Desde el sábado 17 de marzo cierta distensión se ha apoderado de los que nos hemos preocupado por el delicado tema de Vivian Trías y su presunta relación con la inteligencia checa al saber que gente competente y responsable se está ocupando del asunto desde diciembre del año pasado. Me refiero a los investigadores Aldo Marchesi y Michal Zourek, y a los artículos aparecidos en la diaria (el 17 de marzo) y Brecha (el 16 de marzo). Estas investigaciones contribuyen a diluir esa imagen que se pretende dar de un “espía Ríos”, subordinado al bloque comunista, que intentaba conducir hacia allí al Partido Socialista (PS). Esto no condice ni con las ideas ni con la estatura intelectual de Trías. Tampoco con el testimonio de algunos protagonistas acusados de “entrismo”, que en cierto momento se pretendió entrever en el PS y que terminó con la expulsión de varios militantes. Algunos de ellos, conocidos míos, coinciden en afirmar que Trías no tuvo nada que ver con eso y que fue una figura totalmente lateral en la circunstancia.

Menos creíble resulta la pretendida subordinación del espía Ríos al bloque comunista a la luz de una carta inédita de Trías al director de la revista Nueva Sociedad, a cuyo requerimiento estaba escribiendo un artículo. Datada del 19 de junio de 1980, especie de “testamento ideológico político” porque fue escrita cuatro meses antes de su muerte, (1) prueba que hasta el fin de sus días (Trías murió en noviembre de 1980) mantuvo sus convicciones fundamentales, bastante distantes de la “ortodoxia” del campo soviético, del que siembre había sido muy crítico. En esa carta resume el contenido de uno de los ítems del texto en que se encontraba trabajando, que titula “marxismo y dogmatismo”, exponiendo cómo en la versión estalinista el camino hacia el socialismo queda reducido a un derrotero sólo válido para Europa. Cito algunos fragmentos:

“[Iósif] Stalin enterró los trabajos de [Karl] Marx sobre ‘el modo de producción asiático’ para sustentar sus criterios políticos en la revolución china. Así convirtió la concepción de Marx en un dogma falaz que aún perdura en los textos de la URSS. Lo que ha traído consecuencias muy negativas, como los errores cometidos por Moscú en China, la porfiada obstinación de que toda revolución tercermundista debe pasar por una revolución demo-burguesa inexorable, etcétera. [...]

La vigencia de leyes históricas generales y particulares que sólo rigen para una sociedad específica, la correcta evaluación de la ley de desarrollo desigual, etcétera [...] enseñan que no puede aplicarse un modelo único a cada desarrollo socialista, sino que cada uno responde a leyes propias emergentes de sus peculiaridades históricas, socioeconómicas, sociales, etcétera [...] El socialismo debe ser primero nacional, desenvuelto de acuerdo a los requerimientos específicos de cada sociedad, coronación, en cada nación, de un proceso histórico intransferible. Cuando a nombre de un ‘internacionalismo proletario’ se intenta imponer un modelo único a todos los países, se violan elementales leyes históricas y la realidad no tarda en rebelarse, como en Hungría y Checoslovaquia [...] hoy existe un socialismo cristiano, un socialismo islámico, una renovada socialdemocracia no marxista, etcétera [...] que son otros tantos caminos hacia el socialismo. [...]

Esto es para que usted aprecie el lío en que me he metido”. (2)

No tuvo tiempo de desenvolver la madeja.

Estas afirmaciones reproducen el pensamiento que Trías venía gestando desde por lo menos 20 años atrás y no sugieren ninguna subordinación al campo comunista o compromiso con la instauración y difusión del marxismo leninismo, que por cierto conocía muy bien. Menos aun, alguna pertenencia a la KGB. Al pensamiento de Trías es imposible buscarle amos. Los investigadores Marchesi y Zourek dan noticias acerca de los archivos de los servicios secretos checos, de donde se han extraído los documentos en los que se basa todo este debate que se ha instalado. Se trata siempre de versiones digitalizadas, porque los originales se han destruido. Los archivos son muy abiertos y están a disposición de cualquiera que los requiera. ¿Qué tan custodiados están para conservar su pureza? ¿Qué hay de la procedencia de los escritos atribuidos a Trías? Si en verdad fueran suyos, como parecen indicar algunos peritajes, ¿cómo fueron obtenidos? ¿A qué fin estaban destinados? ¿Se ha hecho alguna investigación acerca de los funcionarios encargados de los enlaces? El ambiente de las tareas de inteligencia es opaco por definición y habría que sopesar cada una de las afirmaciones de funcionarios “diligentes” seguramente prestos a ensalzar y engrosar sus labores frente a sus superiores. La legación checa en la década de 1960 tenía mucha presencia en Montevideo y cultivaba variadas relaciones sociales.

Tal vez nunca se llegue a develar la verdad última de todo este asunto, que nos llegó de mala manera, por medio de figuras que andan en muy malas compañías y cuyas inmersiones en los archivos y por la índole de la difusión que de ellos hacen plantean muchas dudas respecto de sus fines.

