Durante el transcurso del Mundial de fútbol Sudáfrica 2010, el célebre pulpo Paul no predecía los resultados de los partidos con base en una tirada de buzios, sino más bien analizando las propuestas técnico-tácticas de los equipos en disputa. Bueno, capaz que eso es mucho para un cefalópodo.

Lo cierto es que este invertebrado sigue asombrando al mundo científico gracias a sus capacidades cognitivas extremadamente superiores a las del resto de los invertebrados y también a las de la mayoría de los vertebrados. Por lo general en el mundo animal la mayoría de las conductas que despliega una especie son iguales, ya que el instinto gobierna su comportamiento y, por ende, todas mantienen el mismo nivel de “inteligencia”. Pero con los pulpos no sucede lo mismo: ellos aprenden de forma independiente y, por lo tanto, un pulpo no es igual a otro, dejando de lado las conductas innatas.

Las preguntas sobre los secretos de este alienígena instalado de canuto en el planeta surgen debido al complejo sistema neuronal que ha desarrollado, infinitamente distinto si se lo compara con otros que han recorrido el mismo camino evolutivo. Y si hablamos de evolución, los pulpos la sacan del estadio. Evolucionar significa tiempo, a veces mucho, y se logra, entre otras cosas, modificando los genes que ya no son necesarios por otros más acordes con los desafíos que la naturaleza plantea, asegurando así que la especie se preserve. El pulpo, si vamos al caso, te fabrica genes en una semana. Este cabezón con ocho patas manipula su propio código según lo que el entorno demande. Gracias a la recombinación del ácido ribonucleico, mejoran y fabrican proteínas fundamentales para la creación de nuevos genes, dándoles la espalda a los requisitos que supuestamente exige la evolución.

Anatómicamente su cerebro contiene aproximadamente 500 millones de neuronas, pero, a diferencia de nosotros y de casi todo el resto de los animales, no están centralizadas en un único cerebro, sino que se distribuyen en una red ganglionar interconectada y organizada en un cerebro central y ocho cerebros periféricos, encargados de gobernar a cada uno de sus tentáculos. Pero, por si fuera poco, estos cerebros individuales tienen la potestad de tomar sus propias decisiones sin preguntarle al cerebro central si está o no de acuerdo. Así, cada uno de los tentáculos explora, huele, recaba información y toma decisiones.

Esta envidiosa capacidad de dejar al cerebro en paz y no distraerlo para decidir los movimientos y las funciones que realizan sus extremidades logra que cuando tenga que pensar, piense en serio. La mayoría de los animales sociales necesitan un neurotransmisor denominado serotonina, cuyas funciones son, entre otras, fomentar el comportamiento social y estimular la confianza, el afecto y la empatía. Dentro del genoma de todo animal existen genes destinados a generar serotonina, lógicamente con mutaciones acordes a la especie que se estudie. Sin embargo, las secuencias encargadas de producir esta molécula en el pulpo y en el ser humano coinciden 100%, lo que sorprende si pensamos que tomamos caminos evolutivos diferentes hace más de mil millones de años. También es un misterio por qué esta molécula es elaborada de manera idéntica a la nuestra cuando el pulpo no establece lazos tan complejos y estrechos.

Pruebas

Frascos. Se ha documentado la facilidad que tienen estos cabezones para desenroscar tapas de frascos. Pero en 2003, en Seattle, un pulpo hembra dio un paso más. Al enfrentarse a una botella a prueba de niños (de esas que hay que presionar y luego girar), no tuvo problema en resolver el asunto luego de una hora. Tras la reiteración de los ejercicios, la señorita no demoró más de cinco minutos en destaparlo.

Herramientas. Se han observado pulpos que recogen mitades de cocos que flotan en la superficie del mar y, tras descender al fondo, se colocan la mitad tipo casco de moto y se enrollan en su interior mientras se desplazan de un lugar a otro. Lo que asombra es que, debido al modo de vida solitario, el pulpo no puede aprender o imitar la estrategia de sus congéneres. Pero tal habilidad desprende otra: parece que estos animales estudian el entorno y al no encontrar rocas, plantas y demás objetos que permitan desarrollar su sofisticada capacidad de camuflaje, recurren a este tipo de conductas planificadas previamente y, de ser efectivas, son capaces de guardar esos elementos para un uso posterior.

Memoria. En la Academia de Ciencias de California han registrado lo que en apariencia es un comportamiento que depende de la memoria del animal, algo bastante curioso ya que, teniendo en cuenta que solamente vive algunos años, no tendría mucho sentido que la evolución le haya otorgado al pulpo la capacidad de recordar eventos a largo plazo. Un ejemplo es Truman, un pulpo que tenía la costumbre de tirarle agua a una funcionaria del acuario sin motivo aparente. Cuando esa mujer dejó el trabajo el pulpo no lo hizo más, pudiendo haber redirigido su comportamiento a otros funcionarios. Meses después, cuando la ex voluntaria visitó el acuario, el pulpo volvió a tirarle agua.

Resuelve problemas. En la Universidad de Otago (Nueva Zelanda) los pulpos aprendieron a apagar las luces lanzando chorros de agua sobre los interruptores, lo que provocaba cortocircuitos en el sistema eléctrico, y así creaban un ambiente similar a su entorno natural. Como la broma comenzó a salirle cara al laboratorio, optaron por dejarlos en libertad.