1994: en 18 de Julio y Yaguarón, donde ahora venden mucha ropa y antes te limpiaban al diablo del cuerpo con el jabón de la descarga, estaba el cine Trocadero. Tenía siete años recién cumplidos. Mi madre me llevó a ver El rey león, que era la película animada del momento, pero, obviamente, yo ni lo sospechaba. Si ahora escribiera que me obsesionó desde la primera vez que la vi en el cine mentiría, porque apenas guardo un retazo de recuerdo del estreno. Una imagen borrosa y distorsionada: la pantalla gigante, Mufasa, su caída, dónde estaba sentado yo, de qué lado mi madre; una atmósfera: cierta tensión, tristeza, pero no recuerdo haber desparramado lágrimas, como pareció ser la regla.

Lo concreto es que algo diferente me pasó con esa película, porque fue la primera que vi la suficiente cantidad de veces en VHS como para gastar –literalmente– el casete. Recuerdo el proceso por el que llegué a que la leonina película de Disney se transformara en la primera de mi colección. Una prima de mi madre, que tenía la mezcla perfecta de cantidad de dinero y pasión por el cine, era la feliz dueña de dos videograbadoras. Al año siguiente del estreno, “alquilé” –supongo que lo hizo alguno de mis padres– la película en el videoclub del barrio, y mi parienta cinéfilomillonaria me la copió. Cuando la tuve en mi poder, con la letra imprenta y desprolija que aún derrama mi mano zurda, escribí “El rey león” en la etiqueta blanca que venía con los casetes vírgenes. A fines de los 90 la habré visto por última vez, cuando la imagen ya pedía CTI y el inicio de la pubertad clamaba por otro tipo de películas.

En fin, me acordaba de todo esto pero casi nada de El rey león en sí. A saber, sólo de sus greatest hits: la estampida de ñus, Scar clavándole las garras a Mufasa antes de tirarlo por el risco, y Timón y Pumba cantando “Hakuna matata”. Tan poco quedó en mi memoria que, hasta hace unos días, que volví ver la película luego de dos décadas, no recordaba cuál era Timón y cuál era Pumba, como les pasa a muchos con Simon & Garfunkel (Pumba es el jabalí y Garfunkel el alto de rulos).

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2019: caí al cine con unos amigos a ver la remake fotorrealista de El rey león, esa que ya superó en taquilla a la original. Asumo –intuyo– que una buena parte de esos 1.300 millones de dólares que llevan recaudados salieron de los bolsillos de los nacidos a fines de los 80, como los que colmamos la función de un viernes a las 22.00 –subtitulada– en un shopping montevideano. Antes de ver la nueva no quise ver la vieja, para no contaminar mis recuerdos y palpar hasta qué punto juega con las referencias a la original. Como era de esperar, es una versión casi cuadro por cuadro, con agregados de puro tecnicismo, que al ser realista logra que los animales pierdan la expresividad de los dibujos, pero, aun así, toca todos los botones de la maquinita de la nostalgia. En mi caso, la nueva versión me causó el mismo efecto que escuchar a algunas de esas bandas que homenajean a otras: me recordó lo buena que era la original, me disparó la semiosis ilimitada de anécdotas en torno a ella, y, al otro día, la bajé en full HD y la vi.

“La vida no es justa, ¿verdad?”, es lo primero que dice un personaje en la versión prístina de El rey león. Y lo lanza nada más y nada menos que Scar, el hermano desgarbado y feo del rey. Flor de frase como para arrancar una película infantil, ¿verdad? Luego de superar la extrañeza de no ver saltos lluviosos en la imagen y de escuchar las voces originales –mi legendaria copia era doblada al español–, me sorprendió lo perverso y manipulador que es Scar. Me acordaba de que armaba toda la escena para matar a Mufasa, pero no que a su sobrino, el pobre Simba, le echaba toda la culpa. Para peor, Jeremy Irons, la voz original del tío malo, le pone una dosis de cinismo magistralmente perturbadora –bien de británico– y le impone un ritmo dramático a la última estocada verbal a Simba, que en la versión en español se perdía –sí, las comparé–: “Run away, Simba. Run... Run away and never return” (“Hui, Simba. Hui... Hui lejos y nunca regreses”). Como si fuera poco, después Scar ordena a las hienas alcahuetas que maten a su sobrino –no, tampoco lo recordaba–.

Disney ha sabido traumar a muchas generaciones de niños con buenos asesinatos de personajes queribles. Pero, por ejemplo, la famosa muerte de la madre de Bambi, en la película homónima de 1942, es un paseo comparada con la del padre de Simba: ocurre fuera de campo, nunca se ve el cuerpo y mucho menos el rostro del asesino –un cazador–. Lo de Mufasa es una tragedia shakespeareana –El rey león es Hamlet con final feliz–, armada sobre los cimientos de la perversidad, el egoísmo y la codicia, donde lo más miserable del comportamiento humano toma forma animal. Encima, Simba está un buen rato, incrédulo, con sus ojos grandes y tristes, merodeando el cuerpo inerte de su padre: lo toca, lo mueve, para al final dormir bajo su pata aún tibia. La lacrimógena música de Hans Zimmer le pone el aderezo trágico que faltaba, con melodías que solitas ya son de réquiem. Ahora entiendo por qué no me acordaba demasiado. La voy a ver de vuelta cuando pasen otros 20 años...