La ciencia ficción china pasa por un auge insospechado desde hace poco tiempo. Uno de los protagonistas de esta renovación del género, Chen Qiufan, pasó por Montevideo y San José como parte de una gira previa a la publicación de su primera novela en inglés y en español el próximo año.

En el principio –en el big bang– está la Trilogía de los tres cuerpos, de Liu Cixin. Las novelas de esta épica cósmica, que arranca con una científica resentida con la Revolución Cultural, convoca una invasión alienígena y termina con el fin del universo, comenzaron a salir en 2007 y se volvieron un éxito de público y crítica en China, donde sucesivamente fueron quedándose con cuanto premio de ciencia ficción hubiera. En 2015 el primer tomo, El problema de los tres cuerpos, conquistó el Hugo –tal vez el galardón más importante del género a nivel internacional– y desde allí se expandió al mundo; en estos días se prepara su adaptación al cine. En 2016, el Hugo a mejor novela corta fue para Entre los pliegues de Beijing, de Hao Jingfang, y se confirmó que, definitivamente, algo pasaba con la ciencia ficción en China.

Otra figura clave en esta historia de cruce cultural es Ken Liu, programador, abogado, investigador literario y escritor (en nuestra revista Lento se puede leer su cuento “La última semilla”). Este hombre nacido en China y emigrado muy joven a Estados Unidos fue el traductor al inglés de Liu Cixin y Hao Jingfang. Además, es el antólogo de Planetas invisibles –publicada en español por Alianza pero aún no disponible en nuestro país–, una colección de ciencia ficción china contemporánea que incluye dos magistrales relatos de Liu Cixin, la nouvelle premiada de Hao, y autores más jóvenes, como Xia Jia, Ma Boyong, Tang Fei, Cheng Jinbbo.

Quien abre la compilación es Chen Qiufan, alguien decisivo en esta invasión de la ciencia ficción: fue quien detectó y contactó a Ken Liu, aunque lo admita con modestia. Nacido en Shantou en 1981, se formó en arte, pero terminó trabajando para grandes compañías de tecnología y ahora dirige su propia startup. Paralelamente, ha escrito una serie de relatos y una primera novela en la que cuestiona el rumbo que parecen tomar el avance científico y la agresividad del capitalismo. “Aunque le ha ido bien como libro, no creo que pueda llevarse al cine en China, porque es un medio masivo”, lamenta, pero se entusiasma al hablar de una serie al estilo de Black Mirror que está guionando.

Chen estuvo en Uruguay invitado por el Instituto Confucio para dar una conferencia en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (Udelar), así como para realizar una serie de actividades en la Feria Internacional del Libro de San José.

Se solía decir que la ciencia ficción sólo podía surgir en sociedades altamente industrializadas. Tiene su lógica, entonces, que en China, tan comprometida con el desarrollo tecnológico, haya un boom de la ciencia ficción.

Es importante: la modernización en China comenzó hace relativamente poco, después de la Revolución Cultural, y en los últimos 20 años se ha puesto el énfasis en la tecnología. Además, está la importancia que el país ha ganado en la escena internacional. Todos miran la situación de China hoy en política, economía, asuntos militares y culturales. Antes, en Occidente se sabía de China por las películas de kung-fu, los osos panda, la Gran Muralla, ese tipo de cosas antiguas. Pero ahora se sabe que China también piensa en el futuro. Hay mucha gente trabajando en tecnología de punta, inteligencia artificial, física cuántica, big data, autos sin conductor, ingeniería genética. Estamos a la cabeza en esas áreas. Entonces, la forma en que China se imagina el futuro produce mucha curiosidad en Occidente: cómo se concibe la relación entre la tecnología y los seres humanos. Y eso se traduce en un interés en la ciencia ficción china, incluso a nivel académico.

También es una historia de gente. Ken Liu, el traductor al inglés de la mayoría de los autores de ciencia ficción china, es un puente cultural.

Tenemos mucha suerte de que él exista. Si no fuera por él, tal vez la ciencia ficción china no estaría expandiéndose como lo hizo a partir de El problema de los tres cuerpos. Ken Liu es un caso especial, porque es hablante nativo tanto de inglés como de chino. Además, estudió literatura en Harvard, pero su formación también incluye informática, y él mismo es un escritor de ciencia ficción y fantasía. Es la persona perfecta para traducir nuestra obra.

