Uno llega el primer día al balneario, ve la casa y el jardín rodeando la casa, se pone cómodo, busca una silla apropiada y se sienta en cualquier parte (los árboles altos, el mar cercano, el olor a pasto). Y horas o días después, piensa, se pregunta ¿qué edad tengo? Misterio. No lo sabemos, o lo sabemos, pero lo hemos olvidado.

Quizás para eso van las personas a los balnearios, para volver a la laxitud de los bebés, postergar las proezas, desistir de algo.

Los primeros paseos por la zona tienen como cometido verificar que todo esté como lo dejamos el verano pasado. Por suerte, son pocas las variantes. Una nueva baranda de madera para bajar a la playa, el viejo parador con sus sillas nuevas, plateadas, suculentas de hojas verdes y carnosas recién plantadas, algunas hortensias (de la época de las hortensias) y una o dos calles bituminizadas, e incluso la palabra bituminizada.

El tiempo se ensancha, benévolo, y parece ofrecer cada día algo nuevo; eso deseado, deseable todavía. Las familias bajan caminando a la playa. Entre ellos, un niño de 11 años chancletea contento sin saber que este es, seguramente, el último verano de su infancia. Ya en el mar, algunas parejas descansan sobre la superficie rocosa, el sol les da de lleno y justo cuando empieza a volverse insoportable, el aire fresco llega en ráfagas para aliviarlos. Es eso y la tarde larga, el tiempo por delante.

Detrás de bambalinas, las trabajadoras y los trabajadores sostienen ese mundo veraniego, grato para unos, ingrato para otros (“la existencia de una clase que no posee nada más que su capacidad de trabajo es una premisa necesaria para que exista el capital”, escribió Marx). Limpian, sirven, vigilan, cocinan, se acercan con suavidad, sonríen, hacen excepciones, no hacen excepciones por nosotros.

Pienso ahora en el Balbec de Proust, aquel balneario ficticio, amorosa copia del Cabourg de su infancia. La primera visita del protagonista a la costa normanda es junto a su abuela, con la intención de hacer un “tratamiento de baños” para mejorar su asma. Las expectativas de Marcel están puestas, sobre todo, en conocer la “iglesia persa” de Balbec, y el mar. Pero como suele suceder, el placer buscado no llega ni en el momento ni del modo en que habíamos esperado. Luego de haber visto la iglesia en imágenes y de haber leído sobre ella, luego de haberla idealizado, su vista concreta, rodeada por la plaza, el café y la calle mayor, es decir, “sometida a la tiranía de lo particular”, resulta decepcionante.

El mar, en cambio, no lo decepciona. Ya instalados en el Grand Hotel, Marcel puede verlo desde la ventana de su habitación “como en los ojos de buey de un camarote de barco”. Se asoma allí para verlo cada mañana, “la mar desnuda, sin opacidades”, “delimitada por una línea fina y móvil”, las olas lanzándose “unas tras otras como saltadores en un trampolín”, la mar como un “vasto circo deslumbrante”.

Al inicio de su estadía, todavía convaleciente, Marcel ve pasear por el malecón a un grupo de jóvenes y se lamenta de no poder conocerlos ni compartir sus experiencias debido a su delicado estado de salud: “Ya volviesen hacia algún hotelito desconocido, salieran para dirigirse con una raqueta en la mano a una pista de tenis o montaran en caballos cuyos cascos me pisoteaban el corazón, yo los contemplaba con una curiosidad apasionada en aquella iluminación cegadora de la playa en la que las proporciones sociales cambian, seguía todos sus movimientos a través de la transparencia de aquel gran vano acristalado que dejaba pasar tanta luz”.

A la sombra de las muchachas en flor, segundo volumen de En busca del tiempo perdido, transcurre casi por completo en Balbec y se centra en esta primera llegada del protagonista a la costa francesa, la aparición de Albertina y, claro, el encuentro fortuito entre ambos (prólogo de un amor tormentoso), porque para asuntos del estilo es que también fueron hechos los balnearios.