A las 19.00 el cielo estaba despejado y no quedaban dudas de que habría desfile. Por la bajada de Paraguay, antes de llegar a la rambla, una mujer caminaba en giros sobre la vereda para pintar con spray celeste todos los lados de unas voluminosas sandalias con taco alto que se pondría, cuando comenzara la madrugada, una vedette de Cuareim 1080.

Caminé por la rambla con el tiempo suficiente para llegar al lugar un rato antes de que comenzara el bullicio, y lo menciono no sólo por el comienzo del desfile, también por el que provocan otro sinfín de actividades vinculadas a la fiesta que no aparecen en el programa aunque pueden ser tan relevantes como el conjunto más divertido: los pregones del vendedor de pororó acaramelado, los heladeros, gente que grita cosas a sabiendas de que hay algo que quedará permitido en un rato nomás; y yo lo disfruto tanto como ir a ver qué caretas son las más populares este año. Es raro que un vendedor de caretas diga demasiado: debe de pensar que su producto habla por sí mismo. La cara de un Power Ranger, la del ogro Shrek, la de un pirata, Hulk, la de Guy Fawkes; una oferta parecida a la del año pasado, ¿o la misma que quedó de clavo?

Este año el Desfile Inaugural del Carnaval no pudo hacerse, como de costumbre, en la avenida 18 de Julio. Dada la situación sanitaria de nuestro país, los organizadores entendieron conveniente hacerlo en un lugar menos riesgoso y asegurarse de esa manera el cumplimiento de los protocolos establecidos por el Ministerio de Salud Pública. El evento se trasladó, entonces, a las canteras del Parque Rodó y el aforo se redujo a 2.800 personas.

Ya eran las 20.00 de una noche veraniega en uno de los lugares más hermosos de Montevideo: el laberíntico Parque Rodó, con su apariencia de inspiración francesa, sus espacios verdes de paseo, sus puentes y lagos.

Los primeros en llegar a sus asientos no fueron muchos; algunos, un poco ansiosos y a la espera de los primeros conjuntos, se acodaron en las vallas de metal, tomaron mate y charlaron con desconocidos, con inmensas paredes de granito a sus espaldas.

Por viejas no dejan de sorprender las dos que forman el pasaje de tramposas curvas. Con un poco de atención y a la mitad del camino, se pueden ver unos pequeños ganchos incrustados en el mineral para aquellos dispuestos a escalar los muros con unas pocas herramientas.

Su dimensión en la escala humana hace pensar que este sitio les pertenece. Sus guardianas son decenas de palmeras de la especie Phoenix canariensis, aunque también puede uno toparse con una washingtonia o una macauba de filosas espinas.

Desfile de Carnaval, el 20 de enero, en las canteras del Parque Rodó.

Desfile de Carnaval, el 20 de enero, en las canteras del Parque Rodó.

Foto: Ernesto Ryan

Las alegres

Con algunas ausencias de conjuntos que habitualmente participan en calidad de “fuera de concurso”, el desfile arrancó y no faltó el camión de Bafo da Onça, cuya sonoridad explosiva asegura un piso interesante de festividad para un público que nunca ha sido fácil de entusiasmar.

Luego, la comparsa inclusiva Balelé lo dejó todo y despertó los primeros aplausos. Una especie de balones de fútbol con los rostros pintados de Rosa Luna, Catusa Silva, Pinocho Sosa, Kanela y Martha Gularte, entre otros, rodaron con éxito, en un sentido homenaje en este carnaval, con más ausencias que nunca.

Detrás, una tanda de murgas jóvenes llegó dispuesta a demostrar que se puede bailar igual; en cualquier condición, aunque fuera poco el público todavía, y el lugar, desconocido. Metele Que Son Pasteles dispararon burbujas y organizaron relajo alrededor de un carro con una silla presidencial ocupada por globos colgantes. En La Venganza de los Utileros desfilaron una tortuga ninja y un hombre araña que no era el mismo que trabaja como fotógrafo en el parque.

En otra tanda y con igual destaque llegó Queso Magro, vestidos de cajas de cartón para encomienda.

