La noción de imperialismo: vigencia y debates

El concepto de imperialismo es central para los principios, valores y definiciones de la izquierda. Movimientos y partidos de izquierda en distintas partes del mundo, entre ellos el Frente Amplio, se definen como “antiimperialistas”. ¿Cuál es la vigencia y pertinencia de esta definición? ¿Qué aspectos del concepto se mantienen y cuáles han cambiado en las últimas décadas? Esta será la discusión de Dínamo este mes.

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En un mundo que asistía al fin de la Guerra Fría y del orden bipolar, el concepto de imperialismo perdió centralidad en el análisis de la política internacional y en el debate político. En las carreras de Relaciones Internacionales, la incidencia de la teoría de la globalización, expuesta en las obras de Anthony Giddens y de Michael Hardt y Antonio Negri, y el interés focalizado en procesos de interacción transnacional, contribuyeron al cambio de prioridades en la investigación. Este hecho se relaciona, en el ámbito público, con las expectativas en una era de paz que proclamaba la obra de Francis Fukuyama, publicada en 1992: el fin de la historia entendida como lucha de ideologías y la afirmación universal de la democracia liberal como sistema político. La crisis de 2008 acabó con esas esperanzas, y el público lector volvió sus ojos hacia otra literatura: en 2009 la prensa registraba un récord de ventas de El capital en Europa, y la discusión sobre imperialismo incorporaba nuevos temas.

Cuando en 1902 John A Hobson publicó su ensayo Imperialism: A Study estaba principalmente preocupado por el riesgo que corrían las libertades conquistadas con la “gloriosa revolución” de 1688. Su propósito era consolidar el liberalismo por medio de un programa de reformas sociales dentro del propio sistema capitalista. Su análisis de la expansión del Imperio Británico desde la década de 1880 indicaba que el enorme incremento de las inversiones británicas en territorios coloniales era consecuencia de los intereses del sector financiero en operaciones más lucrativas que compensaran la caída de los rendimientos del capital en su propio país. La insuficiente demanda originada en el mercado interno sería la causa del desplazamiento de las inversiones hacia el exterior y del deterioro en el bienestar de los ciudadanos.

En los años siguientes a esa publicación, la producción teórica marxista sobre imperialismo creció con las obras de Rudold Hilferding, El capital financiero (1912), Rosa Luxemburgo, La acumulación de capital (1913), Nikolái Bujarin, La economía mundial y el imperialismo (1915) y Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916). Aunque esta literatura debe ser revisada teniendo en cuenta los cambios enormes que ha experimentado la economía mundial con la revolución en tecnologías de la información y las comunicaciones y la internacionalización del capital, las premisas básicas conservan aún validez.

El libro de Rosa Luxemburgo definía el imperialismo como la expresión política del proceso de acumulación de capital por medio de la conquista del mundo no capitalista. Una competencia crecientemente violenta entre economías capitalistas por el dominio en los países no capitalistas aumentaba las contradicciones entre países competidores y de esta manera erosionaba los fundamentos de la acumulación de capital. Por su parte, Bujarin advertía que hacía ya mucho tiempo que las economías nacionales habían dejado de ser unidades cerradas para formar parte de una economía mundial: por consiguiente, para considerar la cuestión del imperialismo era preciso entender el funcionamiento de esa economía mundial. Finalmente, el texto de Lenin, partiendo de una lectura crítica de la tesis de Luxemburgo, retomaba el argumento de Hilferding y lo incorporaba en su ley del desarrollo desigual del capitalismo.

Hilferding había anotado que la creciente interdependencia y la reducción de los márgenes de la competencia habían preparado la transición hacia una economía mundial caracterizada por la afirmación del capital financiero, organizado en sociedades por acciones y bancos, y caracterizado por el continuo avance hacia la concentración de empresas y bancos y la cartelización de la industria. En el capítulo XIII de su obra1 Hilferding analiza la transformación del capital en capital financiero como resultado de una convergencia de tres procesos anteriores: la cartelización de la industria, que eliminaba los riesgos de la competencia, la creación de zonas de inversión y la creciente dependencia de la industria respecto de los bancos. Los resultados de esa convergencia eran mayor seguridad para el capital invertido en las empresas y mayor ganancia para los inversores por efecto del alza de las cotizaciones de las acciones: “Llamo capital financiero al capital bancario, esto es, el capital en forma de dinero, que de este modo se transforma realmente en capital industrial”. La dependencia de la industria respecto de los bancos sería una consecuencia del capital financiero y la unificación en este del capital industrial, comercial y bancario bajo la dirección de la alta finanza. En consecuencia, los acuerdos internacionales tendrían carácter de armisticios entre rivales más que representar una comunidad de intereses permanentes, y el Estado actuaría al servicio de la supresión de las relaciones sociales que contradijeran la expansión del capital en otros continentes.

