La telenovela del aforo

El coronavirus no fue lo único que mutó en 2021. Su potencial influencia en los espectáculos públicos justificó que esa “perilla” sufriera varias mutaciones a lo largo de los meses. Si Uruguay tuviera una palabra del año, podría ser “aforo”, ya que el porcentaje de espectadores en salas cerradas y lugares abiertos se discutió en ámbitos políticos, de la cultura y del público en general. La posibilidad de un pase verde o “responsable” era rechazada por algunos, mientras se hacían oír actores culturales que observaban que si ya apenas era negocio presentarse con aforo completo, hacerlo con aforo reducido era prácticamente ir a pérdida. Jaime Roos demostró en diciembre que 16.000 personas vacunadas pueden juntarse en un mismo lugar, y algunos cines ofrecen funciones especiales “para vacunados”. Nuevas normalidades.

Cinemateca

Poco tiempo después de haber inaugurado sus espléndidas nuevas instalaciones en la frontera entre la Ciudad Vieja y el Centro, en 2020 Cinemateca Uruguaya fue golpeada por las medidas restrictivas de la emergencia sanitaria. La institución, que se maneja siempre con magros recursos económicos y que tanto brinda a la vida sensible e intelectual de Montevideo, sufrió (junto a todo el sector exhibidor privado) varios meses de cierre, de incertidumbre, de un aforo muy acotado y de retracción del público –en especial el más veterano–. Sin embargo, resistió como institución y trató de seguir funcionando como espacio para la resistencia cultural de todos. En el momento más parecido a una cuarentena, en el que estaba todo cerrado, inventó el ciclo Cinemateca te Acompaña, en asociación con TV Ciudad. Cuando sí pudo abrir, llevó más público a sus funciones que ningún otro complejo de salas de cine en Uruguay durante el receso pandémico. Junto a Sala B, privilegió especialmente el cine uruguayo. Además, este año inauguró un magnífico sitio de streaming, +Cinemateca, que, entre una muy variada oferta, tiene secciones dedicadas al cine uruguayo, latinoamericano, dirigido por mujeres, vinculado a los derechos humanos, y mucho más. Esta actividad fue coronada, casi al terminar el año, por el 39º Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay, que aun realizado en forma especialmente restringida, brindó un aluvión concentrado de cine interesante. Entre las ganadoras de distintos premios estuvieron la francesa A tiempo completo (Éric Gravel), la española Quién lo impide (Jonás Trueba) y las rumanas Sexo desafortunado y porno loco (Radu Jude) y Poppy Field (Eugen Jebeleanu).

Celuloide celeste

La pandemia tuvo que ver, por supuesto, pero lo cierto es que la cartelera cinematográfica llegó a exhibir ocho producciones uruguayas en la misma semana. Este hito, celebrado por la inmensa mayoría de los involucrados, permitió poner de manifiesto que esa cosa llamada “cine uruguayo” hace rato que dejó de estar encasillada en una clase de historias con un ritmo en particular. Documentales y ficciones, dramas y comedias llegaron con una buena factura técnica en general y se pasearon por el circuito comercial y por las salas especializadas. En 2022 se regresará a estrenos más escalonados, pero el público ya habrá comprendido que el cine nacional tiene una enorme oferta de géneros y sentimientos para transmitir.

Se reabre el telón

Julio fue el mes en el que empezó a avizorarse un suave regreso a algunas normalidades. La caída de los casos diarios de covid-19 llevó al gobierno a anunciar el regreso de los espectáculos públicos, lo que fue recibido en el ámbito del teatro como una buena y necesaria noticia. Todavía quedaban incógnitas, pero al menos los elencos tenían el optimismo suficiente como para comenzar o retomar los ensayos. En el caso de las salas de la Intendencia de Montevideo, la reapertura fue a otro ritmo porque se resolvió tomar en cuenta el Índice de Harvard.

Muestra retrospectiva de Manuel Espínola Gómez, el 17 de agosto, en el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo.

Muestra retrospectiva de Manuel Espínola Gómez, el 17 de agosto, en el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo.

Foto: Javier Calvelo, adhocFOTOS

Para muestra basta una muestra

Entre agosto y noviembre el Museo Nacional de Artes Visuales celebró los 100 años de Manuel Espínola Gómez (1921-2003) con El mirador cavante, una retrospectiva que contempló todas las épocas estilísticas de su obra. Entre piezas del acervo del museo y cesiones de colecciones privadas, los espectadores pudieron disfrutar de casi 200 creaciones entre pinturas, obra en papel y labores gráficas de “uno de los artistas uruguayos más importantes de la segunda mitad del siglo XX”, en palabras de su colega Oscar Larroca, curador de la exposición.