La revista de Jean Claude, La Compañía, trajo una orquesta de los años 20 y enseguida entretuvo a los niños el pingüino insignia de una popular marca. En este rubro, el de los desfilantes zafrales, se extrañó al hombre pan de molde y los cabezudos.

A dos puntas

Al final del desfile, un escenario mejor que el de cualquier tablado esperaba para subirse a algunas murgas que interpretaron sus presentaciones o despedidas. Unos metros más allá, un agujero negro cerca del mar o de un club de pesca recibía a cada conjunto en silencio y sin nadie que aplaudiera por el esfuerzo.

En la otra punta, en el comienzo del desfile y con el correr de las horas (serían las 23.00) se tramaba otro desfile. Había que salir del oficial para encontrarse con un montón de gente que se apiló sobre unas vallas para ver a los conjuntos bien de al lado, pero sin entrada.

Caminantes sueltos se mezclaron con los integrantes de los conjuntos que no habían participado aún. En la rambla de la playa Ramírez, una larga platea intercalaba curiosos, carnavaleros, integrantes de conjuntos, salidores nocturnos, familias completas buscando algo de fresco, y el plan cada vez pintaba mejor a medida que se sumaban atracciones de este lado de la historia. Algunos se quejaron, como los vendedores de maní y de refrescos o un hombre que te pintaba la cara por unas pocas monedas. No podían ingresar, no había forma o calle lateral para mezclarse en la fiesta de gala; y lo mismo le sucedió a cualquiera que no estuviera enterado de las noticias.

En cambio, por un rato, se armó una menos formal frente a la playa. Mientras esperaba su turno, el camión de una murga puso música electrónica y después “El baile del pimpollo”, de Los Fatales. De pronto, los que habían llegado para bailar en el Rock and Samba, los que estaban de previa y el público carnavalero se volvieron uno solo, y se generó el bullicio que del otro lado, simplemente, no era posible por la escasa concurrencia y el férreo control.

“Vamos a cantar para esta gente que se lo merece”, arengó el Rusito González, integrante de los parodistas Los Muchachos, que antes de su pasaje por el desfile improvisaron una breve actuación, a unos metros del Barco Pirata.

Desfile de Carnaval, el 20 de enero, en las canteras del Parque Rodó.

Desfile de Carnaval, el 20 de enero, en las canteras del Parque Rodó.

Foto: Ernesto Ryan

La solución Z

Mientras tanto, el desfile oficial pareció sentir el impacto; habrá llegado a oídos de alguien, y de pronto, por un rato, se pareció al desfile de siempre. Tal vez alguien encontró la forma de escalar las canteras, o humoristas como Sociedad Anónima o Los Rolin levantaran la temperatura con ingenio y muchas ganas. La murga Nos Obligan a Salir pisó fuerte, de la mano de su otrora director Jamón Adinolfi, cómodamente sentado en una cachila. Jimena Jije Vázquez, la nueva figura de Los Muchachos, conectó de inmediato con la gente y se encargó de seguir de largo con la misma energía del comienzo.

Todavía no se sabía quién ganaba, pero pude verlo hasta en los gestos de algún jurado y en las caras de toda la gente que se puso de pie, sacó fotos y pudo reír y bailar libremente, ni bien se encontró con los parodistas Zíngaros. De bastón y galera, Denis Elías interpretó su clásico repertorio de canciones de amor incondicional; Gastón Sosa corrió por cada detalle como su padre; Aldo Martínez, en lo alto de un camión, mutó en el expresidente Tabaré Vázquez; Panchito volvió a vestirse de fucsia brillante y blanco, y así dicho parece un disparate de mejunje imposible de funcionar, pero fue la mejor receta para alegrar a la gente y borrar el ceño fruncido, con esa magia que por un instante aparece.

Los ganadores

La Intendencia de Montevideo anunció después de la larga noche cuáles son los conjuntos ganadores del Desfile Inaugural. En la categoría Murga el premio fue para Nos Obligan a Salir; en Revista para Madame Gótica; en Parodistas el galardón fue para Zíngaros; la Agrupación de Negros y Lubolos premiada fue Valores, mientras que cierra el cuadro de ganadores los humoristas Sociedad Anónima.