Entre los peores momentos de la carrera del músico Dave Grohl convendría ubicar su actuación humorística en el videoclip “Learn to fly” de Foo Fighters; entre los mejores, aquel en el que decidió que la actuación de Nirvana, en su ingreso al Salón de la Fama del Rock and Roll de 2014, fuera sólo con vocalistas femeninas, ante la ausencia del cantante y fundador de la banda, Kurt Cobain (1967-1994).

La fórmula volvió a repetirse este 30 de enero, cuando, luego de una larga lista de números consagrados sobre el escenario del viejo Forum de Los Ángeles –entre ellos, Stevie Wonder, Red Hot Chili Peppers, Lady Gaga y Billie Eilish–, el bajista Krist Novoselic, el guitarrista Pat Smear y el baterista Grohl cerraron sorpresivamente el concierto benéfico Fire Aid, con otra actuación de Nirvana salvajemente memorable.

En esa noche angelina, St. Vincent supo mezclar su gracia con la crudeza requerida para la excepcional velada en su interpretación de “Breed”, superando los problemas técnicos del comienzo. Joan Jett olvidó parte de la letra de “Territorial Pissing”, recibió una ovación y no fue menos encantadora. Violet Grohl, la hija del baterista, resultó todo un hallazgo. Kim Gordon, por su parte, volvió a jugar en otra liga, en su esencial presencia junto a los retirados célebres del grunge.

La artista plástica, excantante, bajista y guitarrista de Sonic Youth se hizo cargo de “School”, un tema de Nirvana originalmente incluido en su disco Bleach (1989), cuya letra juega con la mala suerte y el encierro ¿del sistema escolar, social?

Pat Smear tocó el riff retorcido y burlón del comienzo. La frontman, vestida de saco, pollera, camisa y corbata, aulló el “no receso” sufrido, sumó algo de distorsión con su guitarra y sin ningún otro ingrediente escénico despertó una esperanza olvidada.

Fue después que fui a buscar, no sé bien qué, en las imágenes del documental 1991: The Year the Punk Broke (Dave Markey, 1992): Kurt Cobain y Kim Gordon bailan torpemente sobre las vías de un tren unas rimas de rap improvisado y tonto lanzadas de la boca de Thurston Moore durante un descanso de la gira europea que Sonic Youth y Nirvana compartieron ese año. En otro momento del backstage, la rubia se toma el trabajo de maquillar el rostro de la emergente estrella de rock con el esmero de un asistente profesional y el compromiso de alguien incluso más cercano. “No estoy segura de por qué, pero sentí un inmediato parentesco con él”, admite la artista en su autobiografía Girl in a Band: A Memoir (2015); “era una de esas conexiones mutuas del tipo ‘puedo decirte que eres una persona súper sensible y emocional’”.

Alunizaje grunge

Una sensación puede olvidarse casi por completo, o renacer en el instante menos pensado, con ramificación y detalles de precisión. Estoy convencido de que lo que pasa cuando vuelve a tocar Nirvana no es nostalgia; hay mucho más, algo parecido a un episodio traumático y trascendental, como aquel que vio en vivo al primer hombre sobre la Luna y todavía conserva una impresión del relato mediático, o de la foto cotidiana del momento.

El día que vi a Nirvana por primera vez –en el videoclip de “Smells like teen spirit” en el programa de tevé Control remoto, de Canal 10– sentí un enojo incomprensible y el gusto de la amargura. No mucho después fui a buscar un buzo roto de lana al ropero para ir al liceo.

Algo parecido me pasó 20 años después cuando Sonic Youth visitó Montevideo y actuó en el Teatro de Verano, el 8 de noviembre de 2011. “En Uruguay tuve que hacer un dueto con Thurston [Moore] en otra de las primeras canciones, ‘Cotton Crown’. Su letra trataba sobre el amor, el misterio, la química, los sueños y permanecer juntos. Básicamente fue una oda a la ciudad de Nueva York, pero yo estaba demasiado molesta para encarar esa canción y Thurston tuvo que terminar solo”, escribió Kim sobre aquel día, que, casualmente, tuvo el marco ideal –Montevideo– para concluir uno de los últimos días de la pareja, al tiempo que las señales anunciaban el fin definitivo del grupo, justo frente a la concurrencia del Ramón Collazo.

La noticia de la muerte de Kurt Cobain me la dio mi abuela un sábado a la mañana cuando todavía no me había despertado. Me preguntó si yo sabía de un músico de fama que acababa de matarse.

De la mano de Kurt Cobain, la música volvía a mover las placas tectónicas de la tierra, como antes lo habían hecho Elvis y los Beatles, desacomodando a su paso una, dos, tres generaciones con una furia nacida de la incomodidad, y eso nunca más volvió a pasar.

Para encontrar algo mínimamente parecido hubo que esperar hasta el 10 de abril de 2014: Kim Gordon se sumó a Grohl, Novoselic y Smear en una versión de “Aneurysm” totalmente desubicada en tiempo y espacio y salida directamente de las tripas.

Kim Gordon vomitó una muchedumbre de saltos y gritos contenidos, en una especie de improvisado exorcismo frente a gente vestida de esmoquin y en sintonía con la música redescubierta de una banda frescamente agria. “Fue emocionante y aterrador. No creo que deba participar en una experiencia como esa otra vez”, contaba la cantante sobre el episodio, en una entrevista del periodista estadounidense Evan Smith, de 2015.

“Lo de ellos eran buenas melodías y disonancia”, decía Kim sobre la música de Nirvana, y podría estar hablando de Sonic Youth, pero ¿qué más tenían en común ella y Kurt Cobain?, o la pregunta correcta sería: ¿de qué estaba hecha esa conexión tan fuerte entre los dos?

