¿Existe un mundo virtual diferenciado del mundo real? Los cientos de millones de personas que, de una u otra manera, transmiten sus vidas a través de redes y plataformas como forma de sustento económico podrían ubicarse en un limbo entre la vida y la ficción, que todavía es difícil de definir. Los sociólogos, psicólogos y teóricos de la comunicación no terminan de acotar el territorio en el que se mueven y en el que son percibidos.
Lo que sí se sabe es que cuanto más personalizada sea la comunicación y más auténtico resulte el personaje, más adicción genera en los espectadores. El que se muestra ante las cámaras debe ser alguien. Es frecuente, por ejemplo, que los creadores de contenidos temáticos o divulgativos abran un segundo canal o formato, en el que hablan de sus vidas como forma de fortalecer los lazos con sus comunidades.
Hace apenas unos años, las críticas iban dirigidas a que se hacía pasar como real algo que, en el fondo, estaba excesivamente diseñado, o fingido. Se conocen muchísimos casos de estafas con supuestas enfermedades mentales o físicas, falsas donaciones, profesionales que no lo son y explotación infantil. A partir de esas críticas se fue fortaleciendo otra tendencia, la de encrudecer el material, exhibir lo bizarro, lo sucio, lo desequilibrado, lo antiestético, que terminó convirtiéndose en una fórmula de éxito casi inmediata.
Cuanto más privado y grotesco es el contenido, más rápido es el crecimiento de la comunidad de seguidores y el apoyo económico. La contracara es que para producir mierda suficiente como para satisfacer al público es necesario vivir mucha mierda. De ahí a quedar atrapados en el personaje sólo hay un paso. El estímulo de la fama y el reconocimiento de cualquier índole, la ambición por un dinero que, en una especie de círculo vicioso, sustenta el estilo de vida que se quiere vender y la necesidad de llenar horas y horas de contenidos que les garanticen la visibilidad se combinan en un coctel tóxico y adictivo.
La violencia y la humillación forman parte del entretenimiento y del humor desde mucho antes de que siquiera existieran los medios digitales. Pero hay elementos que hacen estos contenidos especialmente perturbadores. A pesar de que muchos creadores alegan que todo es un juego, y por lo tanto una ficción, está presentado como si fuera real, transmitido en directo, en escenarios cotidianos, aparentemente sin guion, a menudo sin contexto ni temática, apelando al morbo, la anonimidad y el sentido de pertenencia de la audiencia.
Según el sociólogo Nathan Ferret, la audiencia de Jean Pormanove y ese tipo de canales era mayoritariamente masculina, joven y con bajos niveles de educación. Es un segmento de la población en el que la violencia ritual ha tenido históricamente un rol relevante en la creación de identidad y que, en la actualidad, se encuentra particularmente afectado por factores como la deshumanización de la economía, la racialización y la revisión de las masculinidades, convirtiéndose en la cantera más prolífera de las derechas y ultraderechas en Europa.
Alias Jean Pormanove
Raphaël Graven, exmilitar nacido en 1979, decidió seguir su sueño de ganarse la vida con su tiempo libre. Creó el personaje de Jean Pormanove, o JP, y abrió un canal en el que, en principio, se dedicaba a jugar videojuegos frente a la pantalla, y ganó una audiencia importante en los primeros años. Pero, por alguna razón, terminó trabajando 24/7 y sacando de la ecuación su salud y su integridad.
Desde que el canal pasó a la plataforma Kick en 2024, donde era administrado por otra persona, el contenido consistió exclusivamente en juntarse con un grupo de jugadores en una dinámica de dos equipos, en la que unos maltratan, hostigan y se burlan de los otros, al compás de los vaivenes del juego, las sugerencias de los espectadores, o sin razón alguna. Alcanzó los 170.000 seguidores y un promedio de entre 10.000 y 15.000 visualizaciones por transmisión. El protagonista absoluto era JP y sus reacciones irritadas, ante las que todos menos él reían histéricos en el estudio (y en sus casas).
