Frank Underwood espera ansioso en su apartamento de Plaza Italia, epicentro de “la contingencia”, como se conoce la mutación radical que se ha producido en la vida cotidiana de los chilenos. La contingencia es la razón que se esgrime para todo: para que un pisco demore media hora en llegar a la mesa de un bar, para entrar tarde al trabajo y para que los partidos de la liga profesional de fútbol se jueguen al mediodía. Algunas veces es oportunismo; otras tantas, una verdadera relación de causa-efecto. Santiago a Mil no ha estado ajeno: este año recibió 200.000 espectadores, la mitad que en 2019.

Es sábado, y a un paso del Centro Gabriela Mistral, el GAM, donde se desarrollan muchas de las funciones, hay una muestra improvisada de cartuchos para bombas lacrimógenas. Un joven explica a los curiosos los diferentes tipos y efectos; dice de qué vainas salen disparados uno, dos o tres díscolos cilindros de gases; traza hipótesis sobre los químicos, contra los que las máscaras son una defensa cada vez menos eficaz; cuenta que esos que tienen una lana de color y parecen adornos de Navidad son, en efecto, parte de la irónica decoración que hizo el barrio en el diciembre pasado. La burla es un escudo contra el miedo. “Paco Perkin”, reza un banco en el cercano parque forestal. Así, a la palabra que el slang callejero usa para la Policía antimotines se le agrega, deformado, el nombre arquetípico de los mayordomos de cine barato. La operación ilustra con nitidez la definición marxista de las fuerzas represivas como sirvientes de las clases dominantes. Sí, en Santiago de Chile se habla de lucha de clases con la misma intensidad con la que se habla del patriarcado. “Paco violador”, se lee en un muro. “Paco incogible”, agrega un grafiti pintado en la vereda de enfrente, como significativa variación del antiguo “Paco culiao”.

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El GAM queda a una decena de cuadras de Plaza Italia, donde espera Frank Underwood. Es medianoche y el camino parecería una zona de guerra si no fuera que no hay guerra posible cuando de un lado está el Estado y del otro sectores desarmados de la población. Una hoguera en mitad del carril de la Alameda Central. Los muros de una clausurada estación de metro derrumbados a cero para hacer proyectiles de los escombros. Lo mismo ocurre con los canteros de la avenida. En una esquina una vigilia junto a un improvisado altar por uno de los manifestantes caídos. Afiches caseros muestran lo mismo que las estatuas intervenidas en color sangre sobre los ojos de bronce: muchos perdieron la vista por las balas de la Policía.

Plaza Italia está a oscuras. Seis o siete antimotines montan guardia en el monumento principal, donde un hípico general Manuel Baquedano está completamente manchado de pintura. Los semáforos no funcionan y unos jóvenes con el torso desnudo y la camiseta colocada como turbante dirigen el tránsito en ese cruce de dos bulevares. Cuando los grupos de personas pasan de diez o 15, un “guanaco” se acerca y lanza un chorro de agua a presión para disolverlos. Todo ocurre como una suave coreografía, casi silenciosa, en una apacible noche de verano.

Sólo Frank Underwood está nervioso. Recién se tranquiliza cuando escucha el sonido del ascensor primero y de las llaves después. Ahora sí sale a recibir con alegría indisimulada. Por culpa de La gioia –esa maravilla italiana que fue uno de los grandes espectáculos de Santiago a Mil–, la hora de su paseo se ha retrasado. Pippo Delbono es una leyenda del teatro europeo y con esta obra, morosa e intensa, es capaz de producir el asombro de la belleza más etérea y el desgarramiento de la realidad más lancinante. Su compañía es una troupe con algo de circense, de corte de los milagros, que en el espacio del escenario y durante lo que dura la función tiene el toro tomado de las astas. Aunque su espectáculo se traduce como “la dicha”, Delbono sabe que la alegría “no es posible sin el sufrimiento”. Algo de esa combinación existe en “la contingencia” que se vive en la ciudad. Esa mezcla dolorida y festiva que tiene toda revuelta. Esa redefinición de la idea de “normalidad” que trae consigo la necesidad de cambiarlo todo en un país donde décadas de crecimiento económico dieron por resultado una sociedad desigual y fracturada. Hace dos años, entrevistado por El País de Madrid, Delbono dijo que en el teatro que él busca, “la palabra no es suficiente” y que “tiene que haber más cosas: el cuerpo, la danza, la música”. Todo eso está presente en las protestas de Chile.