En el terreno de las artes visuales también deben destacarse la retrospectiva de Dumas Oroño (museo Blanes), la performance Grave, de Cecilia Vignolo y Alejandro Vera (Centro Cultural Terminal Goes), el Premio Figari a Linda Kohen, la exposición del Premio Montevideo (Subte, todavía abierta) y el libro del recientemente fallecido Juan Fló Joaquín Torres García en la crisis del arte moderno (Estuario).

Fernanda Trías y Cristina Peri Rossi

Los premios, muchas veces, sirven para anclar en el tiempo un estado de la cultura difuso. Las distinciones que recibieron Cristina Peri Rossi y Fernanda Trías no sólo vienen a asegurar el sitio de dos carreras en distintos momentos de desarrollo, sino también el postergado reconocimiento a las escritoras uruguayas. Trías recibió aquí el Bartolomé Hidalgo y el premio en Narrativa del MEC, y en México, el Sor Juana Inés de la Cruz. Peri Rossi fue declarada ciudadana ilustre a mediados de año, y fue un pequeño aviso de lo que ocurriría en noviembre, cuando se le otorgó el Cervantes, es decir, el mayor premio a la literatura en español.

A premios

Este año los premios literarios fueron más noticia que en años anteriores, casi siempre por las razones correctas. La Cámara Uruguaya del Libro entregó su Premio Bartolomé Hidalgo en el marco de la Feria Internacional del Libro, distinguiendo obras de dos años debido a la pandemia de público conocimiento. Hugo Achugar fue quien recibió el premio a la Trayectoria, mientras que el premio Revelación fue para Gonzalo Baz. El Premio Onetti, por su parte, sobrevivió a rumores de que no se realizaría, y se aumentaron los montos en dinero para las obras premiadas al tiempo que se prometió mejorar su difusión para 2022. Por último, la Dirección Nacional de Cultura también se puso al día y entregó sus Premios Nacionales de Literatura, de Ensayo y Difusión Científica y Ópera Prima, reconociendo trabajos éditos e inéditos de 2019 y 2020. Hubo muchas, pero muchas personas contentas.

Corea del Netflix

Mientras las plataformas inventan y reinventan sus formas de medir el rating de la televisión a demanda, hay un elemento que suele señalar el éxito de una serie o una película: que se vuelva tema de conversación. Y este año, durante el tiempo transcurrido entre que Netflix libera una temporada entera de una de sus apuestas hasta que hace lo mismo con la apuesta siguiente, el mundo habló de El juego del calamar, que entre sociedades secretas y pruebas mortales mostró cómo hay un montón de gente dispuesta a arriesgar su vida para llegar a fin de mes. Amada y odiada (como cualquier producto hipermasivo), logró colarse en algunas listas de lo mejor del año. Esto último quizás sea un poco exagerado.

Florencia Núñez

Florencia Núñez se convirtió este año en la primera mujer en ganar el premio Graffiti en tres de sus categorías principales: Canción del año, Álbum del año y Mejor producción; en 2018 había sido la primera en conquistar el premio a mejor compositora. Estos nuevos galardones le dieron un nuevo impulso a su proyecto multimedia Porque todas las quiero cantar. Un homenaje a la canción rochense. En principio iba a ser sólo la película que se estrenó en el 38° Festival de Cinemateca, pero la fuerza de las canciones impulsó el disco que incluye “En tu imagen”, “Contigo y en el palmar” –la canción del año según los Graffiti–, “Poema a las tres”, “Mar Atlántica”, “Un lugar de medio locos y “Canción del camaronero”, más seis piezas compuestas junto a Nicolás Molina para la música incidental de la película. Las versiones de Núñez se alejan de lo folclórico pero no pierden el alma, el salitre, el sabor a butiá y los adoquines, como si fuera una mano tendida desde el pop para quien quiera adentrarse en el universo musical rochano, demostrando que hay un sonido, una mirada y una forma de decir propia del palmar. La enrulada guitarrista se suma así a colegas como Mon Laferte y Natalia Lafourcade, entre otras tantas músicas del continente que tienen un pie puesto en el futuro de la música y el otro en las raíces, en los ritmos y en el cancionero latinoamericano.

