En las vitrinas del Fútbol Club Cap Arcona se puede ver el trofeo otorgado a la institución en 1967. En letras talladas a mano sobre la fecha consagratoria alguien escribió la palabra “campeón”. La copa no es de las más grandes, pero resulta atractiva por sus asas a los costados con firuletes en sus soldaduras inferiores y superiores. Hay para entretenerse, con decenas de premios, más antiguos o modernos; los hay con laureles y pequeñas figuras humanas pateando una pelota. Pero no todos están ligados al buen rendimiento de los planteles de fútbol del club ni están hechos de oro y plata. Entre tanto brillo, antes de acercarse al estampado de la tela, una camiseta negra puede llamar la atención. El texto, en letras blancas, dice: “Tabú bicampeón 2014-2015”.

Diego Mutiuzábal, arreglador coral de la revista, no deja de sorprenderse con lo mucho que está dispuesto a ensayar este conjunto, que además cuenta con figuras de larga trayectoria como la cantante Marihel Barbosa y la actriz Virginia Rodríguez.

Axel y Ariadna ,en la previa al Teatro de Verano, en el club Caparcona. Foto: Natalia Rovira

Axel y Ariadna ,en la previa al Teatro de Verano, en el club Caparcona. Foto: Natalia Rovira

A las 19.00 todavía faltan tres horas para que la revista Tabú se suba al escenario del Teatro de Verano, pero nadie parece muy nervioso en las instalaciones de su local de ensayo.

Por la calle Adolfo Vaillant baja un camión hasta la puerta del club. En poco menos de media hora queda cargado de sombreros, trajes y accesorios, en cajas de cartón de prolijo empaque, rumbo al teatro.

Virginia Rodríguez ya se probó una peluca enorme y rosada y sale a jugar con ella por el club mientras inventa canciones en voz alta. Recorre el salón del fondo, abraza a algunos de sus compañeros, se va hasta la cantina y sale hasta la vereda. “Estoy con una ansiedad y unas ganas locas de estar en el escenario y empezar a vivir esta historia que tenemos para contarles a todos, y que nos da mucha felicidad”, cuenta la actriz.

Elena, su personaje de este año, es la dueña de un club de drag queens que vuelve a abrir luego de la pandemia.

En la cantina, bailarinas, bailarines y cantantes juegan al pool. De espalda a las filas de botellas de whisky un lugareño apoya sus codos en el mostrador, y con un control remoto en su mano derecha hace suya la tarea de DJ eligiendo tracks de una carpeta de canciones.

Esteban Casteriana.Foto: Natalia Rovira

Esteban Casteriana.Foto: Natalia Rovira

Suena la pegadiza “Tingilí” de Karibe con K y lo sé con certeza porque todos los datos de la canción, junto a la portada del disco al que pertenece, se pueden ver en la televisión donde se acostumbra a mirar partidos de fútbol.

En la puerta del club se estacionó una moto Vespa. Entre sus ruedas va a parar una botella de refresco de 600 centímetros cúbicos que esta tarde se convirtió en pelota de fútbol para uno de los niños del barrio. Su circuito de imaginado césped continúa dentro del club, eludiendo a dos mujeres que, apuradas, siguen llevando cajas hacia afuera con los vestuarios de cada uno de sus componentes. Pareciera que no terminan más, pero en el fondo todavía queda un montón de ropa para empacar. En perchas relucen un traje de la mujer maravilla y uno con grandes alas de plumas.

En el salón amplísimo donde se han dispuesto sillas y mesas para maquillarse y vestirse, esta tarde el calor es intenso y la escenografía se ha vuelto algo caótica. En el espacio destinado al festejo de casamientos, cumpleaños y campeonatos, ahora está desperdigada por todas partes la enorme cantidad de manufacturas que esta revista utiliza para contar sus historias.

Karina Gavazzi, asistente de vestuario, guarda su caja de herramientas apurada; su rostro gotea transpiración; dice que ya está todo pronto, aunque su responsabilidad continuará detrás de escena, atenta a cualquier inconveniente. “Es mucho trabajo, pero igual es divino”, reconoce, en su primer año en la revista.

