La noción de imperialismo: vigencia y debates

El concepto de imperialismo es central para los principios, valores y definiciones de la izquierda. Movimientos y partidos de izquierda en distintas partes del mundo, entre ellos el Frente Amplio, se definen como “antiimperialistas”. ¿Cuál es la vigencia y pertinencia de esta definición? ¿Qué aspectos del concepto se mantienen y cuáles han cambiado en las últimas décadas? Esta será la discusión de Dínamo este mes.

*** Durante el siglo transcurrido desde la publicación del trabajo de Lenin El imperialismo, fase superior del capitalismo, han ocurrido cambios trascendentes. Sus pronósticos se cumplieron sólo en parte; la agonía del imperialismo ya lleva más de un siglo, la revolución socialista no se produjo y las fuerzas productivas no se estancaron. Pero sigue vigente el imperialismo como sistema de relaciones de dominación y explotación de un reducido grupo de potencias, entre las que el gobierno de Estados Unidos y el capital financiero tienen la hegemonía sobre los demás países en los que reside la mayor parte de la población mundial.

El origen y las permanencias

Lenin consideró al imperialismo un sistema universal de opresión y de explotación de la inmensa mayoría de la población del planeta, de un número cada vez mayor de naciones pequeñas o débiles, por un puñado de naciones riquísimas o muy fuertes. Además de los países coloniales y sus colonias, distinguió un tercer grupo: “formas variadas de países dependientes, políticamente independientes, desde un punto de vista formal, pero, en realidad, envueltos por las redes de la dependencia financiera y diplomática”.

Daniel Olesker [analizó la vigencia de las características del imperialismo (http://ladiaria.com.uy/AM6Q "") identificadas por Lenin así como los cambios que resultaron del desarrollo desigual y combinado de los últimos 20 años, como el aumento de la desigualdad y el surgimiento del capital digital. Concluyó que la dependencia se concentra en la tecnología y la innovación, base sobre la que se organiza la dependencia comercial y financiera.

El papel del capital financiero, su expansión y su ascenso justifican un mayor análisis, comenzando por la creación de los organismos “multilaterales” de crédito (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional –FMI–). Finalizada la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos impuso el dólar como medio de pago internacional y su control sobre estos organismos. El requerimiento de una mayoría de 85% de derechos de voto para tomar decisiones, dado que es el único que tiene más de 15% de estos derechos, le asigna capacidad de veto.

Para el Comité por la Abolición de la Deuda del Tercer Mundo (CADTM), la condicionalidad permite al FMI ejercer un rígido control sobre la política económica de los países, interrumpiendo el desembolso de los préstamos cuando no se cumplen las metas comprometidas. La necesidad de un país de contar con un programa para acceder a los recursos financieros se traduce en una imposición de políticas.

El aumento del poder del capital financiero continuó en los años 80 con la liberalización de los movimientos de capitales, de las tasas de interés, y con el desarrollo de nuevos mercados como los de deuda pública. En la década de los 90 se desregularon los mercados de acciones, se potenciaron las operaciones en los mercados cambiarios, de los productos derivados y de los mercados de obligaciones.

Los estados nacionales que implementaron políticas neoliberales desplegaron una intensa actividad, ejercieron un fuerte control de las políticas monetaria y fiscal, emitieron deuda pública, incidieron sobre el nivel de las tasas de interés, reformaron las instituciones promoviendo la autonomía de los bancos centrales, y en las crisis, compraron a los bancos las carteras incobrables.

Los cambios y sus impactos

Al comienzo del siglo XXI se destacan, entre los cambios en el capitalismo, la financiarización como una situación en la que el capital financiero dirige el proceso de acumulación, la globalización entendida como la formación de un mercado mundial de transacciones comerciales y financieras, el nuevo papel de las guerras y el mayor poder de los medios de comunicación. La Unión Soviética retornó al capitalismo y se redujo la propiedad estatal de los medios de producción en los demás países socialistas. El imperialismo se mantiene como un sistema de dominación política, militar, ideológica y económica.

La guerra se transformó en un negocio, se construyó un complejo militar industrial que la promueve, y el poder de las armas derivó en un cambio en la lucha por el reparto del mundo mediante guerras locales y regionales. La carrera armamentista fue un estímulo para el desarrollo de las fuerzas productivas, y como resultado de las investigaciones promovidas por el ejército de Estados Unidos surgieron desde internet hasta el GPS.

El desarrollo de las tecnologías de la información y las comunicaciones potenciaron el poder de los medios de comunicación de masas como instrumento de dominación. El oligopolio bajo el control de Estados Unidos es fundamental para imponer la visión del mundo y los valores de las clases dominantes. En el ranking de corporaciones de 2017, las nueve primeras son de Estados Unidos; de ellas, las cuatro primeras son tecnológicas (Apple, Google, Microsoft y Amazon), en quinto lugar se ubica Berkshire Hathaway, una compañía de intermediación financiera, en el sexto Facebook y luego siguen petróleo, intermediación financiera, farmacéutica y, en décimo lugar, una empresa china de tecnología digital, Tencent. Estas tecnologías también contribuyeron a aumentar el poder del capital financiero, facilitando su desplazamiento en forma instantánea, lo que por una parte permite altas ganancias especulativas y por otra desencadena crisis.

Gabriel Delacoste destacó las múltiples manifestaciones del imperialismo a principios del siglo XXI, como las guerras; el dominio sobre la ciencia, la tecnología, la cultura de masas y las redes sociales; la formación de las tecnocracias, la circulación de los intelectuales; las intervenciones de Estados Unidos en América Latina.