Tengo la más absoluta convicción, por haber conocido a Trías, de que cualquiera fuera la naturaleza de la relación que llegó a tener con la legación checa en Uruguay (mucha gente la tenía por entonces), lo hizo en la seguridad de que contribuía a la causa del cambio en sentido progresista de nuestras realidades. Y ello, sin renunciar a los hilos nodales de su pensamiento y de su obra, que le dieron sentido a su vida, en el acierto o en el error. Por eso es tan importante que investigadores serios se hagan cargo del tema, ajenos a todo intento de manipulación de sus ideas.

Para el análisis de las 12 páginas que integran el legajo de fuentes que están siendo usadas como producto del agente Ríos son fundamentales la fecha en que fueron redactadas y el “horizonte de visibilidad” de que disponía el autor cuando lo elaboró. Por el artículo publicado en Brecha supimos que las 12 páginas datan de mediados de abril de 1976, porque las primeras menciones y comentarios a este texto no consignaban la fecha. Esto es fundamental, porque juzgar a partir de un conocimiento posterior de los hechos puede llevarnos a serios errores de juicio.

Confronté los dichos del autor con muchos textos de buenos historiadores argentinos y estudiosos de las Fuerzas Armadas de la talla de Alain Rouquié y Alfred Stepan. El análisis del autor no contiene loas a Jorge Videla, que más bien aparece en el texto como un personaje enigmático. El autor recurre a Stepan para tratar de develar de qué se trataba esa corriente “profesionalista y apolítica” muy difícil de identificar ideológicamente. (3) Juzga a Videla por sus primeros dichos y acciones, ambos escasos en el momento en que escribe, y los enmarca como “posiciones moderadas”.

El autor tiene una conciencia evidente de la fugacidad y escasas alternativas del momento histórico que lo ocupa. Se refiere al régimen instaurado hace sólo dos o tres semanas como una “pausa en un país tremendamente convulsionado”, que crea un espacio para que todos los sectores revean posiciones y que es “positiva dada la ausencia de alternativas mejores”. Pero el nuevo régimen “tiene poco tiempo para satisfacer o defraudar”, a pesar de contar con un balance de fuerzas favorable, ya que “no existen fuerzas de envergadura capaces de canalizar la oposición de las masas, si las expectativas despertadas por el gobierno militar se desvanecen más o menos rápidamente”.

La situación de referencia constante del autor es la etapa previa al golpe de Estado, es decir, el régimen de Isabel Perón y su caída en una profunda crisis de todo tipo pautada por la acción de la AAA y el lopezreguismo. Brecha (9 de marzo) ha rescatado el comentario que le mereció a Zelmar Michelini, en una carta a Carlos Quijano, la figura más visible del golpe del 24 de marzo, Videla, sindicado como “respetado, moderado, con prestigio profesional”. Figuras de primer nivel en Argentina, como Antonio Cafiero, coinciden en la apreciación. (4) Y es muy conocido el hecho del almuerzo que compartieron Ernesto Sábato, Jorge Luis Borges y algún otro escritor con Videla un mes después del golpe (al parecer, unos días después de la fecha de nuestro artículo). Por su parte, el historiador Luis Alberto Romero asevera que “el grueso de la población recibió el golpe con inmenso alivio y muchas expectativas”. (5) Vieron en ello una oportunidad de dejar atrás la siniestra época del último peronismo, en que la “guerra de aparatos” se libró mediante el terrorismo: mientras Montoneros liquidaba personajes conspicuos de la escena política, contra ellos operó otro terrorismo, por medio de aparatos parapoliciales –“nutridos de matones sindicales, cuadros de los grupos fascistas del peronismo y empleados a sueldo del Ministerio de Bienestar Social– que operaban con el rótulo de Acción Anticomunista Argentina, o más sencillamente Triple A”. (6) De esta etapa y del clima que entonces se vivía fueron y son testigos muchos uruguayos que se habían exiliado en Buenos Aires luego del golpe de 1973. Entre ellos estaba Hugo Cores, a quien le oí un relato novelesco de cuando zafó de un secuestro de la Triple A en una calle de Buenos Aires, haciendo un escándalo que incluyó desbaratar un puesto de frutas y verduras.

El miedo y la incertidumbre fueron el signo de la época. De ahí las expectativas que se abrigaban respecto del régimen recién instaurado, sobre todo porque el desconocimiento respecto de actores y sucesos que se revelaron después era generalizado. Los militares de la Junta eran oficiales jóvenes para el grado que revestían, con participación escasa o nula en los regímenes militares previos (1862, 1966), que ascendieron debido a pases a retiro producidos por las designaciones de Perón. El documento “Bases para la intervención de las Fuerzas Armadas”, que es más explícito respecto de los objetivos de la “reorganización nacional”, sólo aparece en enero de 1977. (6) Por lo demás, lo que hicieron no se atuvo a lo que dijeron.

