Alzando la barrera para que pase la farolera, una rueda de niños conquista las calles de Ciudad Vieja. Lo mismo hacen otros grupos con canciones infantiles tradicionales: “Rayuela”, “Rango”, “Andelito de oro” (romance dramático), y “San Severín del monte”, o “Los oficios”, recogidos de la calle o los patios escolares. Este registro de cantos y bailes coreografiados es una invitación a la aventura, un desafío a confrontar nuestra propia identidad: el territorio revuelto de la memoria, siempre apegado a la sencillez, al minimalismo y a los rituales del juego, se enfrenta a la sugerente secuencia de este folclórico paisaje sonoro, impulsado por Juegos y rondas tradicionales del Uruguay (1967), de Lauro Ayestarán (1913-1966). Este musicólogo, investigador y autor de una obra sin precedentes apostó por estudiar con rigor la música popular (recorrió el país con grabadores que pesaban más de 30 kilos), produciendo audiovisuales y cientos de documentos sonoros desde una posición latinoamericanista; fotografió, como nadie, a músicos de campo adentro; y produjo fichas, transcripciones y diarios de viaje que registraron la existencia de diversas manifestaciones locales.

A partir de su vocación de rescate, el Centro Nacional de Documentación Musical Lauro Ayestarán (CDM), en conjunto con el Archivo General de la Universidad (AGU), se propusieron recuperar un cortometraje documental elaborado por el ICUR (ex Instituto de Cinematografía de la Universidad de la República) a partir de trabajos de Ayestarán, que falleció antes del montaje del material.

A lo largo de 23 años (1943-1966) el investigador se dedicó a grabar diversas composiciones musicales, y llegó a reunir unas 4.000 grabaciones. Como ha precisado en más de una ocasión Rubén Olivera –coordinador general del CDM, luego de la muerte de Coriún Aharonián–, un tercio de esas recopilaciones se dedicaron a la música infantil: Ayestarán se interesó en esa cultura que transcurría al margen de la oficial, y así fue como registró materiales que no eran contemplados por la enseñanza formal. En sintonía con este desafío, en setiembre, el CDM dedicó su quinto coloquio a la música y la infancia, y se propuso contribuir a la reflexión sobre la diversidad de visiones y tensiones que rodean estas áreas, siempre en diálogo con el presente.

Cancionero doméstico

Entre 1965 y 1966, Ayestarán trabajó junto con los cineastas Mario Handler y Eugenio Hintz –miembros del ICUR– en la realización del film Juegos y rondas tradicionales del Uruguay, que fue acompañado de un texto en el que Ayestarán describe y analiza en profundidad las cinco manifestaciones registradas: del rango, destaca su expresión de habilidad muscular, y de la rayuela, la competencia deportiva. En el caso de las otras tres, las personaliza como rondas cantadas con su correspondiente –y a veces compleja– acción dramática. Es que, para Ayestarán, a la necesidad lúdica la satisfacen modos sociales aprendidos, mecanismos no institucionales, y letras, gestos y músicas que en general responden a grupos económicamente desposeídos y a expresiones de antiguos patrimonios culturales que aún sobreviven: “El repertorio infantil es, en el orden musical, algo así como ‘el fondo de ojo’ del folclore de una colectividad”, en el que “podemos calibrar el estado de los conductos más profundos y vitales por donde corre el río de la sangre popular”.

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El libro que reúne el film y el texto de Ayestarán también cuenta con un prólogo a cargo de Coriún Aharonián –a quien está dedicado– y una serie de artículos escritos por Isabel Wschebor, Mariel Balás, Lucía Secco, Viviana Ruiz y Federico Sallés. En cuanto a este cortometraje de ocho minutos y medio, Wschebor (historiadora y preservadora audiovisual de AGU) plantea que se hizo en un momento de quiebre en la historia documental uruguaya, ya que, hasta ese entonces, la mayoría se inclinaba a lo institucional o científico-pedagógico; y esta elección de temas sociales y culturales fue la expresión de una serie de transformaciones en la historia del cine local producido desde la Universidad.

En ese recorrido, Ayestarán advierte que los niños uruguayos de la época cuentan con un centenar de canciones infantiles, de autoría anónima y vulgar, y que una sola de esas canciones es la más socializada del país: el “Arroró” (que surgió a partir de una melodía cortesana de hace 700 años, y, en el caso de la versión uruguaya, responde a una “vetusta melodía” pautada hacia 1250). En el caso de “La farolera”, por ejemplo, señala que es una de las canciones infantiles que más variantes cuenta en su música, y recuerda que la letra de la interpretación uruguaya comienza con el verso “La farolera trompezó”, aunque en el ámbito escolar el verbo se suele censurar, y por eso se escucha “tropezó”. Y así, con la publicación de este preciso trabajo, Ayestarán se vuelve a confirmar como el mayor articulador de la historia musical uruguaya, que, en su momento, ya advertía que faltaba “un pedazo capital del alma de nuestra cultura, de esa alma que no se refleja a través del documento escrito de la música culta, sino que estaba en la voz eterna, permanente, del pueblo”.

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