Francesco Tonucci es un maestro y pedagogo italiano de 78 años que, escondido en el seudónimo de Frato, ha utilizado la ilustración para satirizar la escuela, la educación y, más en general, la ciudad, siempre intentando hacerlo desde la mirada de los niños. Es muy reconocido en el ámbito de la educación, pero su discurso también habla sobre seguridad, participación, política y ciudad. Ayer más de mil personas colmaron un salón del Radison Victoria Plaza para escuchar su conferencia “Los niños y niñas piensan de otra manera”. En sus charlas no hay grandes novedades: lo removedor de su pensamiento es que invita a cambiar la perspectiva.

Llegó a Montevideo invitado por la Intendencia, que desde el año pasado adhirió a “La ciudad de los niños”, un proyecto que Tonucci comenzó en 1991 en su ciudad natal, Fano. En la mañana de ayer participó en un encuentro con varios jerarcas del Departamento de Desarrollo Social de la Intendencia y luego con el intendente Daniel Martínez y su gabinete. El objetivo, explicó Fabiana Goyeneche, directora de Desarrollo Social, es “incorporar esta perspectiva para pensar y diseñar la ciudad. Ver la ciudad a través de los ojos de los niñas y niños, y no desde una visión adultocéntrica”, en relación con la señalética, el transporte público, las veredas, las plazas. La jerarca destacó una iniciativa que promueve Tonucci: “El camino seguro a la escuela, que parte de la base de que la mejor manera de hacer una ciudad segura es que sea transitada por niños. No que sea segura para que los niños puedan habitarla, sino que cuanto más la estén habitando y más uso estén haciendo del espacio público, más segura va a ser la ciudad”. El pedagogo estará hoy en el Palacio Legislativo cuando se reúna la primera sesión de este año del Parlamento de Niños, Niñas y Adolescentes, un proyecto de la Secretaría de Educación para la Ciudadanía de la comuna, que convoca a niños de escuelas, liceos y UTU de Montevideo a promover sus propuestas.

Diez puntos

Una constante en su charla es la referencia a la Convención sobre los Derechos del Niño, que se aprobó en 1989 y fue ratificada por Uruguay, por ley, en 1990. Su obsesión es que si bien la norma que garantiza los derechos de la infancia cumplirá 30 años en 2019, “sigue siendo prácticamente desconocida por la casi totalidad de la gente”. “Todos dicen: ‘Sí, es muy importante’, y creo que casi todos piensan en los niños de África”, dice. Tonucci hace énfasis en derechos como que el interés del niño es superior, el derecho a la escuela, al juego, al tiempo libre y a la libre expresión. Para 2019 tiene previsto publicar otro libro con este eje: Manual de guerrilla urbana. Para niños y niñas que quieren conocer y defender sus derechos.

Lo que sigue son algunos fragmentos destacados de su conferencia.

1

Pensando que en la escuela los niños pasan muchísimas horas, muchos días a la semana, muchas semanas en el mes, muchos años, que sea aburrido es insoportable, y, al contrario, a los adultos eso nos parece normal, porque nosotros nos aburrimos en la escuela. Que nuestros hijos se aburran parece no sólo lo normal, sino “lo que les toca”. Y si la escuela es divertida y los niños van con interés, hay familias que dicen “quizás esa escuela no sea tan seria”. Lamentablemente esta idea es también parte del mundo de la educación. Creo que considerar normal que la escuela sea aburrida es algo que no se puede aceptar, no se puede tolerar.

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2

“El recreo y el autobús escolar es lo que más me gusta de la escuela”, dicen los niños. Y es interesante aprovechar de los momentos de libertad, de autonomía de los niños, para conocerlos. En el recreo los niños pueden manifestarse por lo que son, y eso puede ayudarnos a conocerlos, cosa que dentro del aula muchas veces es complicado. Claro que para que esto ocurra, tenemos que respetar algunas reglas de no controlarlos demasiado, de no poner reglas absurdas; puestas para nosotros, desde arriba.

3

La escuela mata uno de los regalos más grandes que puede dar a los niños: el placer, las ganas, la necesidad de leer. En referencia a la experiencia italiana, parece que prácticamente hace todo lo que puede para que los niños no se enamoren de la lectura. Imaginemos que estamos en una terminal de ómnibus, hay gente sentada –lo que es normal– y leyendo. Si nos acercamos notamos que todos están leyendo el mismo libro; esto ya nos preocupa un poco. Si nos acercamos un poco más, notamos que todos están leyendo la misma página; ahí pensamos que estamos en una película de horror. Esto en la escuela ocurre todos los días y nadie se preocupa. Es normal que un maestro diga a los alumnos: “Para mañana lean de la página 14 a la 20”, y no es raro que el día después llame: “Julieta, por favor, cuenta a los demás lo que has leído”. Aquí debería reír toda la sala, y no nos reímos porque esta es nuestra experiencia cotidiana, pero pedir a uno que cuente lo que han leído todos es un poco ridículo. ¿Cuál podría ser la propuesta? Que el acceso a los libros no empiece con una decisión del claustro, sino con una visita a una librería; ponerse de acuerdo con un librero disponible y que ayude a los alumnos a entender qué son los libros, cómo son construidos, qué tipos de libros hay, qué colecciones; que hay de aventuras, de amor..., de manera que los niños se hagan una idea y cada uno se quede con un libro distinto. La lectura debe ser gratis; si es un placer, es un placer. Claro que si los niños eligieron un libro y les gustó mucho, es posible que deseen comentarlo con los compañeros para que lo lean también, no por obligación.

