El artista plástico y escritor José Luis Parodi falleció el sábado 3 de enero a los 63 años. Diagnosticado con Parkinson en el año 2000, vivió 26 años con una enfermedad que le restaba dopamina a sus neuronas, privándolo –entre otras cosas– de un neurotransmisor que actúa a nivel cerebral y se relaciona con las actividades placenteras y el bienestar natural del ser humano. No tomaba dopamina, pero afirmaba que la pintura se la generaba. Con el arte, José Luis Parodi trascendió la enfermedad.

“Verlo pintar era un acto heroico, porque muchas veces se le caían los pinceles, se caía él, tenía que sostenerse agarrándose de la pared o de estanterías para ir colocando las cintas. Realmente su cuerpo y sus movimientos quedaban reflejados en los cuadros. La pintura era un registro de las fallas de su cuerpo y de ese intento de mantenerse en pie. Para mí fue una inspiración”, dijo a la diaria la artista visual Camila Lacroze, quien compartió taller con Parodi en sus últimos años.

Comenzó a pintar en 1986 al ingresar al taller Longa, un espacio que recordaba lleno de colores furiosos, en un país con una pintura opresiva como consecuencia de la dictadura. Trabajaba en cinco y hasta diez obras a la vez en su taller.

También encontró refugio en la palabra escrita –quizás por la dificultad en el habla, reducida por la enfermedad–, con un humor ácido que lo acompañó hasta sus últimos respiros. Además de su vasta producción y su activa participación en redes sociales, escribió tres libros: El gorrión de las alas rotas (2019), Dopamina (2020) y Planeta Parkinson (2024). Quería compartir su experiencia para que la ciencia y otras personas tuvieran más herramientas para mejorar.

Llevaba una vida estoica, de extrema disciplina, cuidando su salud. Meditaba todos los días, convencido de los beneficios del mindfulness; caminaba horas descalzo en su jardín y en la playa; se daba baños de mar de día y de noche; comía licuados de verduras verdes cosechadas en su huerta. Así lo relata el pintor Juanito Conte, coautor junto con Parodi del cortometraje El gorrión de las alas rotas, realizado para presentar su libro homónimo. Con una estética outsider casi punk, el artista se muestra en escenas cotidianas y reflexiona frente a la cámara sobre la pintura y el arte, confirmando la contundencia de su obra. “Pintar es sacar la esencia que está tapada por escombros, es esculpir el tiempo”, dice Parodi en el video, sin esconder su admiración por Andréi Tarkovski.

El actual coordinador del Instituto Nacional de Artes Visuales, Martín Craciun –uno de los jurados del Premio Nacional 2020– explicó a la diaria que decidieron otorgarle uno de los cinco premios por su serie de retratos, acompañados por un video donde se veía al artista que, a pesar de sus extremas dificultades, pintaba y dibujaba con placer. Para Craciun, ese premio inscribió a Parodi en la historia del arte institucional uruguayo. Sobre su muerte, señaló: “Se nos va un creador y un amante del arte, porque José Luis creía realmente en el arte, en su poder transformador y en su capacidad de hablarle al espíritu”.

“El artista busca desesperadamente recuperar la esencia que se escurre, siempre jaqueada, cada vez más en peligro”, dijo Parodi, sin anestesia, en una entrevista en el Centro de Exposiciones Subte.

Vivía en Punta del Este y estaba permanentemente conectado con el universo de la pintura: redes sociales, mails, chats. Expuso en el Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV) con la individual Wonderful Life (2012), en el Espacio de Arte Contemporáneo, en Kiosko, en la librería La Licorne, en Marte Upmarket, en el Subte y en muchos otros espacios. Seguía atentamente los certámenes de arte, celebraba los éxitos de sus colegas y los apoyaba con análisis y humildad.

Durante su muestra individual en el MNAV, en el catálogo titulado “José Luis Parodi y el Tipo” –su álter ego–, dijo sobre el Parkison y la dopamina: “Hace 12 años que lo tengo y no la tomo; sí, en cambio, otras cinco pastillas más suaves que potencian y protegen la dopamina que el cerebro aún produce. La explicación que encuentro es que la pintura genera en mí dopamina”.

En 2019 fue operado en Buenos Aires y Fernando López Lage, también exalumno de Longa, explicó que le colocaron un implante neuroestimulador: “Parodi no lleva tecnología, es tecnología. Es un humano 2.0”, dijo. Apenas salió de la operación, Parodi escribió Dopamina, donde se presentaba como un “cyborg-humanoide” y confesaba que no sabía cuánto duraría el efecto, “si será para siempre o si me apagaré de golpe como los androides de Blade Runner”.

En sus últimos tiempos se definía expresionista, con dos líneas de trabajo: personajes cartoonizados y alienados, y un enfoque constructor, heredado de su formación en ingeniería estructural, trabajando por capas, con cintas y espátula. En los últimos tiempos había vuelto al color tras un largo período en blanco y negro.

Nos quedan sus cuadros y sus libros, con todas sus capas, para emprender nuestros propios vuelos, compartiéndonos todo lo que su experiencia de vida, estudios y cultura nos quiso dejar.

“Un gorrión que, a pesar de sus alas rotas, pudo volar”, dijo en sus redes sociales Javier Bassi, gran referente de nuestra pintura con quien Parodi también compartió taller. Parece que ese gorrión, durante años y años, en su periplo artístico entre caídas y levantadas, formó una constelación de afectos artísticos intergeneracional.

Nos quedan sus cuadros, sus dibujos, sus libros, su blog, su humor. Con todas sus capas, ángulos, pinceladas, donde podemos encontrar todo aquello que nos quiso dejar.