Tal vez el desafío contemporáneo no sea “comunicar mejor”, como repite la industria del bienestar emocional, sino aprender a tolerar que el otro tenga vida propia.
Durante décadas, la ficción romántica organizó una sensibilidad en la que el amor se confirma en la elección del otro. Por eso, gestos mínimos de indiferencia pueden activar un dolor que parece exagerado.
Los moldes antiguos ya no alcanzan para contener las formas actuales del deseo. Y cuando el deseo queda por fuera del molde, no desaparece: se vuelve síntoma, pregunta, incomodidad.
No se trata de renunciar al amor ni a la vida compartida. Se trata de desarmar esa idea rígida de convivencia como garantía de plenitud. Quizá necesitemos imaginarnos convivencias más habitables.
Nos enseñaron que todo debe poder editarse, ajustarse, eliminarse. Pero un vínculo con otro ser humano no funciona así. El amor no es una aplicación. No es una estrategia. No es un plan. Es un proceso.