Wilson Navarro en el Teatro de Verano. Foto: Natalia Rovira

Wilson Navarro en el Teatro de Verano. Foto: Natalia Rovira

Marihel Barbosa apoya una de sus piernas en una silla para atarse los cordones de sus zapatos, y luego arregla su propio maquillaje en un pequeño espejo. Lleva su pelo rubio en una trenza larga, y prefiere no hablar demasiado. Luego sale afuera a fumar y será de las primeras en subirse al ómnibus.

Sobre una de las mesas, una máquina de tejer marca Panavox descansa un rato junto a una vincha de lentejuelas de color azul que quizás quedó para después, pronta sobre la aguja.

“Esto es magia pura”, cuenta Natalia Sosa, utilera del bailarín Axel Álvarez, sobre el mundo de las revistas en carnaval: “Mi tarea conlleva mucha tensión, pero la disfruto. Los cambios de vestuario son súper rápidos de una escena a otra, y en un segundo hay que desvestir y vestir al artista para que vuelva al escenario impecable”.

Julio de Río, director y fundador del conjunto, actor y bailarín, ya se puso unas botas plateadas como las de Kiss y estará pendiente de cada detalle e integrante del conjunto hasta que todos sus compañeros se vayan del club: “Nosotros vivimos este día con una tranquilidad bárbara”, reconoce: “Eso es fruto de mucho trabajo. Lo que vamos a hacer en el Teatro está muy bien preparado. Después, miraremos el video de la actuación para ver lo que hay para corregir. Pero esto, sobre todo, lo hacemos para disfrutar. Estamos cumpliendo diez años con la revista. Esta es mi familia”, concluye.

“Como siempre, tratamos de reivindicar a las minorías. Esta vez somos un grupo de drag queens que queremos dar a conocer al arte drag, que mucha gente lo confunde con otras muchas cosas”, cuenta sobre la propuesta de Tabú en este carnaval.

Fernando Olita, el otro director del conjunto y responsable del diseño de vestuario y la estética de la revista, cuenta que para sus drag queens tomó referencias de las series de televisión Pose y los programas de RuPaul: “Usamos mucho la exageración, pero también buscamos sugerir cosas a través del vestuario. Estas drags son reinas y cada uno tiene un personaje diferente”. Fernando promete una gran presentación y un gran final, donde predominará el azul francia que eligió para los trajes de los artistas.

Sobre el ómnibus, rumbo al teatro, algunos prefieren ir callados, aunque cerca del destino, los más ruidosos contagian al resto. Una bailarina abre una caja de bombones de chocolate y los tira como sorpresas de una piñata. “¡Ánimo!”, se gritan en forma de chiste, se burlan unos de los otros para aflojar nervios, se abrazan, se besan. Diego toma su guitarra y se va hasta la mitad del bus. Toca “Polvo de estrellas”, de Karibe con K, y todos se suman al coro. Por las ventanillas ya se pueden ver los juegos del Parque Rodó, un partido de vóleibol en la arena de la playa Ramírez y las luces del Teatro de Verano.

A las 22.15 se abre el telón. Un vestido gigante y multicolor toma el primer plano de la escena. Comienza el show de Tabú, la historia del club de Elena. Eso, que así dicho es tan breve, resulta en un music hall, una comedia musical que deslumbra a los presentes como alguna vez lo hizo Uruguay Show o Musicalísima. El repertorio de canciones revive aquella época de oro y también de plena censura. Pero esta noche vuelven a sonar “Dancing Queen”, de Abba, y Rafaela Carrà.

La orquesta de Martín Luzardo también suena como en los 80: vientos envidiables, y una sonoridad que recuerda a parodistas Los Gaby’s.

El teatro está lleno, los rostros del público manifiestan cierto asombro y admiración; tal vez este sea uno de los mejores espectáculos del carnaval y también, como expresa uno de los actores en escena, “un instante de libertad”.