel. Alché luego se formó en la ENERC, y esta es su ópera prima. Martel figura en los créditos como asesora, y es notoria la influencia de su primer y más célebre largo, La ciénaga (2001), del que hereda la vaguedad temática, el ambiente familiar polucionado por una multiplicidad de factores, el tratamiento sonoro sutilmente anormal, el foco puesto sobre una mujer de 60 años y la presencia importante de la actriz Mercedes Morán. La muerte de una familiar y la necesidad de vaciar el apartamento llevan a Marcela a una revisión de aspectos de su vida. No hay flashbacks pero sí la aparición súbita de personajes que, asumimos, son otros familiares ya fallecidos, que pueden ser la materialización de la imaginación de Marcela (¿o serán fantasmas?). Los vemos en forma natural, como si estuvieran ahí, intercambiando con Marcela o entre ellos. Para ampliar la indefinición, nadie nunca “entra” al apartamento: de pronto las personas están, sin que veamos cómo llegaron allí, al igual que los espectros. Esa indefinición es una de muchas incomodidades de la película, que transmite una sensación de insatisfacción e incompletitud: el lavarropas roto, la hija que se peleó con el novio, la otra hija que se va de la casa, un casamiento fatigado, un marido que no suscita respeto ni afectos fuertes pese a su empeño, los ancianos seniles, la incompatibilidad con el hermano, una aventura amorosa que no se llega a concretar, el terreno de las vacaciones de la infancia que ya no logran ubicar o reconocer. La “familia sumergida” del título puede ser la de los ancestros, la de las fotos con gente que los sobrevivientes ya no saben identificar. Pero puede ser la familia actual (marido, hermano, hijos), que sin llegar a ser disfuncional, no cumple mucho con las cosas buenas que se supone que una familia implica. El tratamiento sonoro nos deja en un estado de constante hiperacusia: todo suena neto, presente, fuerte; si hay gente charlando en la habitación de al lado y forzamos nuestra atención, distinguimos las palabras que dicen, una omnisciencia que resulta un poco enloquecedora, una vez que uno asume su contrapartida –la falta de intimidad, que se vincula a su vez con los personajes que entran al apartamento sin que sepamos cómo–. El foco cortísimo, combinado con una cámara muy móvil y la fotografía algo difusa, deja buena parte de las imágenes en un exasperante al-borde-del-foco y la noción expresiva de encierro, de falta de perspectiva. Hay una obsesión con los telones, que a veces sugieren capullos. Imponente la música de Luciano Azzigotti. (Viernes 19 a las 19.35)

La quietud (de Pablo Trapero) también procesa la influencia de La ciénaga, con la que comparte la ambientación en una opulenta propiedad rural y otra de las actrices protagónicas (aquí es Graciela Borges). Pero es muy dispersa. Hubo un claro intento de ponerle algún picante con unas cuantas escenas de sexo hot que involucran a las hermanas treintañeras Mía y Euge. Tanto la línea “ciénaga” como la línea erótica se echan a perder en buena medida por el hecho de que las actrices jóvenes no son lo suficientemente buenas como para superar las carencias de unos diálogos burdos (la Borges sí puede hacerlo). Convive con ese melodrama erótico una potencial comedia de equívocos que no se llega a realizar, y de pronto una revelación vira la película hacia una denuncia de la dictadura (más interesante que todo lo demás), pero luego el punto de resolución parece asumir que lo importante era el vínculo afectivo entre las hermanas. Y sí, hay unos movimientos de cámara primorosos y un plano secuencia muy complejo, pero con eso no basta. (Sábado 20 a las 19.25).

Cuando dejes de quererme (de Ígor Legarreta) es una de esas coproducciones hispanoargentinas de títulos románticos que tienen como paradigma El secreto de sus ojos (José Campanella, 2009), es decir, drama-thrillers que revuelven historias con una extensión de décadas, en los que el peso se distribuye entre el qué pasó/qué pasará de la trama criminal y la revisión vital profunda que las revelaciones implican para los personajes centrales. Aquí ese efecto se duplica porque, en 2002, Laura descubre cosas que le pasaron a su padre en 1968, pero en la actualidad descubre más cosas que ocurrieron en 2002. Debemos pasar por algo así como una decena de hipótesis sobre el crimen, cada una corrigiendo y desviando la versión anterior, agregando nuevos datos, nuevos sospechosos. La música sinfónica le da un tono serio, dramático y arty al todo, lo que es una pena, pues enmascara un poco los episodios humorísticos o tiernos. (Viernes 19 a las 21.50).

