“Tanto libro, tanta película en la que todo se resuelve con amor, por amor. Donde el amor salva”, cuando, para la protagonista de Agosto (2009), acá, en el mundo real, “el amor no sólo no salva, sino que ni siquiera es suficiente”. Si esta es una novela del regreso, de un viaje al pasado que confronta al presente, De nuevo otra vez, la primera película de Romina Paula, vuelve a confirmar, como ya lo dijo alguien una vez, que la vida es uno mismo, y que uno mismo son los otros.

¿Qué sucede cuando ocupamos el lugar de la generación anterior, cuando nos toca asumir el rol de nuestros padres?, se preguntó Romina Paula. Como un ejercicio de supervivencia, y para que la maternidad no la aturdiera con el impacto de su evidencia, decidió dirigir y protagonizar su primera película y trabajar junto a su hijo y su madre, combinando elementos reales y de ficción, e incorporando una serie de diapositivas familiares que operan como leit motiv, reflexionando sobre distintos temas: el erotismo, la crisis de los 40, los vínculos, la mujer.

Después de que ganara el premio a mejor película iberoamericana en su último festival, Cinemateca estrenó De nuevo otra vez, y el nombre de Romina Paula volvió a resonar en Montevideo, donde ya se han versionado varias de sus obras, como la fascinante El tiempo todo entero, en la que reescribió El zoo de cristal (Tennessee Williams, 1945) y trazó una sugerente reflexión en torno al tiempo y el silencio, y la reveladora Algo de ruido hace, en la que se inspiró en el cuento “La intrusa”, de Jorge Luis Borges, para indagar el tenso reencuentro entre una prima y dos hermanos.

En esta película Romina vuelve a la casa de su madre, una bisnieta de alemanes que se empeña en mantener su lengua, e intenta retomar su vida anterior. A la vez, se proyecta un estado existencial que ya había sondeado en Agosto: vivir la crisis sin ansiedad, manteniendo a raya el vértigo de lo inminente, la necesidad de decidir y comprender.

Para vos la escritura siempre ha sido un espacio más de protección que de exposición. Pero ahora, al ver De nuevo otra vez me pregunto si algo de eso se ha modificado.

De alguna manera sí, aunque te escucho y suena casi absurdo o contradictorio. Hoy en día confirmo que la escritura, o en este caso el cine, es un lugar de protección. Porque al haber artificio estás protegido; y no porque lo que se narre sea mentira o verdad, sino porque creo que el medio es el mensaje. Poner una foto en bikini en Instagram no es lo mismo que filmarlo.

Por la mediación del contrato.

Sí, y también hay un procedimiento, un trabajo. No es una captura de alguien en su intimidad que se puede hacer en la calle, sino que se cuenta con un artificio, una decisión. Vos estás componiendo ese relato y no es una exposición gratuita ni ingenua.

Tanto en De nuevo... como en Agosto, que se acaba de adaptar al cine, las protagonistas postergan decisiones, vuelven a vincularse con el mundo del afecto, con su pasado adolescente, con esas otras vidas que no tuvieron. ¿Qué te interesa de ese quiebre del regreso?

Agosto es más melancólica porque vuelve a su lugar de origen, que es como si volviera en el tiempo y viera esas otras vidas que pudo haber tenido. Las dos coinciden en esto que decís, de una suspensión. Las dos viven un momento entre decisiones. Evidentemente, me gusta eso de un personaje que se encuentra en un momento de suspensión y de duda, más que en el momento en que toma una decisión, en el que ya, además, todas esas posibilidades que tenés abiertas se cancelan en una, que es la que elegiste. Me gusta algo de la gente en ese estado, porque creo que, cuando está dudando o en crisis, es una mejor versión de sí misma, sobre todo porque la gente cuando duda está más disponible. Y también porque me gusta compartir más preguntas que certezas, seguramente porque no tengo tantas, sobre todo en lo afectivo.

Foto: Ernesto Ryan
Foto: Ernesto Ryan

Es difícil conectar con alguien muy seguro de sí mismo.

Eso, hay algo blindado en la certeza, ¿no? Cuando alguien te permite un viso de duda decís “ah, quizás acá puedo entrar”. Te invita al diálogo. Hoy en día, la certeza no sólo está bien vista y se pide, sino que –lo que es peor, incluso– se la reclama con celeridad. Como que tenés que reaccionar a todo inmediatamente, y encima tenés que reaccionar a cosas que te llegan virtualmente y que no llegás a saber si son así o no, o si se trata de una opinión. Se demanda una opinión casi antes de que algo suceda. Me parece muy peligroso todo eso.

¿Por eso debutás con una película sobre la duda?

Sí, es antes del salto. Y, a diferencia de Agosto, no es melancólica. Es otro momento de la vida en el que ya no te podés permitir la melancolía. No se cuándo, pero es más hacia adelante.

Además, la palabra tiene un lugar central que determina los vínculos, los códigos compartidos.

La palabra me interesa naturalmente. Creo que en la película puede llegar a ser un problema: me di cuenta de que, a la hora de escribirla –y no sé si era porque venía del teatro o de la narrativa–, escribía una escena y había un diálogo, otra escena y otro diálogo. En todas las escenas hablaban, ¡pero era cine! Y había palabras, palabras, palabras. Pero es mi primera película y no quise combatirla. Como, además, esta era una película sobre mí, sobre mi madre y sobre mi hijo, decidí que fuera todo el combo; detoné la bomba autorreferencial. Lo último que escribí, de hecho, fueron los monólogos de los actores a cámara [cuando se proyectan las diapositivas], que además es medio ensayístico. Esta fue mi última decisión, así que evidentemente no quise rehuirle a la palabra. Parece un chiste que diga que no intenté alejarme de mí misma.