Otro escritor importante es Liu Cixin, el autor de El problema de los tres cuerpos; antes de ganar el Hugo, sus novelas ya habían sido un fenómeno en China.

Fue muy importante para los autores y lectores chinos de ciencia ficción. El último tomo de la trilogía apareció en 2012 y muchos líderes de opinión, así como gerentes de startups, gente de los medios, de las redes, gente influyente, empezaron a prestarle atención a la ciencia ficción. Y después sí, vino Ken Liu.

Tu caso también parece ser el de alguien que vive entre diferentes culturas. Estudiaste literatura y cine, pero trabajaste en compañías de tecnología.

Sí, trabajé diez años para Baidu. También había trabajado para Google antes de que se fueran de China. Y ahora dirijo mi propia startup. Pero sí, tengo formaciones diferentes. Es algo bastante común en los escritores de ciencia ficción china de hoy: hay gente que viene de la física, de la economía, de la ingeniería.

También creciste entre dos mundos, al haber nacido en una ciudad que tenía un régimen especial por estar cerca de Hong Kong, todavía bajo mandato británico.

Sí, de niño miré muchísimas películas de ciencia ficción, leí muchos manga, anime, Star Trek, Star Wars, Akira, Ghost in the Shell, ese tipo de cosas. Además, en la televisión pasaban películas todos los días, creo que ilegalmente, así que vi Alien, Robocop, ET, Jurassic Park, todo eso.

¿Era un privilegio de esa parte de China?

Tal vez tuvieran algo parecido en otras partes, pero no creo que tan inmediatamente como nosotros. En mi ciudad estábamos casi al día con Estados Unidos.

Tu cuento “La flor de Shazui” se sitúa en ese ambiente. Se trata de una ciudad dividida con una parte desarrollada, tipo Hong Kong, y una periferia muy precaria. ¿Es un comentario o una metáfora sobre la situación de clases?

No es una metáfora, es la realidad. Es donde crecí y donde vi cómo se trasformaba todo. Todo estaba allí: la tecnología de punta, la tecnología basura, asuntos ilegales, gente que vive en el futuro. Todo ocurre simultáneamente. Es muy posmoderno.

Así que estás de acuerdo con William Gibson en que el futuro ya llegó, pero...

...no está bien distribuido. Sí, esa frase se cita a menudo en China, porque es nuestra realidad.

En un momento Gibson decía que ya no era posible escribir sobre el futuro, dado el avance tecnológico.

Él también encontró un camino entre la ciencia ficción y el realismo, con la trilogía de Blue Ant. Pero tal vez él haya vivido demasiado tiempo en Canadá. Tendría que ir a China a buscar inspiración... Es un lugar asombroso, porque hay mucha tecnología en conexión con la magia, con la religión.

Uno de tus cuentos, “Coming of the Light”, habla de eso, de la mezcla entre religión y budismo.

Sí, tiene que ver con una startup. Y ahora se está adaptando a cómic, con un ilustrador italiano.

En uno de tus ensayos hablás de que tu generación, la de los nacidos en los 80, también está entre el mundo tradicional y este presente de avanzada. ¿Cómo se vive eso?

Nacimos cuando todavía regía la política de un hijo por familia. Fuimos niños solitarios. Pasamos la niñez leyendo, jugando videojuegos solos. En algunos casos nos costaba relacionarnos con los demás. Tal vez por eso muchos vivimos en un mundo imaginario, sea el de la ciencia ficción o lo kung fu o lo romántico, cosas así.

¿Te parece que esas generaciones de hijos únicos desarrollaron una mayor tendencia al individualismo?

Creo que sí, porque la tradición china es colectivista, pero en nuestro caso se favorecían el pensamiento y el comportamiento individual. Así que creo que ahí empieza una división en nuestra sociedad. Es muy conflictivo, porque la sociedad trata de mantener el colectivismo... Yo tuve que pasar por un mes de entrenamiento militar cuando entré a la universidad, y creo que todavía es así. Y ahí te enseñan a no rebelarte, a no pensarte como alguien único. Pero para nosotros, cada cual tiene su propia voz y cada perspectiva es importante. Ese es un conflicto hoy.