Malos momentos en el Hotel Royale (2018), de Drew Goddard.
Malos momentos en el Hotel Royale (2018), de Drew Goddard.

Hollywood

Malos momentos en el hotel Royale (Bad Times at the El Royale, de Drew Goddard, Estados Unidos) es una bomba. La acción dura una tarde y una noche de 1969, cuando cuatro huéspedes arriban, en forma independiente, a un motel aislado. El lugar supo tener sus tiempos de esplendor (y está claramente inspirado en el Cal Neva, comprado por Frank Sinatra, Dean Martin y un amigo mafioso en 1960, y vinculado a escándalos sexuales, políticos y criminales diversos), pero ahora está en decadencia. Nadie ahí es quien parece ser, y buena parte de la gracia está en la forma en que una situación atípica (pero, aisladamente, verosímil) se ve perturbada en forma casi absurda por las demás, poniendo de relieve las coincidencias fortuitas. Como en distintas películas de Quentin Tarantino, se van sumando esas sorpresas y vueltas de tuerca simultáneamente trágicas y cómicas, que involucran el aprecio por lealtades personales no necesariamente morales, y la narrativa incluye pequeños regresos en la línea temporal para resignificar, con datos nuevos y otro punto de vista, eventos que ya habíamos visto. Para complicar y atar todas las situaciones interviene un joven profeta hippie asesino, a la manera de Charles Manson. Y sí, es una tarantinés total, pero hay mucho margen para hacer cosas creativas y personales dentro del marco establecido por el maestro (quien, curiosamente, está haciendo una película que transcurre en 1969 e involucra a la familia Manson). La escenografía y el sonido son espectaculares y están usados para ambientar las situaciones siempre en forma un poco over the top –es parte de la gracia–. El pasillo desde el que uno ve las distintas habitaciones a través de espejos unidireccionales funciona como metáfora del cine (hay incluso una cámara, y un elemento de la trama tiene que ver con un rollo filmado). Todas las actuaciones son espectaculares, pero entre ellas hay una revelación conmovedora: la británica Cynthia Erivo actúa y canta que es un despelote. Quizá nada llegue a superar el maravilloso encuadre inicial de la película, pero hay varios momentos que quedan cerca y, a la larga, creo que hay una buena decena de secuencias que almacenaré en mi antología personal de momentos de cine con swing.

Nace una estrella (A Star is Born, de Bradley Cooper, Estados Unidos) es la tercera remake estadounidense del clásico de William Wellman (1937). Cada una actualiza y aprovecha elementos de la anterior, y esta se parece sobre todo a la película de 1976 (con Barbra Streisand), que a su vez tomaba de la de 1954 (con Judy Garland) la conversión en musical (la estrella de la película original era actriz de cine). La historia es una belleza, y además, qué cosa linda e intensa son los dramas de amor, máxime cuando están potenciados por la fuerza de la música. Los personajes de Jack y Ally no pueden ser más queribles, y es fantástico cómo están actuados por Cooper y Lady Gaga. Ni siquiera hacía falta (tampoco hace daño) reforzar ese carácter querible con mostrar lo bien que cumplen en su cotidiano con cada uno de los rubros más candentes de la nueva agenda de derechos. Sólo es una pena que, llegado el momento de cantar, Lady Gaga cante como Lady Gaga. Pero quizá haya sido intencional, porque en la trama hay un asunto importante que queda a medio cocinar: Jack es un músico country que actúa en el cruce con el rock (un rock retro, sesentista) y dedica buena parte de su pigmaliónica promoción de Ally insistiendo en que ella sea auténtica. Pero ella termina en manos de un productor/agente que la trata como una estrella pop, con todos los elementos de promoción calculados, y que incluso parece sentirse medio dueño de ella. Jack parecía querer estimular el surgimiento de una nueva Carole King, pero en su lugar emergió Lady Gaga, y no parece haber mucha salida y a nadie le parece mal. Él va a responder entonces de las maneras (no muy productivas) que parecen corresponder a un rockero. Pero esa línea, sutilmente trabajada, es un espesor agregado a un drama conmovedor, llevado despacio, dejando fluir el tiempo, como debe ser, si queremos meternos con los personajes y luego llorar con ellos.

Reitero mis recomendaciones de El infiltrado del KKKlan (viernes a las 22.00) y Custodia compartida (sábado a las 19.25). Me hablaron muy bien de las argentinas Rojo (sábado a las 19.35), El Potro (sábado a las 22.00) y Joel (domingo a las 17.15), así como de la española Somos campeones (domingo a las 19.15).

Custodia compartida (2018), de Xavier Legrand.
Custodia compartida (2018), de Xavier Legrand.

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