Conexión sensible

Hay pistas para entretenerse. El documental Kurt Cobain: Montage of Heck (Brett Morgen, 2015) sirve como buena puerta de entrada para conocer algo sobre la vida del músico de Aberdeen, aunque todo lo que allí aparece podría equivaler a un solo vistazo de la versión de “Where did you sleep last night”, en el final del especial MTV Unplugged de Nirvana, o a la escucha del álbum In Utero (1993).

Sobre Kim Gordon, a quien alguna vez el periodista y músico Tüssi Dematteis definió como “una bomba de ilusión sexual” y “el lado oscuro del deseo rockero”, conviene acercarse a través de las letras de sus canciones compuestas para Sonic Youth –“quería saber la dimensión exacta del infierno. ¿Suena esto simple?”, se pregunta en “The Sprawl”, incluida en el álbum Daydream Nation (1989)– y de sus recientes trabajos editados como solista, especialmente su álbum The Collective (2024). Por qué no ir directamente a su encuentro en el concierto que la artista brindará el 28 de mayo en el estadio Obras, en Buenos Aires, luego de su cumpleaños número 72, y en el marco de una gira en la que también llegará a Chile y Brasil.

Los gustos musicales de Kim y Kurt se cruzan en los Stooges de Iggy Pop, en bandas más contemporáneas de los dos como los íntimos Mudhoney, o los Pixies, en la mutua admiración por sus propios grupos, y hasta ahí, a grandes rasgos, la coincidencia de discotecas.

El ruidoso y conflictivo rubio fue, sobre todo, un gran admirador de los Beatles, mientras que Kim siempre se quedó con la carrera solista de Yoko Ono. En esa misma sintonía, la chica sónica sigue nombrando a John Cale y Glenn Branca como grandes influencias, a bandas de pospunk disonantes y menos conocidas como los neoyorquinos DNA, y el rap minimalista de Nas (en Illmatic, de 1994)) y Vince Staples.

No obstante, existe un espacio en que sus creaciones individuales se encuentran en una búsqueda, o punto de partida, similar que despierta la ilusión del lazo espiritual o, al menos, definitivamente artístico.

Hay algo inquietante en ambos, un temblor propio y el temblor que los dos han sabido provocar con su música en no pocos especímenes de la raza humana. Un poco Kim se lo adjudica a una abuela materna, a la primera vez que vio el film Chinatown y al descubrimiento de un desierto bajo sus pies.

“¿A dónde van los malos cuando mueren?/ No van al cielo, donde vuelan los ángeles/. Van a un lago de fuego y se fríen”, canta Kurt cuando versiona a sus preferidos Meat Puppets en “Lake of fire”. ¿Lo suyo? “Debajo del puente, la lona tiene una gotera/ Y los animales que he atrapado se han convertido en mis mascotas/ Y estoy viviendo de la hierba y de los goteos de mi techo”, susurra en la devastadora “Something in the way”, incluida en Nevermind (1991).

En el ruido, la disonancia, la distorsión o incluso en la discordante aparición de una melodía que envidarían los Beach Boys, ambos artistas lograron ir más allá de la mayoría, con o sin conciencia o voluntad. A los fines del consumidor poco debería importar si fue por angustia existencial, para escapar del rechazo, la soledad y el desamparo, o por la natural atracción hacia la oferta turística de un abismo como el descrito por Edgar Allan Poe en su cuento “Un descenso por el Maelström”: “La montaña temblaba hasta su base, y la roca se bamboleaba. Me arrojé de cara contra el suelo sujetándome de las escasas hierbas, en el exceso de mi agitación nerviosa”.

“Como perfórmer, Kurt era increíblemente carismático y extremadamente conflictivo. En un minuto podía tocar una linda melodía y en el siguiente destrozar todo su equipo de sonido. Personalmente, me gusta cuando las cosas se desmoronan. Ese es el verdadero entretenimiento, deconstruir”, asegura Kim en sus memorias.

Grabaciones recomendadas

» The Collective, Kim Gordon (2024). En su segundo disco solista, la artista amante del ruido escribe con un cuchillo. Alguna de sus canciones no desentonaría en un show de Tyler The Creator, aunque aquí cuesta encontrarse con algún motivo de fiesta. “Bye bye” es una lista de objetos acompañantes en la era del consumo interminable. La música es maquinal, de un ritmo a veces preciso, a veces líquido y oscurísimo, una mezcla de trip-hop al estilo Tricky pero nada elegante, aunque se puede bailar con movimientos robóticos.

» Bad Moon Rising, Sonic Youth (1985). Lo insoportablemente esnob e intelectual de la banda neoyorquina aquí todavía no emergió en su versión más refinada. La experimentación lúdica todavía está cerca del punk y del pifie y de ahí salen espantos (en el mejor de los sentidos) y colgadísimas sucesiones sonoras como las de “Ghost bitch” y “Satan is Boring” y la febril “Death Valley '69”, con la participación especial de Lydia Lunch. El verdadero rock diabólico.

» Live at the Paramount, Nirvana (2011). Esta grabación en vivo pertenece al concierto que Nirvana dio el 31 de octubre de 1991 en el teatro Paramount, de Seattle, y fue editado originalmente en los formatos DVD y blue-ray con notable calidad de imagen y sonido. El registro da cuenta del comienzo mismo de la explosión del grupo y sobrevive como la postal que más se le acerca a la versión más favorable del mito.

Kurt Cobain, Dave Grohl y Krist Novoselic tienen tanta energía como los primeros Ramones. Más de 30 años después, su música sigue erizando la piel con el vértigo de un robo a mano armada. La banda suena increíblemente ingeniosa e inspirada en las beatleras “Drain You” y “Territorial Pissing”, y avisa todo lo que viene en “Come as you are”. Imprescindible.

.