Hay un momento –difícil de precisar– en el que el cuerpo deja de ser únicamente un instrumento y empieza a convertirse en una pregunta. No ocurre necesariamente con la vejez ni con una enfermedad; a veces llega en silencio. Un gesto que ya no responde igual, una mirada ajena que lee otra cosa, una sensación de desajuste entre lo que se es y lo que se espera.

Vivimos en una cultura que privilegia la potencia, la velocidad y la disponibilidad constante. El cuerpo aparece como algo a optimizar: entrenar, corregir, mostrar, sostener. En ese marco, el cambio corporal suele vivirse como una amenaza. ¿Qué sucede cuando el cuerpo ya no encaja del todo en ese régimen de visibilidad? ¿Qué cuerpos siguen siendo escuchados y cuáles pasan a un segundo plano?

Desde la actuación –un oficio donde el cuerpo es materia sensible– las transformaciones físicas nunca son neutras. No se trata sólo de lo visible, sino de cómo se reordena la presencia: cómo se entra a un espacio, cómo se ocupa el silencio, cómo se sostiene una escena. El cuerpo no es un objeto que se posee; es un territorio que se habita y, a veces, se vuelve extraño.

Ese extrañamiento no es sólo pérdida. Puede ser también una apertura. En el trabajo expresivo con personas mayores aparece con claridad una pregunta que la cultura suele esquivar: ¿en qué momento se nos pide dejar de expresarnos? No porque el cuerpo ya no pueda, sino porque el entorno retira el permiso simbólico para hacerlo.

La vejez, entendida culturalmente, suele leerse desde la falta: de energía, de productividad, de atractivo. Sin embargo, cuando el cuerpo vuelve a moverse sin la exigencia del rendimiento, emerge otra lógica. No una nostalgia del pasado, sino una presencia distinta: atención al gesto mínimo, al ritmo propio, a la escucha. Un cuerpo que no busca ser exhibido, pero insiste en existir.

Pensar el cuerpo como territorio implica reconocer que no todos los cuerpos circulan con la misma legitimidad. Hay cuerpos celebrados y cuerpos apenas tolerados; cuerpos visibles y cuerpos desplazados del encuadre. La juventud, la eficiencia y la normatividad estética siguen funcionando como capital simbólico, mientras otros cuerpos se vuelven incómodos.

En ese sentido, el cuerpo es también un campo político. Político en cómo se habilita o se restringe la presencia; en quién puede ocupar una escena y quién queda fuera; en qué historias se consideran dignas de ser contadas. No se trata de consignas, sino de prácticas cotidianas de visibilidad.

Volver a expresarse –en cualquier etapa de la vida– no es sólo una cuestión de capacidad física. Muchas veces es una cuestión de permiso. Permiso para ocupar espacio, para desear, para jugar, para no ser eficiente. Permiso que no siempre viene de afuera, pero que está condicionado por lo que la cultura valida.

En el Uruguay actual, donde el envejecimiento poblacional ya es un dato estructural, estas preguntas exceden lo individual. Pensar el cuerpo implica también pensar condiciones de acceso: quiénes pueden sostener prácticas culturales en el tiempo, quiénes quedan por fuera cuando los recursos escasean y la autogestión se vuelve la norma.

En un contexto de fragilidad del financiamiento cultural, los espacios comunitarios, los talleres barriales y la escena independiente asumen un rol central. Funcionan como territorios donde todavía es posible ensayar otras formas de presencia, menos regidas por la lógica del mercado. Pero incluso allí persiste un desafío: ampliar la convocatoria y no reproducir las mismas exclusiones.

Tal vez por eso el cuerpo, cuando cambia, obliga a una relectura. No sólo de uno mismo, sino del tiempo que habitamos. El cuerpo pregunta qué espera esta época de él, qué le permite y qué le niega. Y en esa pregunta aparece una posibilidad: ensanchar las condiciones para estar presentes.

Pensar el cuerpo desde ahí –como experiencia sensible y social– no busca respuestas cerradas. Busca ampliar el encuadre. Recordar que el cuerpo no es sólo imagen ni rendimiento, sino memoria, deseo y presencia. Y que una política cultural también se define por a quiénes les damos permiso para estar.