El capital financiero dirige el proceso de acumulación por su mayor poder económico y político. Los sistemas financieros incorporaron nuevas instituciones y mercados que relativizan el papel de la banca, los sistemas nacionales quedaron totalmente interconectados y jerarquizados. Las transacciones financieras aumentaron mucho más que la actividad comercial y productiva; el crédito tuvo una gran expansión y aumentó significativamente la importancia relativa de los ingresos financieros en el ingreso nacional.

Surgieron las agencias calificadoras de riesgo, empresas que cobran por evaluar las emisiones de deuda de gobiernos o de empresas, informando a sus clientes propietarios de capital financiero qué emisiones vale la pena comprar. Los evaluados aspiran a alcanzar la categoría de grado inversor (investment grade), que indica que el riesgo de incumplimiento de pago es bajo. En los países dependientes la evaluación finaliza con recomendaciones de medidas que aseguren la recuperación del capital invertido y la rentabilidad. Las críticas obligan a los estados a pagar mayores intereses y pueden implicar la pérdida de potenciales compradores de sus emisiones de títulos de deuda, ya que algunas instituciones sólo compran los que tienen la mejor calificación.

La calificación de las empresas transnacionales se convirtió en un negocio de alta rentabilidad, y para lograr más clientes, las evaluaciones fueron perdiendo rigor rápidamente. En la crisis iniciada en 2006 en Estados Unidos, las calificaciones eran excelentes, lo que derivó en juicios por fraude del Departamento de Justicia de Estados Unidos a la agencia Standard & Poor’s (S&P).

El poder de las calificadoras fue creciendo a medida que aumentaba la colocación de deuda a acreedores privados, desplazando a los préstamos del FMI y del Banco Mundial. El CADTM estimó que 41% de la deuda de los países del tercer mundo y 50% de la de América Latina fue contraída colocando valores públicos con una previa evaluación de las agencias calificadoras.

Comentarios finales, hipótesis e interrogantes

Es impactante el aumento de la importancia de China en la economía mundial, y para América Latina en particular. ¿Qué papel juega China? Las respuestas son contradictorias. ¿Es una nueva potencia imperial, es un jugador más en el mercado mundial o refleja la política de un capitalismo de Estado? ¿Pone límites a la expansión de Estados Unidos? ¿Es un socio con el que se puede negociar políticamente las relaciones económicas? China se convirtió en la economía con mayor Producto Interno Bruto (PIB), a pesar de su bajo PIB por habitante, y representa aproximadamente 16,5% del PIB mundial. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (2018) informó que en 2017 recibió 136.320 millones de dólares de inversión extranjera directa (IED) y se convirtió en el segundo mayor receptor del mundo después de Estados Unidos; el aumento de las salidas de IED ha sido aun mayor, fueron 196.149 millones de dólares en 2016 y 124.630 millones en 2017, ubicándose como el tercer exportador de capital del mundo.

Transcurrió un siglo desde la publicación del artículo de Lenin. Se procesaron múltiples cambios en el mundo, pero no perdió vigencia el imperialismo como sistema de relaciones internacionales de dominación, económicas, políticas, militares y culturales. La dominación se ejerce utilizando distintos mecanismos que limitan la capacidad de decisión de los gobiernos de los países dependientes. Se destacan las condiciones que imponen los organismos “multilaterales” de créditos y las empresas calificadoras de riesgo, las empresas consultoras locales que asesoran a los inversionistas y les dan carácter “científico” a las propuestas que defienden sus intereses, y el oligopolio de medios de comunicación que las difunde hasta convertirlas en verdades incuestionables.

La hegemonía militar de Estados Unidos se acompaña con una nueva cultura, ideología o sistema de valores, así como el surgimiento de manifestaciones de resistencia que escapan al control (movimientos islámicos, narcotráfico, violencia social, migraciones de las regiones castigadas por la pobreza o por las guerras hacia las potencias hegemónicas). La tortura, que era una práctica vergonzante que se ocultaba y se negaba, actualmente se reivindica; Estados Unidos secuestra, tortura y asesina en cualquier lugar del mundo, sin generar repudio ni acciones consecuentes del resto de los países. La condicionalidad de los organismos financieros hace 30 años era una práctica secreta, cuestionada como un recorte de la soberanía de los países deudores, mientras que actualmente es pública y aceptada. La victoria ideológica se manifiesta también en la imposición de los valores que contribuyen al funcionamiento del capitalismo y al dominio del capital, como el individualismo y el consumismo.

Olesker destacó cuatro medidas del gobierno del Frente Amplio como ejemplos de decisiones autónomas o de desconexión, según la categoría de Samir Amin. Delacoste presentó una larga lista de decisiones pendientes y un camino a recorrer. La polémica está implícita y es posible agregar interrogantes.

En una sociedad capitalista dependiente como la uruguaya, ¿es inevitable respetar al capital, porque de sus decisiones dependen los niveles de inversión y de empleo?, ¿hay margen para decisiones autónomas del gobierno?, ¿es posible utilizar los márgenes disponibles para erosionar el poder del capital progresivamente si se aspira a construir una sociedad sin dominación ni explotación?, ¿la desmercantilización de actividades contribuye a atenuar la dependencia?, ¿cómo se construye el actor social que impulse la lucha por la superación de la dependencia?

Jorge Notaro es economista.