En el análisis del autor hay cierta solvencia en torno a los factores específicamente militares y un conocimiento de la interna militar, en una época en que la intelectualidad, sobre todo la uruguaya, no solía tener conocimiento alguno del factor militar. No era así en Argentina, donde los militares fueron elemento de poder desde 1930 y hasta la izquierda, incluido el Partido Comunista, los tenía como factor a tener en cuenta en el accionar político. (7) En la descripción de las facciones en el Ejército, el autor repara en la existencia de una corriente a la que define como “nacional desarrollista”, reunida en torno al general Juan Enrique Guglialmelli y la revista Estrategia, de cuyo desarrollo espera el mejor desenlace para el proceso militar en curso, a falta de “mejores alternativas”. El texto hace referencias sutiles a la forma especial en que viven la política las Fuerzas Armadas. El autor las ve como una organización compleja, en la que el diferente peso de las armas se mezcla con diversidad de posturas ideológicas, y en la que hay siempre presente un conflicto interno entre esas facciones, que se va dirimiendo en forma pragmática, de acuerdo con las interacciones con el devenir político. Hace una observación sutil y veraz: cuando la política cesa, continúa en el seno de las Fuerzas Armadas.

Este análisis conlleva la visualización de una alternativa “peruanista” (8) como el mejor desenlace posible, y es evidente la búsqueda de signos que puedan inducir esa esperanza. Los identifica en la integración del equipo económico, en la que, salvo Roberto Alemann, los otros pueden ser designados “nacional desarrollistas” (mucho más a la “izquierda” que los ministros del último peronismo). José Alfredo Martínez de Hoz aún no había logrado comenzar a implementar su programa debido a las resistencias militares; sólo pudo hacerlo desde junio de 1977. (9) A esa altura de los acontecimientos, no era posible siquiera imaginar el plan bien acabado de “reorganizar” la nación eliminando hasta la posibilidad de una Argentina fundada en los elementos más jóvenes y sanos de la sociedad: los sectores obreros no contaminados por la corrupción del liderazgo peronista y las nuevas generaciones, ambos comprendidos en las 30.000 víctimas del genocidio.

No sé si este documento atribuido al agente Ríos fue redactado por Trías, pero creo que, a la luz de lo que se podía saber en los momentos iniciales del proceso militar, es ilegítimo extraer conclusiones condenatorias para su autor. Creo que, dada la problemática instalada en torno a este asunto, muchas voces deberían incorporarse al análisis y a la crítica para reducir el espacio del uso interesado de los documentos que vayan surgiendo. Somos muchos los que conocimos a Trías en alguno de los diversos frentes de su actuación pública: el político, el de la lucha ideológica, el de la producción intelectual y el de la docencia. Sabemos de la entereza y la pasión que ponía en todas sus acciones. Muchos testimonios pueden construir un muro de contención contra la manipulación interesada de la obra y el pensamiento de un actor destacado de nuestro pasado reciente. Además, sería una buena forma de rescatar fuentes para nuestra historia.

Notas

(1). Carta a Daniel González, redactor responsable de Nueva Sociedad, 19 de junio de 1980 (inédita). Gentileza de la Fundación Vivian Trías.

(2). https://stbnobrasil.com/pt/viviantrias-o-maior-agente-da-stb-naamerica-latin

(3). Stepan, Alfred (1974). Brasil, los militares y la política. Buenos Aires: Amorrortu.

(4). Cafiero, en la previa al golpe de Estado, se refirió a Videla casi en los mismos términos: “Jorge Rafael Videla, de quien recibo información de que era apolítico, un hombre absolutamente profesional y que de ninguna manera podría encabezar un golpe”.

(5). Romero, Luis Alberto (1994). Breve historia contemporánea de la Argentina. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. p. 282.

(6). Canelo, Paula (2008). El proceso en su laberinto. La interna militar de Videla. Buenos Aires: Prometeo.

(7). Rouquié, Alain (1978). Pouvoir militaire et société politique en Republique Argentine. París: Presses de la Fondation Nationale des Sciences Politiques. p. 657. López, Ernesto, “Doctrinas militares en Argentina. 1932.1980”, en Moneta, López y Romero (1985). La reforma militar. Buenos Aires: Legasa.

(8). En Perú, el sesgo de la nueva doctrina militar contrainsurgente que aconsejaba tener en cuenta el caldo de cultivo social de la subversión llegó a sus máximas consecuencias, inspirando las reformas extensas llevadas a cabo por el gobierno de Juan Velasco Alvarado. Desde fines de los 60 abundaba la literatura sobre esta experiencia. Ver, entre otros: Villanueva, Víctor (1969). ¿Nueva mentalidad militar en el Perú? Lima: Juan Mejía Baca, Lima. También Velasco Alvarado, Gral. Juan Vicente (1973). La revolución peruana. Buenos Aires: Eudeba.

(9). Romero, Luis Alberto. Op. cit. p. 291-293.