En tu cuento “El año de la rata”, ambientado en un futuro cercano, los estudiantes de humanidades y ciencias blandas son reclutados, por falta de trabajo, para eliminar roedores. Son lo que siguieron carreras, digamos, más vocacionales.

Al final se dan cuenta de que son como las ratas, de que eran piezas de un ajedrez que jugaban otros, y de que en realidad no tenían voluntad propia.

Me gusta mucho ese cuento, porque tiene una estructura clásica, compleja: hay una historia al frente, la de los reclutas, hay una historia amorosa lateral, y por detrás un asunto político. Y la resolución es abrupta, pero no es lineal.

Sí, estaba pensando en [Albert] Camus y en su novela La peste [1947]. Muchos lectores me han escrito preguntándome por el significado del final. Les contesto que todo lo que quería decir está en el cuento.

En ese cuento también se ven algunas ansiedades de desarrollo, por así decirlo. Hay una especie de queja porque China todavía sólo es la fábrica del mundo.

Lo escribí hace casi diez años. Creo que todavía estamos en esa etapa, pero se intenta salir de ella con mucha fuerza. La actual guerra comercial con Estados Unidos es un indicador. Ambos lados están luchando por el liderazgo mundial en tecnología, economía, política. Siempre habrá conflictos y negociaciones.

Pero a diferencia de en ese cuento, en la realidad no hay una “Alianza Occidental”. De hecho, Estados Unidos parece en decadencia, mientras que China está resurgiendo. ¿Veremos un nuevo tipo de ciencia ficción a partir de esto?

Creo que sí. De hecho, mi próxima novela estará ambientada en el área de la bahía que forman Hong Kong, Macao y la provincia de Guandong, que será el nuevo centro tecnológico mundial, el nuevo Silicon Valley.

Tu última novela, Waste Tide (Marea de desperdicios) tiene como ambiente un lugar real, una pequeña ciudad donde se reciclan desechos electrónicos provenientes de todo el mundo, y se hace manualmente, en enormes basureros. ¿Cómo surgió la idea?

En realidad fue en una cena con amigos de mi ciudad natal. Uno de mis ex compañeros de secundaria contó que trabajaba para una empresa recicladora en Guandong y me contó de este lugar. Me impresionó mucho, porque además estaba muy cerca de donde nací. Empecé a investigar, conseguí documentos, visité el lugar, hice trabajo de campo. Me pareció que valía la pena contar la historia, sobre todo por los que trabajan allí. Así que no es pura ciencia ficción, sino también no ficción.

Sobre eso, imaginaste a una cyborg.

Tenía que encontrar una solución imaginaria, alguien que liderara una revolución contra la jerarquía de esta pequeña isla. Pero claro, luego habría que reconstruir y mantener el equilibrio entre los intereses locales, las compañías occidentales, los trabajadores. Esa es la realidad de China, así que no pude darle un final feliz.

En la introducción de Planetas invisibles Ken Liu pide que no tratemos de deducir mucho de lo que pasa en China a partir de los cuentos que reunió. Sin embargo, no podemos evitarlo. ¿Dirías que se ve una preocupación por la democratización?

Creo que es muy complicado, porque la población de China es muy grande y los desequilibrios en su desarrollo también. Se tiene que considerar de manera muy cuidadosa. Yo me limito a describir lo que observo, y a veces, a darles un destino a mis personajes. Escribo relatos, pero no conclusiones. Busco la reflexión de los lectores.

Creo que lo que hace a las historias de Planetas invisibles tan atractivas es que, como mucha buena ciencia ficción, tratan de preocupaciones universales. En uno de tus relatos, “El pez de Lijiang”, la percepción del tiempo está relacionada con la explotación laboral.

Es una realidad en China, porque mucha gente tiene turnos larguísimos y el transporte a casa puede llegar a ser de dos horas, debido al tráfico y el tamaño de las megaciudades, así que van a casa apenas a dormir y casi no tienen vida. Tampoco hay una metáfora ahí. La ciencia ficción, como dices, es universal. Mi cuento “El año de la rata” fue elegido como el mejor del año en una revista japonesa. Esa es la belleza de la ciencia ficción.