La vigencia del análisis de Hilferding para la comprensión del imperialismo y de los dilemas que enfrenta la inserción de América Latina en la economía mundial se advierte en tres direcciones desarrolladas en su obra: la creciente financierización que se expande en el sistema económico mundial y altera su composición en términos de mercados, productos y agentes protagonistas, la creación de zonas de inversión y exportación de capitales, y la presión para la reformulación del sistema de normas, un tema central en las actuales negociaciones de acuerdos de libre comercio e inversiones, en particular en relación con la propiedad intelectual y el régimen de compras estatales. El escenario previsible de la confrontación de intereses sería la inestabilidad y la competencia entre estados capitalistas desarrollados frente a la resistencia de los pueblos “que despiertan a la conciencia nacional contra los intrusos”: “Esto lleva a conflictos cada vez más agudos entre los Estados capitalistas desarrollados y los poderes estatales de las regiones atrasadas, a intentos cada vez más apremiantes de imponer a estas regiones las normas jurídicas correspondientes al capitalismo, bien respetando o destruyendo los poderes que había hasta entonces. Al mismo tiempo, la competencia por las zonas recién abiertas de inversión lleva consigo nuevas contradicciones y conflictos entre los Estados capitalistas desarrollados”.2

Las teorías del imperialismo elaboradas desde el pensamiento geopolítico se fundamentan en hipótesis de condicionamientos geográficos sobre la política y la estrategia, y por esa razón buena parte de esta literatura ha sido la obra de actores responsables de departamentos de seguridad y defensa, desde Sun Tzu (722-481 a.C.), consejero del emperador de China y autor de El arte de la guerra, hasta el almirante Alfred Thayer Mahan,3 cuyos análisis sobre poderío naval, Hawái y el istmo de Panamá fueron determinantes en las decisiones respecto de la construcción del canal interoceánico, la expansión en el Pacífico y territorios insulares en el Caribe, un mar al que Mahan asignaba la misma importancia que la que el Mediterráneo había tenido para el Imperio Romano.

En América Latina, la discusión teórica sobe imperialismo surge de los desarrollos y aplicaciones de la teoría de la dependencia expuesta en las obras de Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto, Celso Furtado, André Gunder Frank, Rui Mauro Marini y Teothônio dos Santos. Esta literatura discute las condiciones específicas de la inserción de América Latina en la economía mundial, aunque sin incorporar al análisis el componente normativo de la dependencia identificado por Hilferding. La obra de Dos Santos explora el vínculo entre imperialismo y dependencia en un estudio que enmarca la dependencia económica de América Latina en el análisis de un sistema internacional caracterizado por la crisis de hegemonía de Estados Unidos.4 Los caracteres que singularizan esa nueva etapa de la dependencia latinoamericana son, según Dos Santos, el desarrollo de la concentración, la cartelización e internacionalización del capital por parte de las empresas multinacionales y transnacionales, y la red de poderes militares. Su análisis se focaliza en las formas de dependencia tecnológica e industrial, en las relaciones de poder entre las estructuras dependientes, en los patrones del desarrollo dependiente y en los conflictos sociales originados en el programa neoliberal.

La transición al tercer milenio enfrentó a los países latinoamericanos con nuevos escenarios: por una parte, la sustitución del orden bipolar propio de la Guerra Fría por una nueva configuración del sistema internacional caracterizada por la unipolaridad estratégica en términos de capacidad armamentística, logística y de poderío nuclear, que, sin embargo, no excluye la acción de algunos desafiantes esporádicos (como Kim Jong-un) diplomáticamente reconducidos a la “normalidad”; por otra parte, la multipolaridad en las relaciones económicas internacionales con creciente liderazgo de las economías asiáticas y la transnacionalización de los flujos comerciales, financieros y de inversión. La creación de centros de estudio e investigación en geopolítica y seguridad en México, Brasil, Chile y Argentina responde a preocupaciones de orden estratégico y de seguridad en el marco de un contexto internacional bajo amenaza.

En un sentido diferente, el aumento y la diversificación de la cooperación sur-sur y la concertación de posiciones comunes en procesos de negociaciones internacionales, como fue el caso de la formación, en 2003, del grupo de 20 países sobre el tema del comercio de bienes agrícolas en la ronda de Doha de la Organización Mundial del Comercio (OMC), son ejemplos de respuestas del mundo en desarrollo a los desafíos de la economía internacional. A su vez, el avance de la integración hacia la creación de regímenes regionales para la solución pacífica de conflictos contribuye a la estabilidad y la gobernanza de la región.

La era de las políticas sociales dirigidas a revertir el rezago generado por las políticas del “Estado mínimo” en países del Mercosur operó en el sentido de una renovada presencia del Estado en políticas de salud y educación: en ese ámbito Brasil llevó la delantera con una espectacular expansión del sistema de enseñanza universitaria con base en programas de becas e intercambios, fortalecimiento de la educación primaria y ampliación de los servicios de salud estatales con recursos recibidos de la cooperación internacional (programa Mais Médicos, con apoyo de médicos cubanos) y políticas de vivienda (Minha Casa, Minha Vida).

Estas consideraciones demuestran la validez del estudio de los aportes de la teoría del imperialismo para la comprensión de procesos de la realidad mundial del presente, más allá de los cambios que el avance de la tecnología ha introducido en los procesos de la economía mundial y en la investigación científica. En un contexto marcado por la desigualdad en términos de poder entre estados miembros del sistema internacional, cobra relevancia la cooperación y la concertación de posiciones entre países no centrales para la defensa de sus intereses comunes y el fortalecimiento de la integración regional como medio para incrementar la incidencia en los foros internacionales.

Isabel Clemente es doctora en Historia y docente de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República.


  1. Hilferding, Rudolf (1985). El capital financiero. Madrid: Tecnos. pp. 225-249. 

  2. Hilferding, op. cit. p. 356. 

  3. Mahan, Alfred T (2000). El interés de Estados Unidos de América en el poderío marítimo. Presente y futuro. San Andrés: Universidad Nacional de Colombia, Sede San Andrés. 

  4. Dos Santos, Theotônio (2011). Imperialismo y dependencia. Caracas: Fundación Biblioteca Ayacucho.