Había también otro personaje del grupo de los hostigados. Bajo el nombre de Coudoux, un joven con discapacidades intelectuales constatadas (recibe beneficios estatales relacionados) funcionaba como bolsa de boxeo en una actitud más pasiva pero complementaria, y su condición era comentada cada tanto como motivo de burla.
En el caso de JP, en cambio, se desconoce si padecía alguna disfunción concreta, aunque era igualmente percibido y (des)calificado por esa razón en la dinámica de grupo. Es notoria la vulnerabilidad física y psicológica que lo distingue de sus agresores: un hombre de 46 años, extremadamente delgado, irritable, torpe y de hablar entrecortado. Del otro lado, el equipo se forma de dos o tres (a veces más) varones jóvenes, fuertes, sanos e impositivos en su actitud física y verbal.
La noche del 5 de agosto el grupo inició una maratón de transmisión en vivo que duró 12 días, en los que los dos hombres fueron agredidos, principalmente JP, que fue blanco de diversas formas de abuso y ridiculización imposibles de contar en detalle. Hubo golpes, puñetazos, insultos, disfraces humillantes, descargas eléctricas, ahorcamientos, privación de sueño, ingestas forzadas (la descripción completa la hizo Youmni Kezzouf en un artículo publicado en mediapart.fr el 20 de agosto). A lo largo de los días, JP amenazó varias veces con irse, con llamar a la Policía, se quejó de dolores y pidió que se contactaran servicios médicos. Todas estas acciones le fueron impedidas y utilizadas para más burlas y maltratos.
En las primeras horas del 18 de agosto, Raphaël Graven falleció frente a las cámaras y las pantallas de cerca de 10.000 usuarios conectados.
Antecedentes
En diciembre del año pasado, el medio digital Mediapart denunció al canal Jeanpormanove por los abusos y puso en conocimiento de la situación a las autoridades.
Se abrió una investigación contra dos de los streamers que participan regularmente, conocidos como Safine y Naruto, uno de ellos también administrador del canal, por cargos de incitación a la violencia, violencia contra personas vulnerables y difusión de imágenes relacionadas con la comisión de delitos. Fueron detenidos por algunas horas y se requisaron enormes cantidades de material fílmico.
Y luego no pasó mucho más: algunas declaraciones escandalizadas del alcalde de Niza, Christian Estrosi, un proceso judicial lento y difuso que aún está en curso, gente agarrándose la cabeza. El canal siguió emitiendo sin cambios, y el proceso, más que detener o suavizar los contenidos, le dio visibilidad. A partir de allí, las referencias a Mediapart, a la Policía y al riesgo de cometer delitos fueron banalizados y agregaron un motivo más para las risas y la incitación al odio.
Pero la sociedad tuvo más oportunidades. A principios de julio, el grupo realizó una transmisión en la que daban vueltas en un coche con JP encerrado en el baúl. Poco después, la Policía, que había sido alertada del hecho, se presentó en el local desde donde transmitían. Naruto los recibió y negó los hechos, alegando que eran bromas de los espectadores, que llaman como una forma de intervención, para divertirse contemplando lo que pasa. Poco después se jactó de su mentira ante la cámara y se quejó de los usuarios que hicieron las llamadas.
Ya en agosto, en la primera semana de la última larga maratón de JP, la Policía se presentó dos veces en el local de transmisión por aviso de los espectadores. Otra vez Naruto convenció a los oficiales de que se trataba de una broma, y estos se retiraron, solicitándole que concientizara a la audiencia de no convocar a la Policía inútilmente. Al día siguiente, los oficiales regresaron con la excusa de una documentación faltante –aunque probablemente como visita de control–, hicieron algunas preguntas y se fueron. En apariencia, no chequearon sus identidades ni se enteraron de que las personas señaladas eran parte de una investigación judicial por delitos relacionados con sus actividades de streaming y por cargos que, seguramente, coincidían con la información brindada por los denunciantes.