Jaime Roos durante su presentación el 17 de diciembre, en el estadio Centenario.

Jaime Roos durante su presentación el 17 de diciembre, en el estadio Centenario.

Foto: Ernesto Ryan

Medio siglo de espera

El lugar común se mantendrá para siempre, no sólo porque Mediosiglo fue el recital más pospuesto del que se tenga memoria, sino porque su recuerdo será imborrable para todos los que estuvieron en la tribuna Olímpica viendo a Jaime Roos y su selección nacional de la música. Con un repertorio que tuvo muchísimos hits (y aun así cada espectador sintió la falta de tal o cual tema), el cantautor uruguayo se reencontró con su público, con su música, con su ciudad y con un montón de emociones que hicieron que muchos se sintieran más contentos por la alegría de Jaime que por la propia.

L-Gante

La historia del pibe que sale de la pobreza y llega al estrellato es prácticamente un cliché, pero pocas veces en la historia de la música argentina (salvo por Rodrigo o Gilda) se dio un fenómeno tan meteórico (y mundial) como el de Elián Ángel Valenzuela, un chico que en sólo un año pasó del barrio de Rodríguez a la Casa Rosada. En 2021 fue casi imposible decir la palabra “elegante” sin que alguien la complementara con “keloké”. La canción “Villarap”, por su parte, cristalizó un lunfardo, canonizó un ritmo (el RKT) y se convirtió en la promesa de todo lo que bailaríamos cuando terminara la pandemia. Pero endemientras, con sus amantes y detractores, la voz monocorde pero llena de flow de L-Gante siguió salpicando desde celulares latosos en los ómnibus, goteando como óxido de los balcones, chorreando desde las ventanillas de los autos.

Desfile inaugural del Carnaval (archivo, enero de 2020).

Desfile inaugural del Carnaval (archivo, enero de 2020).

Foto: Ernesto Ryan

Que siempre volverá

Cada retirada de murga, casi sin excepción, tranquiliza al público avisando que el dios Momo regresará el próximo febrero. La promesa no pudo cumplirse en febrero de 2021, pero el Concurso Oficial de Agrupaciones Carnavalescas (qué tupé) tendrá una nueva edición este verano, algo confirmado por autoridades de la Intendencia de Montevideo allá por agosto. Como en el caso de otras actividades culturales, resta definir algunos detalles de logística y de sanidad, pero la prueba de admisión ya estableció qué conjuntos competirán por los premios. Y habrá Más Carnaval, literalmente, porque con ese nombre se anuncia un circuito alternativo de agrupaciones que dejarán de lado el concurso, pero no el paseo por los barrios.

Cine del mundo

Amor sin barreras (West Side Story, Estados Unidos), dirigida por Steven Spielberg, fue lanzada con enorme expectativa. Fue una de las superproducciones cuyos productores se rehusaron a malgastar con un deslucido lanzamiento por streaming en la época en que todos los cines estaban cerrados. El público, por desgracia, no respondió a la cortesía y la película fue un fiasco en la boletería. Es una injusticia, pero es entendible. Se trata de un producto extrañamente híbrido. Está basado en el famosísimo musical de 1957 (que era, a su vez, una versión modernizada y proletarizada de Romeo y Julieta de Shakespeare), con referencias a la oscarizada versión cinematográfica de 1961 (Robert Wise y Jerome Robbins). La nueva versión es muy fiel al espíritu de sus referentes históricos. No hay nada aquí de revisión irónica posmodernista: es un musical-musical, una historia de amor romántico imposible que termina en forma trágica, portadora de una moraleja contra las discriminaciones y enfrentamientos étnicos. La música es la original de Leonard Bernstein, con sus toques de modern jazz. Las diferencias conceptuales están en la mayor carga crítica de esta versión, de acuerdo con los tiempos: el costado político de la resistencia portorriqueña está más enfatizado, los actores que hacen de portorriqueños son latinoamericanos de verdad, los “blancos” no son meramente irlandeses sino un menjunje que comprende también eslavos e italianos, la lesbiana aquí se convierte directamente en un muchacho trans (actuado por une acter no binarie). La realización es de una belleza visual estremecedora, y Spielberg hace gala de algunos de los movimientos de cámara mejor urdidos, más potentes y dramáticamente eficaces del cine reciente. Lo que quizá sea irrecuperable sea cierto componente de autenticidad, que tiene que ver con la contemporaneidad de los estilos musicales, dancísticos y de actuación: por más técnicamente solventes que sean los artistas de esta nueva versión, los músicos, bailarines, cantantes y actores de la película de 1961 tenían un punch que sólo se obtiene en medio de la excitación de estar ejerciendo una estética viva y fresca, integrada a su cuerpo. Pero no debe haber sido este el motivo del fracaso. Quedó claro que la mayoría de la población en edad activa ya no se sensibiliza con este formato de musical. Para quienes sí son capaces de sintonizar, Amor sin barreras es un objeto emotivo, virtuoso, impresionante.

