Crecí con Videomatch. No sé si como muchos de mi generación –los nacidos a fines de los 80–, pero seguro como varios de mis amigos y compañeros de escuela. Fue el programa de humor omnipresente, allá en los lejanos 90, cuando sentarse en familia frente al televisor era un ritual, y el cable con varias decenas de canales (del 2 al 70, como decía el tema de Cursi), un lujo para unos pocos. De niño veía otras cosas destinadas a inspirar la risa, como Decalegrón, que siempre me gustó más que Plop, pero no me despertaban el mismo fanatismo que el programa argentino –además lo pasaban todos los días: ganaba por insistencia–. Porque en aquellos programas de humor vernáculos, que ya eran reencarnaciones desgastadas, había sketches más largos, cansinos, y eran pudorosos con la guarangada. En cambio, Videomatch daba rienda suelta al chiste fácil, el estereotipo burdo y la grosería infinita. Todo esto, comandado por el desgarbado Marcelo Tinelli, con su impronta bullera ítaloargentina que, para bien o para mal, atraía.

En la escuela nos sabíamos todos los latiguillos de Videomatch (“Osoooo”; “aquí, Pekerman”, “¿dónde vamo’?, derecho”; “la hecatombe, la debacle total...”, etcétera). Y yo, que siempre fui propenso a la obsesión, grababa cada programa en la típica videocasetera noventera que había en mi casa, negra y tamaño familiar; al otro día, mientras almorzaba, veía otra vez lo que más me había gustado. Hoy, gracias al canal de Telefé en Youtube, se puede repasar la mayoría de las cosas de Tinelli y compañía y, al hacerlo, no puedo dejar de sentirme... un idiota.

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Videomatch tenía muchos sketches y notas en la calle, pero, como se sabe, su producto estrella eran las cámaras sorpresa o cómplices, que a grandes rasgos se dividían por su tipo de víctima, que podía ser anónima o “famosa”. En su época se dudaba de si eran arregladas –la gracia, se suponía, radicaba en que no lo fueran–; al verlas hoy, ya no. Vamos... Hay dos cámaras distintas con Julieta Prandi como víctima que terminan con Yayo cantando guarangadas. Y en las bromas a anónimos, como “El peor día de tu vida”, había demasiada sincronización de eventos como para que todo saliera tan perfecto, y bastantes tomas con movimientos de cámaras como para que la “víctima” no se diera cuenta (si toda esa logística era real, los productores de Tinelli podrían haber trabajado para la CIA). De cualquiera manera, arregladas o no, la mayoría de las cámaras se basaban, metafóricamente, en hacerle una zancadilla a alguien, reírse de él y quedar como un capo: el escalafón más bajo en el nivel del humor.

En medio del recorrido youtubero por el viejo Videomatch, caí en unas notas de Figuretti (Freddy Villarreal), uno de los personajes más famosos del programa, que recorría las playas de Ibiza, Cannes, Río de Janeiro o Miami. No importa el lugar, su estilo de humor era igual de básico: hacer comentarios burdos sobre el cuerpo de las mujeres y burlarse de los gays y trans (eso sí, al entonces presidente Carlos Menem lo alcahueteaba de lo lindo –la relación entre Videomatch y el poder de turno valdría una nota aparte–). “Miren esto, es un hombre. Vale la aclaración”, comentaba Tinelli, antes de que Figuretti se mandara una de las suyas. Además de lo misógino, machista y homofóbico, otra de las particularidades del programa que hoy me resultan repugnantes es que Tinelli se pasaba tratando al televidente como si fuera un niño de cinco años con déficit atencional.

Hay más. Caí en una nota de “el insoportable”, que era aquel segmento en el que Diego Pérez incordiaba a un personaje mientras lo entrevistaba José María Listorti (una versión más densa y ordinaria de “el contra”, de Juan Carlos Calabró). La nota era de 1998, y la entrevistada, una jovencísima Nazarena Vélez. Me chocó ya desde el comentario previo de Tinelli: “Mujer golpeada, entre comillas. ¿Le pegaron no le pegaron?”, dijo, con la misma soltura con la que anunciaba la marca de alfajores que se comía de a pares. Entonces, una de las primeras preguntas de Listorti fue: “¿Qué hacías vos? ¿Lo celabas?”, y todos los comentarios de Pérez iban por el lado de burlarse de la violencia, hasta llegar a decir que su relación duró “tres rounds”.

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Hay pocas cosas de Videomatch que hoy se salvan de la quema. La mayoría de lo que sobrevive está en los sketches, donde había algo parecido a un guion, con algo similar a una pizca de creatividad, como en las parodias de series o películas. También “Deportes en el recuerdo”, aunque después de ver tres seguidos ya se ven los hilos de la estructura y se agota la sorpresa.

Hoy se escucha mucho eso de que “la sociedad cambió”, que hay programas de humor que vistos desde la perspectiva actual quedan desubicados y, por lo tanto, es un error juzgarlos. Pero eso es tirar la pelota al córner y sacarse de encima el asunto. El punto es otro. El humor que sobrevive es el que apela a algo más que al chiste de asado: el que nos interpela, es subversivo y le pega al statu quo, en vez de llevarlo de la mano y darle de comer. Por eso la analogía del rebaño de ovejas con los trabajadores del inicio de Tiempos modernos, de Charles Chaplin, sigue vigente, aunque tenga más de 80 años; al igual que la escena del parto de El sentido de la vida (1983), de Monty Python, que es una brillante, descarnada y graciosísima crítica a la violencia obstétrica –por dar dos ejemplos que rompen los ojos–. Pero también queda el humor más puro, inocente y universal, como el de Mr. Bean, que lo daban en la misma época de Videomatch y hoy sigue siendo igual de gracioso y nada desubicado.

El lunes vuelve el programa de Tinelli. Es su temporada número 30. Todo el mundo sabe que tiene un nombre parecido y hace años que hace la pavada de Bailando por un sueño. Igual pispeo alguna, de curioso. Pero estoy seguro de que cuando me junte con amigos –algunos de ellos siguen siendo los mismos de la escuela–, terminaremos en Youtube, como siempre, viendo a Capusotto.