Lo público y lo privado
La plataforma Kick, con sede en Australia, se lanzó a fines de 2022 sin que los nombres de sus fundadores o inversores hayan sido confirmados. El objetivo de la empresa es competir con gigantes como Youtube y Twitch, a través de una fórmula económica diferente. Ofrece a los creadores el 95% de los ingresos, ha invertido sumas millonarias en pases de creadores estrellas desde otras plataformas y, según ha trascendido, apuesta a la inversión en publicidad de casinos y apuestas en línea, aunque todavía hoy trabaja a pérdida. Su particularidad más destacada es que es altamente permisiva en cuanto al contenido del material. Es decir, mucho dinero y poco control: el caldo de cultivo perfecto para explorar todos los límites imaginables.
Si bien los casos de exposición pública de la miseria con consecuencias nefastas se han acumulado en los últimos años de forma exponencial, el antecedente más difundido y con más similitudes al de Pormanove es el de Valentina Grigórieva, una joven rusa de 26 años que murió en diciembre de 2020. Sucedió en el canal de su novio, conocido como Reeflay Panini, donde habitualmente era sometida a maltratos y burlas presentadas como desafíos, que consistían en agredirla en directo a cambio de colaboraciones económicas. Para complacer a un participante del foro que aportó 1.000 dólares, el hombre la obligó a salir al balcón en ropa interior en pleno invierno moscovita y la dejó allí, pese a sus gritos y súplicas transmitidas en directo durante horas, hasta que murió de hipotermia. El hombre fue condenado a seis años de prisión.
Detalle de la cuenta de Jean Pormanove en la plataforma Kicks.
Sin embargo, el debate público no está centrado en los móviles profundos o banales de este hombre que ya casi ha cumplido su condena, o del que aportó la suma para que el desafío se llevara a cabo, o del resto de las personas conectadas que no emitieron señal de alarma. Esos temas están presentes en foros y comunidades, más como un ejercicio exculpatorio, calificándolos de monstruos o antisociales como si fueran de otro planeta. Mientras, en el discurso político y mediático, el peso cae sobre la necesidad y la capacidad de control de la sociedad sobre los fenómenos virtuales, más que en las razones y la prevención. Es inevitable que el análisis y las posibles conclusiones de estudios antropológicos, psicológicos y sociales lleven mucho más tiempo que el interés y la urgencia del público, sostenidas en el impulso emocional del espanto, sustituido rápidamente por otro igual o más terrible. Sin embargo, casi cinco años separan un hecho del otro, y los ejes de la discusión y los argumentos no parecen haber cambiado gran cosa.
La reconexión, aunque sea tardía, de las valoraciones o sugerencias que provienen del campo del conocimiento con los actores y reguladores de los hechos estudiados resulta, por el momento, débil, contradictoria y muchas veces banalizada en forma de eslóganes hasta perder totalmente su sentido. Un ejemplo claro de esto es cómo el concepto de no culpar ni revictimizar a los que sufren hechos de violencia se usa en ocasiones para criticar políticas o discursos de empoderamiento o a quienes señalan la necesidad de educar contra la sumisión y el fatalismo.
Otro ejemplo es el uso de ciertas palabras como eje de censura. En Youtube, que es una de las plataformas más reguladas, la IA encargada de detectar infracciones a las normativas reacciona ante la palabra “suicidio” imponiendo sanciones económicas o de difusión a los videos en los que aparece. Esto a pesar de que, hace ya largo tiempo, existe un consenso amplio en que la discusión abierta y la posibilidad de verbalizar este fenómeno tienen un efecto mucho más preventivo que promotor, y de que, por otra parte, se calcula que se publica mucho más material con objetivos de prevención o divulgación que de incitación. La razón detrás es, otra vez, el beneficio económico. Según los informes de la plataforma a sus canales, son las empresas patrocinantes las que quieren desvincularse de contenidos entendidos como negativos.
De aquí que cabe cuestionarse si realmente deberían ser empresas privadas con intereses económicos como las plataformas o sus patrocinantes las que regulen la expresión pública de los individuos en canales abiertos, y también si la regulación es efectiva o suficiente. Tampoco se puede dejar de lado cómo afecta la delegación de responsabilidades a los millones de creadores y usuarios que no tienen ninguna intención o mecanismo relacionado con el daño a otros, y cómo compromete el derecho a la libertad de expresión en general.