¿Qué posibilidades creés que te ofrece trabajar con tu familia, en contraste con el trabajo convencional con actores?

Sabía que quería filmar a mi madre y me pregunté si era necesario que yo interpretara ese personaje o era mejor buscar a una actriz que hablara alemán. Pero, sumando a un niño actor, ya se me iba a un nivel de ficción y de artificio que no me interesaba. Aunque suene contradictorio, era más fácil que yo también actuara. Para mí, dirigir esta película también era estar dentro de la situación, y eso me obligaba a delegar lo técnico. Sé que si hiciera otra película no actuaría. Esta tuvo ese material tan íntimo que no me quedó ni una pizca de ganas de volver a actuar.

¿Y las diapositivas? ¿Tenías algún fotógrafo en la familia? No es nada habitual esa mirada.

¿Viste? Mi abuelo no era fotógrafo, pero le gustaba sacar fotos. Y no era una persona particularmente sensible –era gimnasta y trabajaba en el comercio de lápices–, pero viste que, para la época, siendo de rollo y algo caro, no se trata de las típicas fotos del cumpleaños o la familia posando, sino de situaciones cotidianas o de viajes. Son muy lindas. Las tuve mucho tiempo en formato de diapositiva y siempre las había visto así, pero cuando las vi escaneadas me sorprendieron, así que imaginate lo que fue verlas en el cine. A su vez, tienen ese material fílmico que convive con el digital y le impone su presencia, su suciedad. Así, de repente, la película era muy sobre mi madre: en casi todas las fotos está ella de niña, está su familia, su casa; las fotos las sacó su papá. Por eso, finalmente, también es un retrato de mi madre y de modos de ser madre. Es un pasarse la posta de las circularidades.

También Romina se enfrenta a una encrucijada: ocupar o no el lugar de su madre, continuar o no esa herencia.

Sí, ahí se cortó la cadena. Seguramente Ramón [su hijo] me odie cuando sepa que antes entendía alemán.

¿Por qué esa insistencia en seguir hablando en alemán?

Me lo pregunto siempre. Los que vinieron fueron los bisabuelos de mi mamá, que es la más aferrada. Es un montón. En el caso de mi papá, eran sus padres, o sea que los alemanes están mucho más cerca, pero a ellos no les importaba tanto. La familia de mi madre no era muy lectora, pero les sucedía algo con esa lengua y no con Alemania.

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¿Y vos cómo te vinculás con ese universo bilingüe, con esa identidad móvil?

Mi madre siempre lo ligó a “un capital”, como que hablar alemán te serviría laboralmente. No sé si es una maldición, pero nunca me sirvió para nada. Eso de conseguir un mejor trabajo porque hablás otra lengua es muy de otra época, pero ella está muy indignada con que no lo continúe. A mí me da mucho alivio. Siento que ella eligió por mí el alemán, mientras que yo elegí el español. Uno nunca termina de conocer una lengua y su mundo metafórico, y siento que de chica vivía lo bilingüe pero se trataba de dos basicones. Y eso, sólo para comunicarme, no me interesa. Cuando empecé a estudiar Letras se me abrió otro universo. Disfruto de hablar en español con Ramón e ir en el colectivo y que él me hable fuerte y que la señora de al lado se meta en la conversación. Porque eso también te abre el mundo. Con mi mamá nos pasaba que íbamos a la plaza y ella nos gritaba en alemán mientras todos los demás niños nos miraban y las madres preguntaban: “¿De dónde son?”. Suena muy ingenuo, pero abrazo el español, la lengua en la que vivo, y decido compartirla y profundizarla.

Si en teatro decías que tu punto de partida era sentarte a escribir pensando en qué te gustaría ver, ¿De nuevo... mantiene la premisa?

No lo pensé de la misma manera porque me resultaba más difícil. En teatro tengo la fantasía de que cuando escribo ya me lo imagino en el escenario. O sea que no fue tan así, pero lo fue en el sentido de escribir y querer ver a los actores diciéndolo. Quería contar esas situaciones.

Que se pueden ver como la contracara del encierro de Algo de ruido hace y El tiempo todo entero, en las que se exploraba el universo familiar desde otro lado.

Sí, el cine versus el teatro. Esas dos son obras de living, de encierro. Pero Fauna [otra de sus obras, de 2013] ya es a la intemperie, emula un espacio abierto. Creo que se vuelve más universal cuando abrís, aunque, sin embargo, a la gente le gusta mucho la familia.

La crítica dice que ahora viraste hacia lo conceptual.

Sí, eso no le gusta a nadie. Estoy haciendo esas obras de “no entiendo nada”. La verdad que ahora me cuesta mucho creer en un personaje con un nombre y un apellido, con una biografía. Me da vergüenza. Lo puedo ver en obras de otros, pero no puedo hacerlas. Ahora te diría que más bien son entes que emiten ideas; el pensamiento puesto en las palabras y en el cuerpo. Es algo mucho menos lineal que una narración, que un cuento. Son ideas. Pero entiendo que lo abstracto y lo conceptual es más demandante.

Y menos anestesiante.

También. Y creo que en el teatro, en lo conceptual y lo abstracto siempre estás más cerca del fracaso. Es una línea muy delicada, pero cuando funciona es el mejor lenguaje posible.