Sin créditos iniciales. Nada de que tal estudio presenta equis película, dirigida por este y con la actuación estelar de aquel. Derecho a la acción. El sonido ahogado y lento –como dentro de una pesadilla o de un mal viaje de ácido bien psicodélico– de un helicóptero que se zarandea de derecha a izquierda, sobre el fondo negro. Plano general y estático de una jungla. Un helicóptero vuela desde la izquierda. Por fin lo vemos –en cámara lenta, acorde al sonido–, levanta polvareda. Arranca el arpegio serpenteante y misterioso de la apocalíptica “The End”, de The Doors. Cuando Jim Morrison canta “este es el final, querido amigo/a, el final”, el napalm abraza –y abrasa– las frondosas palmeras y todo lo demás. La cámara se mueve hacia la derecha. Más fuego y más helicópteros. Esos planos se intercalan con la cara del capitán Willard (Martin Sheen) tirado en la cama, fumando un pucho, mientras las aspas de un ventilador danzan al mismo ritmo que los helicópteros.

No hubo –y no habrá– introducción en la historia del cine en la que imagen y música no original se amalgamen de forma tan perfecta, a tal punto que es imposible escuchar “The End” sin pensar en Apocalypse Now (quizás haya un empate técnico con el inicio de 2001: odisea del espacio y Also Sprach Zarathustra). Además, la falta de paratextos iniciales –algo muy raro en el cine– hizo carne aquellas famosas palabras con las que Francis Ford Coppola presentó el film hace 40 años: “Mi película no es sobre Vietnam: es Vietnam”. Pero no es Vietnam, sino la locura. Es, más que nada, un thriller psicológico de cómo la guerra –la de Vietnam o cualquier otra– transforma a los que la viven y la avivan. “Cuando estaba acá, quería estar allá; cuando estaba allá, en lo único que pensaba era en volver a la jungla”, reflexiona Willard tirado en una cama de Saigón. La paradoja sobrevuela Apocalypse Now con la misma insistencia que los helicópteros, más allá de la obviedad de que empiece con “The End”.

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“¿Cómo se llama cuando los asesinos acusan al asesino?”, se pregunta el multicondecorado coronel Kurtz (Marlon Brando), que parece que andaba bárbaro para el arte de la guerra hasta que se pasó para el otro lado –en todos los sentidos–, quedó piantao y vio la luna rodando por Camboya. Y entonces, claro, a Willard, que tampoco regalaba cordura, lo mandan matar al que mata. Y, a medida que se adentra en el río de la guerra, se da cuenta –nos damos cuenta– de que, en términos pragmáticos, ese tal Kurtz no está tan loco, ya que sus métodos “insanos” le servían para ganar, que supuestamente era lo que querían sus superiores. Pero, a su vez, qué duda cabe, ante el horror –el horror– de la guerra, no habría nada más sano que volverse loco, y nada más loco que permanecer sano. Willard vive esas contradicciones hasta el punto de que el viaje se transforma en Kurtz. Por ejemplo, fulmina, sin compasión, a una pobre vietnamita que yacía malherida –por los disparos atormentados de un compañero de Willard– con tal de no llevarla al hospital, y así seguir el viaje y terminar con su misión –su obsesión–. ¿Cómo se llama cuando los asesinos acusan al asesino?

Al coronel Kilgore (Robert Duvall), un terraja hiperquinético fanático del surf, le gusta bombardear una aldea vietnamita al ritmo de la “Cabalgata de las valquirias”, de Richard Wagner. Es decir, la ópera, la “alta cultura”, por la que la gente va a los mejores teatros del mundo, paga entradas carísimas y se viste demasiado bien, sirve para meter miedo y horrorizar. Otra paradoja: cinematográficamente, esa sigue siendo una de las escenas de bombardeo más hermosas de la historia del cine. El enjambre de helicópteros se acerca a la costa, coordinado como si fuera el mejor ballet del mundo. Cuando la música se eleva y aparece el coro de las valkirias –agudo, guerrero y orgásmico–, las metralletas y las bombas empiezan a penetrar sus objetivos, entonces, la música se cuela en los ruidos marciales y se vuelve una locura peligrosamente atrapante. La otra noche, cuando repasé la versión remasterizada de la película que acaba de editarse, justo cuanto Kilgore manda a los aviones para liquidar cualquier rastro de vida, me tocó timbre el vecino de abajo. Hay gente que odia el ruido del napalm por las noches.

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Gracias a sus cuatro décadas, en las últimas semanas se llenó de notas sobre Apocalypse Now. Me sorprendió leer que todavía hay quienes discuten si la película es proguerra o antiguerra. Incluso –quizás lo más asombroso– el mismísimo Coppola, ya con 80 años, en una entrevista con The Guardian vaciló en llamarla antiguerra. Dijo que si bien nadie quiere hacer una película probélica, “tiene escenas conmovedoras de helicópteros que atacan a personas inocentes” y “eso no es contra la guerra”. Es más, subrayó que algunas secuencias de la película se han usado para dar manija a favor de la guerra. Tal vez el viejo Coppola también se volvió loco. O no, y su película sea, al mismo tiempo, un sueño y una pesadilla, como la de Kurtz: deslizarse por el filo de una navaja. Y sobrevivir.