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Una de las periodistas que las ha seguido desde el terreno, la uruguaya Eugenia Cattaneo, está en esa misma función en las butacas del Teatro Municipal Las Condes. Las calles y fachadas impolutas de ese barrio acomodado son un decorado inverosímil para su relato. Veterana de coberturas en Medio Oriente, Cattaneo no habla de La gioia, sino que describe con asombro el funcionamiento de la llamada “primera línea”. Jóvenes que se colocan entre los manifestantes y la Policía, completamente vestidos de negro y provistos de escudos caseros. Cuando cae una bomba lacrimógena a sus pies, la meten dentro de un bidón de cinco litros de agua y lo agitan hasta que la apagan. Si no hay bidón, simplemente la agarran y la devuelven por donde vino. Pero ¿quiénes son? No hay una respuesta clara. Grupos antisistema con cierta organización, desencantados de los políticos tradicionales –incluida la izquierda–, reprimidos con saña por la Policía y, quizá –el hamacarse del metro permite rumiar algunas cosas sin decirlas–, vistos por los nostálgicos como un estímulo para que las mayorías se cansen de “la contingencia” y vuelquen su voto hacia opciones que reivindican la dictadura de Augusto Pinochet. El 21 de enero de este año quedó legalmente formado el Partido Republicano, de ultraderecha, liderado por José Antonio Kast, quien en las pasadas elecciones obtuvo 8% de los votos en su candidatura a la presidencia de la República. Kast quiere liderar el rechazo a la reforma constitucional que se plebiscita el 26 de abril. No le será fácil. Hoy, cerca de 80% de la población apoya esa consulta surgida de acuerdos de centroizquierda que buscan desmontar la constitución heredada del pinochetismo.

No hay una respuesta clara, porque probablemente no haya una única respuesta. “Amor a la primera línea”, dicen unas pintadas que simulan el match de las aplicaciones de teléfono móvil para citas, desafiando el cliché del amor romántico a la vez que desafían a un gobierno cuya popularidad agoniza por debajo de 5%. Da la sensación de que todo está en disputa.

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En lo peor de las protestas, Frank Underwood fue Comandante 3. Permanecía encerrado en un clóset del apartamento con una mujer y una niña. La mujer, Comandante 1, había inventado el juego para que su hija, Comandante 2, transitara los días sin escuela de los inicios de “la contingencia”. El perro era un elemento que aliviaba la tensión mientras jugaban, desde el lugar más seguro de la vivienda, a contar los estruendos de los gases y las balas. Ese universo paralelo que había montado a imitación de La vida es bella (1997), de Roberto Benigni, terminó cuando la niña le preguntó “qué pasará conmigo si te matan”. Entonces se dio cuenta de que precisaba que un profesional le dijera cómo manejar esa mutación completa de la normalidad.

Al otro día, en el GAM, hay dos piezas de teatro a la hora del almuerzo. En Proyecto Villa, de Daniela Contreras López y Edison Cajas González, los espectadores deben registrarse y les asignan un número. Luego tienen que quitarse los zapatos y colocarlos en el piso en una cuadrícula numerada. Se les da una linterna y se los invita a ingresar al lugar donde se desarrolla la obra, que está completamente a oscuras. Adentro, varios espacios definidos: un dormitorio, una cocina, un living, un comedor, un baño. Recrean casas que fueron expropiadas por la dictadura y en las que se establecieron centros de tortura. Se les dice a los espectadores que exploren todo con sus linternas y que se desplacen y ubiquen donde quieran. Así, algunos se sientan en la cama a mirar álbumes de fotos con el brillo rojizo de las impresiones de los años 70, otros se dedican a hurgar en los cajones del modular donde están los platos y las ollas, otros revisan los libros que hay en la mesa del televisor. Al poco tiempo, se enciende la luz, entran dos actores y el público pasa a ser parte del decorado, extras, a veces cómplices. La forma y el contenido se suman para lo que parecía imposible: decir algo nuevo sobre lo indecible.

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Enfrente, en la sala A del GAM, la memoria sobre las violencias hunde sus raíces más atrás todavía. El problema ya no es Chile, el problema es que algunos fueron obligados a ser Chile. Love to Death, del maorí Lemi Ponifasio, reúne a una cantante mapuche, Elisa Avendaño Curaqueo, y a una bailarina de flamenco, Natalia García-Huidobro. Hipnótica y performática, la obra, que se puede traducir como “amor a la muerte”, hace que esos dos lenguajes aparentemente tan distintos parezcan nacidos de la misma matriz.

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Frank Underwood es un actor secundario de la película que ocurre en las calles. La verdadera estrella es Negro Matapacos. Desde las protestas de estudiantes de 2011, y hasta su muerte en agosto de 2017, ese perro negro “de raza perro” fue una presencia habitual en todas las marchas. Aunque murió dos años antes de “la contingencia”, su imagen se volvió su ícono. Afuera –es decir, en las salas–, el teatro sigue. Hay tres presencias uruguayas (Cuando pases sobre mi tumba, de Sergio Blanco, y Chacabuco, de Roberto Suárez, además de una versión de La flauta mágica coproducida por Uruguay, Alemania, Chile, Italia y México). También otros espectáculos que cimientan el prestigio del festival, como la adaptación de Wu Hsing Kuo de El rey Lear, de William Shakespeare, o Los pájaros, dirigida por el griego Nikos Karathanos. Pero nada de lo que ahí ocurra puede escapar a lo que sucede en las calles, como lo testimonia el cartel central de Santiago a Mil, en el GAM, completamente grafiteado y con una Gabriela Mistral a la que se le ha pintado un parche de pirata, a tono con el Leitmotiv del arte callejero surgido de las protestas: denunciar las graves heridas en los ojos de los manifestantes. Adentro de la revuelta, la imagen de Negro Matapacos reina. Aparece en adhesivos, carteles, cánticos, libretas y llaveros. Con su pañuelo rojo al cuello, como un Che Guevara canino. Con un halo sobre su hocicada cabeza, como un santón rebelde.