4

Normalmente los buenos en la escuela son los que tienen capacidades en lengua o en matemática. Un niño que tiene estas dos capacidades, no tendrá problemas a lo largo de la carrera escolar. Si no las tiene, es un problema gordo. Pero la Convención, en el artículo 29, dice que la educación del niño deberá “estar encaminada a desarrollar la personalidad, las aptitudes y la capacidad mental y física del niño hasta el máximo de sus posibilidades”. ¿Y los programas? Parece que el camino que la ley indica como objetivo de la educación es otro, no es que todos lleguen al nivel previsto de los programas ministeriales, sino que cada uno pueda desarrollar sus capacidades. No sé si se nota que estamos diciendo casi lo contrario. Muchas veces parece que la petición de la escuela es que los niños dejen de ser niños para ser alumnos.

5

La escuela debería ser un lugar donde siempre se puede buscar otro camino, esto es la creatividad. Ver las cosas desde distintos puntos de vista, de maneras distintas, y premiar cuando los niños y las niñas consiguen buscar ideas nuevas, posiblemente nuevas respecto de las del maestro o la maestra. Para eso necesitamos maestros libres, capaces de reconocer que también se puede contestar. Que un alumno diga “no estoy de acuerdo” debería hacer muy feliz al maestro, porque significa que ha educado a un alumno para ser crítico, que es el máximo al que deberíamos esperar.

6

Las escuelas deberían tener la costumbre de consultar a los alumnos, deberían tener un consejo con niños representantes de los distintos niveles escolares, que se reúnan con el director de la escuela para gobernar la escuela, para expresar su punto de vista. Piensen el efecto positivo que podría tener ayudando a los niños a sentir la escuela como su escuela.

7

El tiempo libre ha desaparecido. Por la mañana los niños van a la escuela, que a veces se come parte de la tarde, después vienen los deberes, otras actividades, y, si falta un trocito de tiempo, la pantalla. El tiempo libre se acabó. Pero la Convención dice que tienen derecho al juego, y lo dice un artículo de la Convención así como otro dice que tienen derecho a la escuela. Sabemos que el juego es probablemente la experiencia más importante de una mujer y de un hombre; es jugando en los primeros meses o años de vida que se construyen los cimientos sobre los cuales se podrá construir a lo largo de toda la vida. Una ciudad democrática debería preocuparse mucho por que los niños y las niñas puedan jugar libremente, y una escuela que quiere ser una escuela en serio debería preocuparse mucho por que los niños puedan jugar en la tarde, en lugar de dedicar tiempo a los deberes, de manera que al día siguiente tengan algo que contar en la escuela. Una buena escuela necesita que la vida de los niños entre en la clase, como un aporte, una contribución al debate de clase. Yo invito a la escuela a renunciar a los deberes; no sirven para nada, y molestan.

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8

Los padres me dicen: “No podemos dejar que salgan de casa con todo el peligro que hay”. ¿Dónde? Más de 90% de los casos de violencia contra niños ocurren en su propia casa, y son obra de personas queridas. Esto es lo dramático, que lo hace aun más grave. Casi la totalidad de las causas de ingreso al hospital para niños son accidentes domésticos o de auto, que siempre es el auto de los padres. Podemos decir, y no es una broma, que los lugares más peligrosos donde podemos tener a nuestros hijos son la casa y el auto, ¡nuestros! Invitarlo a salir es, de alguna manera, invitarlo a salvarse.

9

Los padres me dicen: “A los 12 años lo dejamos”. Pero no, porque cuando tenga 12 años no va a saber hacerlo. La autonomía no es algo que empieza cuando lo decidimos nosotros. La autonomía empieza cuando se corta el cordón umbilical, y desde ese momento hay que averiguar si estamos construyendo todos los días un poco más de autonomía o si, por el contrario, estamos atando nuevos cordones.

10

¿Por qué no se concretan estas propuestas? Porque son muy incómodas. Cuando los niños nos proponen cosas, casi siempre tenemos que elegir si estar con ellos o estar con los adultos. Hoy en día noto un conflicto raro, que no notaba hace algunos años, entre los niños y sus padres. Los niños están pidiendo, a la ciudad, a la escuela, más autonomía y libertad; y la familia, los padres de estos mismos niños, están pidiendo a las mismas autoridades más control, más vigilancia, con lo cual nos obligan a elegir con quién estamos. Especialmente los que tienen autoridad, los políticos, tienen que elegir si están con los niños o con sus padres. Sé que a los políticos les gustaría estar con todos, pero no se puede. Es interesante analizar que si estamos con los padres, estamos en contra de los niños: si aumentamos los controles y la vigilancia, disminuyen aun más la autonomía y la libertad de los niños. Pero me da alegría pensar que si hacemos lo contrario, si estamos con los niños, no estamos en contra de los padres. Si aumentamos la libertad y la autonomía de los niños, la autonomía de los padres también aumenta. Si, por fin, un día los niños de Montevideo llegaran a ir a la escuela solos, los padres serían más libres. Esta es la propuesta.