Mano de obra (México) es la ópera prima de David Zonana. Superpone un estilo clínico, pulcro, austero, cortante, rígido, minimista, meditado, nada florido, con los personajes y la situación de los obreros mexicanos y su estética vital más colorinche y ornamentada, su inclinación a lo informal, su oficio polvoriento y su condición de vida relativamente precaria. El contraste es más grande porque lo que se muestra de esos obreros parece ser muy “realista”: casi todos los personajes (salvo el protagonista, Francisco) están actuados por no actores que son obreros en la vida real. Su comportamiento es natural, no hay ninguna estetización detectable en los gestos o la puesta en escena. Esa diferencia es como la proyección de otra, aún más notoria, entre elementos que están frente a la cámara: los obreros y la casa que están construyendo. Esta es moderna, cosmopolita, pintada de un blanco hospitalario, de líneas claras, destinada a ser amueblada con piezas que tienen las mismas características. Esa casa, que podría estar en cualquier barrio moderno y opulento del mundo, choca con la fisionomía de los obreros y los barrios en los que viven, que son tan pintorescamente mexicanos. La anécdota sigue un curso impredecible y curioso. Al inicio parece un drama de denuncia social sobre la condición proletaria, pero pronto se convierte en una disquisición mucho más compleja e interpelante sobre los mecanismos del poder, mientras que las características del estilo generan el gratificante juego secundario de apreciar las cualidades formales tanto como el transcurrir de la anécdota.

¿Quién lo impide? (España), de Jonás Trueba. A esta altura, Jonás Trueba es para Cinemateca Uruguaya un amigo de la casa, y los que han mantenido firme su asistencia a los festivales que se dan año a año pudimos casi verlo crecer cinematográficamente en tiempo real. Luego de las inevitables referencias a Rohmer que circulaban alrededor de sus primeras películas, Trueba fue consolidando un universo cada vez más propio y a la vez más libre. ¿Quién lo impide? es, quizás, la apuesta más alta que haya dado hasta el momento: tres películas sobre la adolescencia, armadas por dispositivos muy diferentes, y con distintos grados de separación entre la autorreflexión y la puesta en escena, lo ficcional y lo documental. La primera es una cuasi-ficción en la que los personajes que hacían de chicos en La reconquista se encuentran con sus versiones adultas de la misma película (hay, ahí, uno de los más bellos retratos del despertar artístico de un adolescente que se haya llevado a pantalla); la segunda es el documento de un viaje de egresados a Andalucía (pero en el que los jóvenes interpretan personajes y después tienen lugar para discutir lo que vieron); y la tercera es un registro más objetivo e intocado de testimonios de ellos, con un dejo del cine de Eduardo Coutinho. Uno de los retratos más completos e inteligentes sobre lo que es ser adolescente en esta última década.

Sexo desafortunado y porno loco (Bad Luck Banging or Loony Porn, Rumania), de Radu Jude. Responsable de la brillante No me importa que pasemos a la historia como unos bárbaros, Radu Jude se ha erigido como el comentador político más furioso, audaz e iconoclasta de la última década, casi lo que Jean-Luc Godard fue a los 60. En Sexo desafortunado y porno loco presenta, casi como mera excusa narrativa, la historia de una profesora cuya vida se altera luego de que se filtra a la web un sextape que la tiene como protagonista. Sin embargo, lo verdaderamente fascinante ocurre en los bordes: un capítulo que funciona como una especie de enciclopedia política incendiaria; el retrato de Bucarest (esta es de las pocas películas actuales en que el uso de tapabocas se lleva hasta sus costados más absurdos) como un lugar crispado, casi alérgico a sus mismos habitantes; un juicio de padres molestos que parecen decir que lo mancillado y “pornificado” es la verdadera historia de Rumania.

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