Final de noviembre. Buenos Aires se baña de sol tras los meses de frío y los jacarandás parecen apresurar al verano. El Obelisco, en el cruce de las avenidas 9 de Julio y Corrientes, es insignia no sólo de la capital sino de todo el país. Se construyó en 1936, en memoria del cuarto centenario de la fundación de la ciudad, y las escrituras en sus cuatro caras evocan momentos trascendentales de la historia de la nación. Es, además, punto obligado para hacerse la selfie en dirección sur, ajustando el encuadre para que en una misma toma salgan, además de la sonrisa bronceada del turista, el Obelisco, la bandera argentina y, como fondo, el rostro de Eva Perón aferrada al micrófono, en un labrado en hierro sobre la pared del edificio del Ministerio de Salud y Desarrollo Social –degradado a Secretaría en septiembre de este año por el gobierno de Mauricio Macri–.

No sorprende que el Obelisco esté lleno de gente queriendo sacarse esa foto, ni que haya músicos callejeros y venta informal de comida alrededor: sorprende que la música no sea tango, zamba ni chacarera, sino que suenen rancheras mexicanas –el guitarrista y el trompetista del mariachi son cubanos– y que no haya empanadas, panchos o humitas, sino arepas venezolanas.

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Estoy de paso por Arica, primera ciudad del norte chileno, procedente de Perú. La frontera está cerrada por una huelga de transportistas, por lo que debo caminar dos horas por la ruta que corta el desierto bajo el último sol de la tarde –que no por tardío es menos abrasador–. Llego a la terminal 20 minutos antes de la salida de mi bus a Antofagasta. Después de todo el día en la carretera, y con otras ocho horas de viaje por delante, debo comer algo. Veo mi reloj y corro el riesgo. La mejor opción es un sándwich para el camino. Compro un botellón de agua sin gas y, después de sacarme de la espalda la mochila, me acerco a un puesto de comida. Hay un cartel que anuncia los sándwiches, todos con nombres desconocidos. Mientras avanzo en la fila voy releyendo los nombres, y cuando llego al mostrador la mujer pregunta cuál quiero. No lo sé. Ella nota mi extrañeza y golpea el mostrador de servicio. Pregunto entonces qué es un Aliado, un Completo, un Barros Luco, un Barros Hausman o un Chacarero. La mujer bufa y se limpia la garganta, reseca tras pasar todo el día trabajando bajo el aire acondicionado, y dice: “Weon, tení que escoger qué vai a pedir antes de hacer la fila. ¿Quién sigue?”.

Doy un paso al costado y por la espalda me aborda un tipo que no es chileno, para explicarme, uno por uno, qué contiene cada sándwich. Escojo el primero de la lista y, mientras caminamos hacia la puerta de abordaje, el tipo me cuenta que es colombiano de Medellín e ingeniero industrial. Tiene un año trabajando en las minas de Antofagasta, allá donde muchos chilenos no quieren ir, y está haciendo trámites para traer a su esposa y a su hijo.

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A la altura de Pocitos, en el cruce de Bulevar España y Avenida Brasil, la rambla de Montevideo ofrece una concavidad que invita a sacarse la ropa y mojarse al menos los pies en las aguas siempre frías del Río de La Plata.

Mi sobrina, de visita en la ciudad, estira mi brazo y cedemos al impulso, y después de sacarnos los zapatos pasamos la tarde allí: yo, sentado en la arena y ella recogiendo conchas dentro del agua. Poco antes de la puesta de sol dejamos de estar solos, pues dos mujeres llegan con un niño que no supera los tres años. Somos los cinco y nadie más en la playa. Le llama la atención a mi sobrina que, a pesar de que la tarde es muy soleada y cercana a los treinta grados Celsius, ninguna de las mujeres se despoje del manto que les cubre la cabeza, la nuca y los hombros –ignoro si es hiyab, shayla o chador–. Le explico que, por su religión, ellas tienen prohibido sacárselo, y que solo pueden descubrirse los pies.

Mareada por mi explicación la niña vuelve al agua y se encuentra con el niño. Ambos, sin mediar palabra, intercambian conchas y él escarba en su bolsillo para extraer una piedra de color azul brillante cubierta de arena y azúcar. Ella corre hacia mí y me pide que la guarde. Fijo la vista en las dos mujeres buscando cruzar miradas, y cuando lo consigo, sacudo la cabeza hacia delante y atrás. Ellas responden y gesticulan una sonrisa mientras cuchichean algo en un idioma incomprensible. El sol se hunde en medio del agua a los pocos minutos.

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Atardece en la plaza Independencia, a pocos pasos del mausoleo de José Artigas, héroe nacional de Uruguay. Un grupo de cubanos toma el sol para calentarse. Comentan los resultados de la serie mundial en que los Medias Rojas de Boston vencieron por cuatro juegos a uno a los Dodgers de Los Ángeles. Parecen no enterarse de que están en el centro de Montevideo, y por su desenfado parecen sentirse como si estuvieran bebiendo ron en cualquier parque de La Habana Vieja. Se rumorea que, en pocos años, y en parte por las políticas que la FIFA ha tomado para la transmisión de sus torneos, en las tardes montevideanas se hablará más de béisbol que de fútbol.

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