La justicia, ¿qué justicia?
La tendencia, según muchos exagerada, a la punitividad de las acciones privadas a las que estamos asistiendo en los tiempos actuales viene a compensar una cultura de impunidad marcada por la disparidad de poderes entre individuos y entre colectivos, pero también refuerza el aislamiento, el anonimato y la incapacidad de afrontar los propios conflictos, dejándolos en manos de un ente sobredimensionado, que adquiere una responsabilidad que en muchos casos no puede afrontar.
Todavía entendemos la justicia como valor absoluto y sabio, olvidándonos de que es ejercida por personas falibles e ideologizadas, y de que tiene limitaciones y diferencias culturales y geográficas. ¿Debe intervenir la justicia para proteger a una víctima que se ha puesto voluntariamente en ese lugar a cambio de beneficios económicos, o por la adicción al reconocimiento? ¿Cómo podría intervenir antes de que los hechos lleguen a consecuencias graves e irreversibles? ¿Qué justicia intervendría entonces: la del lugar donde se cometen los hechos, la del lugar desde donde se distribuyen las imágenes, la del lugar donde las personas pagan? ¿Qué dirán los jueces y las leyes de un lugar o de otro sobre las preguntas anteriores?
La Justicia francesa lleva a cabo una investigación por la muerte de Raphaël Graven que va a enfrentar un montón de dificultades. La autopsia primaria determinó que no hay signos de muerte traumática o acción de terceros en el fallecimiento, y se están estudiando en este momento causas médicas y toxicológicas. Parece evidente, visto desde afuera, que es poco probable que una persona de 46 años con antecedentes cardíacos pueda resistir 12 días de trabajo casi ininterrumpido sin el uso (o abuso) de sustancias psicoactivas legales o ilegales, pero será difícil probar que alguien lo obligó a consumirlas. También parece evidente que las condiciones a las que estuvo sometido dificultarían su capacidad de detectar síntomas de algún otro padecimiento o de su gravedad. La conexión entre estas dos cosas, sin embargo, va a resultar débil en un juicio, y no será sencillo determinar hasta qué punto se le impidió salir o pedir ayuda, o si todo formaba parte de una actuación frente a cámaras.
La plataforma que, según leyes francesas y europeas, estaría obligada a moderar o prohibir contenidos que infrinjan la ley no tiene estatus legal como empresa en el territorio europeo. Y la reglamentación exige la revisión de los contenidos una vez publicados, por lo cual será imposible responsabilizarla de una transmisión en vivo o probar que la muerte del streamer sea consecuencia directa de los contenidos anteriores.
El Estado, entonces, ¿podrá ser cuestionado por su negligencia, emplazado a modificar los protocolos, intensificar los controles? Por el momento, las responsabilidades pican como pelota de ping-pong entre organismos como la Autoridad Reguladora de la Comunicación Audiovisual y Digital y la Oficina Anticiberdelincuencia, que dependen de ministerios distintos.
La sociedad
Antes de llegar a la justicia, deberíamos encontrar los caminos adecuados para la intervención de la sociedad, a salvo de la intromisión en la esfera privada y de limitar la libertad de expresión. Es necesario elaborar políticas de prevención desde lo humano, estudiar e intentar revertir las carencias que llevan a la gente a entretenerse de maneras tan crueles y vacías, o a despreciar los límites entre la ficción y la realidad. Una educación popular y masiva enfocada en valores humanos, una reconstrucción de lo masculino que no excluya a los menos privilegiados, así como la creación de contenidos constructivos y respetuosos capaces de competir por la atención del público serían herramientas a considerar. Es decir, apostar sobre todo a los consumidores y aceptar que, en el sistema en el que vivimos, mientras algo produzca dinero fácil, siempre habrá alguien que caerá en la ingenuidad o en la perversión de creer que lo puede manejar sin mancharse. El asunto es quién lo hará.