30 de octubre de 2017

¿Quién anda ahí? Es la pregunta que Hamlet hace a la oscuridad. El miedo es de fantasmas que arrastran la culpa y un destino de sangre y barro. ¿Quién habla? ¿De quién es esa voz que suena tan clara y seductora como la de un vampiro? De quién su fría mano acariciando el marco de una puerta entreabierta, jugando a no entrar, pero sin sacar la vista del haz de luz que significa. El rito cancela el tiempo en el poema, abre a la infancia suspendida en el presente, desde el brillo del recuerdo apretado como en una plegaria, como un jardín que crece en medio de la mesa, delicado y artificial. Y qué es este animal que vive y no vive, que desea inmóvil, que muerto conserva el calor del aliento, sino la escritura, sino la voz, sino esa niña eterna, esa grotesca mueca que no envejece. Y quién es el cazador, que sigue las huellas y abre el sentido del camino único que siempre conduce al hogar. Y quién es la presa, la palabra divina que se evapora sobre el recuerdo, que se funde en el fuego del pensamiento. Pero ese bicho no ve, es pieza espectral del museo de la carne. Cambia de nombres como de pieles, se va desplazando sobre la hoja como una pátina densa de tinta, provoca la mancha que dice cosas. Pero hay “cosas” que es mejor no oír, que es mejor no ver, sino dejar hundirse en el húmedo terreno de la indeterminación, perderse en las amplias habitaciones del castillo en donde habita la ignorancia como un monstruo vengador, calaveras y voces que interrumpen la cena y los años. Los platos, por eso, son sólo una señal de la vanidad, un anticipo de la comida reluciente y fresca que el infierno ofrece cuando condena. Lo pasado y hoy, la niñez y la juventud, el yo que se encoleriza y se cancela y sobrevive, todo parece una pregunta gritada en el vacío que dice No tres veces, como Pedro. Al final, cuando ya el crimen se ha cometido, la mentira lo cubre todo y luce tan brillante y despiadada como lo cierto.

Cazamos por segunda vez (y lo pusimos en la antiquísima asadera), uno de esos animales que están, al mismo tiempo, difuntos, vivos. Así, casi no es necesario violentarlos. Aún a través de las llamas, la carne sigue en pie; y la vida tiene un sabor extremo.

Para subrayar tal festival se junta la sangre en los vasos. Y la sangre está, también, muerta y viva, pretérita y ardiente. (En mitad de la mesa hay un jardín en flor, un predio con diminutas rosas, todas minuciosamente dibujadas y alumbradas. La decoración es acorde.)

Estos animales son ciegos, inocentes; creemos que se reproducen sin tocarse.

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Dijo: ‒Cazó una comadreja, y la puso en la olla; pero, ella nada con sus hijos, sobrevive. Y luego, cambiando, “Zarigüeya”. “Vulpeja”. Nombró “Un mono”.

Pedí: ‒Ah, no cuentes esas cosas.

Y me senté en la tierra. No recordaba dónde estaba. Pero el callejón se acomodó, el aire azul, oscuro, la tierra, de siempre, con palos y amatistas.

Intenté mirarme. Lo más grave era que no me acordaba de mí. ¿Cuántos años? ¿ocho? ¿treinta?

Al erguirme, hallé el camino hacia la casa porque era el único. Entré clamando: ‒¿¡Mataron a un animal!?

“No, no, no”, dijeron todos.

Miré a la mesa.

Y sólo había platitos de aceitunas, clavelillas confitadas, vino, hojas.

Este texto integra la selección de poesía uruguaya Los restos del naufragio, publicada por Pez en el Hielo, que se presentará el 12 de octubre, a las 20.00, en la Feria del Libro de Montevideo.