Humberto Benítez Casco fue profesor de literatura y poeta. Nació en Rosario en 1946, muriendo en la misma ciudad en 2004. Cursó estudios de literatura en el Instituto de Profesores Artigas, ejerciendo la docencia en liceos de Montevideo y el interior del país. Mereció diversos premios literarios por parte de la Intendencia de Montevideo (por “Oro”, un segundo premio en 1981, y por el “El Revés de los Signos”, un primer premio en 1982) y por el Ministerio de Educación y Cultura (primer premio en 1990 por “A pesar de la muerte”). Conoció y fue amigo de los poetas Roberto Ibáñez y Sara de Ibáñez. Vivió sus últimos años recluido en su casa, marginado por la sociedad rosarina.

Su primer libro “Cristal y Cristal” (1978), cuenta con un “Pórtico” de Roberto Ibáñez. El citado escritor, en esas páginas, refiere que la poesía de Benítez Casco delata “pasión de la forma, lúcido temblor, inteligencia amistada con el sentimiento, firmeza y finura en el surco vocal, aptitud para calar el océano propio, delicadeza y tersura”. Tanto en este poemario como en el siguiente –“Oro” (1981)–, surge una primera época del poeta, ceñida a los formatos clásicos, como el soneto, participando del mundo estilístico y espiritual de Sara de Ibáñez, Juan Ramón Jiménez o San Juan de la Cruz.

El crítico Alejandro Paternain desde “El Día” (25/05/1978) y “Opinar” (10/09/1981) menciona estas influencias, y aunque distingue motivos personales (“la problemática interior, la experiencia de la soledad, la angustia de quien se siente en un mundo hostil, y a la vez desierto”), señala que aún se está elaborando una voz personal y propia. En el “Umbral” a “Oro” la Prof. María Luz Canosa de Gomensoro prefiere referirse más que a influencia, a una “comunidad espiritual” con los escritores citados. Sostiene: “Algunos críticos han querido verle similitudes con la poesía de San Juan de la Cruz, de Sara de Ibáñez, de Juan Ramón Jiménez, y hasta de Stéphane Mallarmé. Es cierto que estos cuatro poetas son sus maestros y que a Sara de Ibáñez, a quien venera, le dedicó su primer libro, pero no debemos hablar de semejanzas entre ellos, sino de comunidad espiritual, sensible, intelectual y hasta musical. Es erróneo pensar que porque Benítez Casco prefiere las estructuras líricas clásicas (soneto, canción, liras, etc.), y porque trabaja los estratos rítmicos, métricos y fónicos de la lengua a la perfección (tan bien como sus maestros), carece de originalidad”.

La época más madura se inicia con “El Revés de los Signos” (1982), “Pasión de lo Invisible” (1988) y “A pesar de la muerte y otros poemas” (1991). En estos libros aparece con más frecuencia el verso libre –aunque el mismo puede revestir a veces, formas métricas tradicionales– y una mayor depuración y hondura de planteos. Si bien el lenguaje se hace más hermético y metafórico, éste se insinúa con una llaneza que se aleja de cierta retórica barroca, que podía encontrarse en los libros precedentes. Benítez Casco manifiesta un afán de rigor conceptual y estilístico que se hace presente en toda su obra, según lo expresa Ricardo Pallares en el “Exordio” al libro “El Revés de los Signos”. Tanto utilizando el endecasílabo o el heptasílabo, o practicando una poesía “visual” –herencia lejana de Mallarmé– el poeta es consciente de sus elementos constructivos. Elementos que se aproximan a una veta clásica, rehuyendo el “estridentismo” de las vanguardias. Afirma Pallares: “Obsérvese que en este libro [“El Revés de los Signos”] no obstante el verso libre y un ímpetu metafórico mayor, se mantiene en las antípodas del discurso transgresivo de la vanguardia estridentista.” Por eso, al decir de Pallares, surge en Benítez Casco “la evidencia rilkeana de la poesía como oficio y sacrificio”.

Los temas que aparecen en sus primeros libros, vuelven a asomar en los tres últimos: Dios, la soledad, la infancia, el lenguaje, la creación poética. El mundo poético de Benítez Casco es unitario, compacto de principio a fin.

Bajo el soplo místico que lo acerca a Dios (al que se representa como puro silencio o ausencia de sentido en algunos textos), aparece el acto creador para hilvanar los tópicos antes mencionados. Es la palabra la que rescata al ser. Como señalara Heidegger a propósito de Hölderlin, es la voz poética, el canto, lo que despeja el mundo de los signos y llega hasta el ser, atrapando un instante de eternidad. En Benítez Casco aparece esta concepción del poeta, pero problematizada. El ser no queda atrapado en las mallas del signo, sino que vive bajo él, en lo no dicho, en lo insinuado. Toda la creación poética puede vivirse como un fracaso, si no se traspasa la letra para ver aparecer la poesía. En esta lírica, el impulso poético solo surge en el ocaso, en la soledad y la meditación. Comporta un ejercicio de mística, pero con un discurso que se aparta del vértigo, que opta por el rigor y la concreción.

Monodia del caballero de la nieve

Solo por una noche sin frontera.
Solo por una noche, en primavera.
Solo por las ciudades nunca vistas.
Solo entre multitudes asfixiadas.
Solo en el árbol, en el aire solo.
Solo por los desiertos de una página.
Solo sobre la tierra, a la intemperie.
Solo en constelaciones apagadas,
en planetas vencidos, en vacíos
de grito y llanto, y grito y grito y grito.
Solo en la habitación y entre dos luces.
Solo ante un almanaque que se muere.
Solo ante el aire y sus espejos, solo.
Solo ante los marchitos crucifijos
y ante la flor, el canto y su fantasma.
Solo entre centinelas y silencio.
Solo en la guerra y en la muerte solo.
Solo en el otro sueño interminable.
Solo en el hambre y el hartazgo solo.
Solo sobre un cansancio de cometas.
Solo en los ejercicios del puro cautiverio.
Solo sobre estas lágrimas de nada.
Solo dando alaridos en la sangre.
Solo esperando en el umbral divino.
Solo estoy, cara al Sueño, solo y solo.
Solo sobre este extraño continente
de blasfemias y estatuas impasibles.
Solo entre familiares asombrados
que desagotan risas en mi sangre.
Solo hacia el Solo que me espera siempre:
Solo Solo
y
Solo.

(“Cristal y Cristal”)

El alquimista

En vano entre la noche el alquimista
escucha transformar la forma en llama,
o ese gemido en el que se derrama
la esencia de las almas entrevista.

En vano espera que la luz revista
la divina presencia que reclama
y que Dios le revele la ardua trama
que en solitaria búsqueda le asista.

En vano en el silencio busca el oro
que en su palabra more y resplandezca
sin esperar la gloria y su tesoro.

Tal vez entre los ángeles padezca
su cruel destino en silencioso coro
y en las tinieblas de su sangre crezca.

(“Oro”)