Confieso que en un par de oportunidades me dieron ganas de levantarme del asiento. Por un lado estaba la persona que conversó durante toda la película y señalaba a cada rato dónde estaba “el mono”. Había otra persona que revisaba periódicamente su abanico de redes sociales con la pantalla del teléfono a un brillo capaz de cocinar pequeños alimentos. A eso se le sumaba que los primeros minutos de Primate son tan genéricos que duelen, más allá de un arranque pensado para que no queden dudas de que estamos ante “una de terror”.
Tres jovencitas que parecían sacadas de un catálogo de “scream queens” (prontas para gritar ante la primera amenaza de muerte) viajan a Hawái para quedarse en la impresionante mansión de la familia de una de ellas. En el avión hay coqueteos con otros pasajeros y conversaciones que dejan bien en claro cómo se llevan. Esta es una película que quiere explicar lo más rápido posible las relaciones entre los personajes; por eso, cuando llegan al aeropuerto, una de ellas grita “¡Hermano!” cuando su hermano aparece para darles un aventón.
Eran tantos los déjà vus de la más reciente versión de Sé lo que hicieron el verano pasado (Jennifer Kaytin Robinson, 2025) que temía lo peor. Pero decidí quedarme, entre otras cosas, porque ya me había comprometido a hablar de esta película para el diario. Así que logré disociar la conversación del mono, moví la rodilla para tapar estratégicamente el celular que derretía mis córneas y me encontré con “una de terror” que, después de trastabillar unos minutos, se afianza gracias al buen uso de todos los elementos que esperamos del género.
Para eso tendremos que atravesar la típica escena en la que dos de las muchachas coquetean con el hermano de la tercera (saben exactamente de quién les hablo porque quedó establecido en la escena del aeropuerto), así como la presentación de otras dos potenciales víctimas: el dueño de casa y su otra hija. En los créditos y en diálogos también descubrimos que él enviudó y que la mujer fallecida era una profesora de lingüística que por temas relacionados con la profesión tenía un chimpancé de mascota.
El guion coescrito por el director Johannes Roberts junto a Ernest Riera quiere que todas las piezas estén en el lugar correcto para luego dejar que Ben (el primate del título) haga de las suyas. El dueño de casa es sordo y es interpretado por Troy Kotsur, ganador del Oscar a Mejor actor de reparto por Coda aquella noche del cachetazo de Will Smith, lo que explica que la familia pueda comunicarse con Ben (y con él) mediante señas. De paso, un texto al comienzo de la película explicaba que la rabia puede ser mortal si no se trata en 48 horas.
Todo esto lo iba repasando en mi mente (y anotando en mi cuaderno con la ayuda del resplandor del celular ajeno) porque siempre me resultó interesante la forma en la que se le da información al espectador. Hay un viejo consejo que dice “mostrá, no me lo digas”, pero los primeros minutos dicen un montón mientras muestran una hermosa casa con piscina situada convenientemente junto a una ladera peligrosísima.
Con el arranque en contra, Primate empieza a acomodarse hasta transformarse en lo que buscamos al ir a ver “una de terror”. La única escena del chimpancé sanito, por decir de alguna manera, deja en claro que no estamos ante un prodigio de los efectos especiales. Pero una vez que la rabia (explicada, por supuesto) vaya desfigurando y babeando su rostro, no habrá dudas de que ese bicho tiene el potencial de asesinar a cualquiera que se le ponga enfrente.
¿Vieron que hay gente que recuerda dónde estaba cuando cayeron las Torres Gemelas o cuando murió Maradona? Yo recuerdo dónde estaba cuando el guion empezó a acomodarse. Es fácil la respuesta: estaba en el cine, rodeado de personas que olvidaron el protocolo básico de mirar una película en comunidad. Pero también recuerdo en qué momento la cosa empezó a ponerse buena. Se los cuento porque (por suerte) ocurre en forma bastante temprana.
Después de un par de “salidas en falso” en las que parece que Ben se sacó loco, pero no, Ben se saca loco. Y debido a la topología de la casa (que el director no establece tan bien), un grupo de potenciales víctimas se refugia en medio de la piscina, a sabiendas de que el chimpancé no podrá atacarlas ahí. O casi. En ese instante pensé (y lo anoté, porque no confío en mi memoria): “Stephen King haría un libro entero con eso”. Fue capaz de escribir una novela entera con una persona encadenada a una cama.
Y si bien el resto de los 89 minutos no se limita a la piscina, la apuesta por centrar la acción en ese sitio en lugar de limitarse a correr y esconderse (de eso también habrá, obvio) me generó la confianza suficiente como para involucrarme con lo que estaba viendo. Que para entonces ya incluía un desafío contra el tiempo, porque había una persona mordida por el mono y como estableció claramente el texto de arranque, hay una cantidad finita de horas durante las cuales se puede curar la enfermedad.
A partir de ahí se van estableciendo diferentes “misiones”, la mayoría de ellas relacionadas con la búsqueda de un teléfono celular. Esto obligará a los piscineados a abandonar la zona de seguridad y moverse en silencio, algo que les resultará casi imposible. Ninguno de ellos sobreviviría más de dos horas en el universo de Un lugar en silencio (la de los monstruos que cazan por el ruido).
Todo lo que sigue no se diferencia mucho del resto de la mencionada Sé lo que hiciste el verano pasado, pero funciona. Entre otras cosas, porque tenemos a un buen malo. Feo, baboso, furioso, primitivo. Y capaz de matar a sus sucesivas víctimas en formas crueles, sanguinarias y lo suficientemente originales. “¿Qué más se puede pedir?”, preguntaba una publicidad de cigarrillos en la época en la que estaba bien visto asociar a esos palitos tóxicos con gente joven, feliz y activa.
La película incluso tiene el tino de introducir una nueva camada de víctimas y jugar (por decir de alguna manera) con la discapacidad auditiva del dueño de casa en una escena recontra ruidosa. El manejo de la tensión es más que correcto, las apariciones de Ben son las justas y hasta logran utilizar el más viejo de los clichés del género: el malo que ahora sí por suerte se murió y seguro que no va a volver una última vez a atacarnos.
Primate tiene un comienzo bastante tonto, pero si logramos superarlo y dejamos que la rabia se apodere de Ben, habrá entretenimiento suficiente para que la rabia sea el último de los sentimientos que nos invada.
Primate. 89 minutos. En cines.
Oportunidad perdida
Primate se saca las ganas de tener a un chimpancé rabioso y asesino, y lo hace bien. Sin embargo, la explicación de la rabia (con seguimiento del contagio y todo) evita tener que conversar de ciertos temas, y hay dos series documentales recomendadas para profundizar acerca de la naturaleza de los chimpancés y de su relación con los humanos. En Netflix está El imperio de los chimpancés (Chimp Empire), que sigue a un grupo de chimpancés en Uganda durante su vida cotidiana, pero también en la feroz protección de su territorio frente al acecho de otros grupos, y descubrimos lo violentos que llegan a ser en su estado natural. Y después está Chimp Crazy en HBO Max, que sigue a una especie de Tiger King de los chimpancés y sirve para hablar de la industria de crianza de estos animales para su venta a familias, de las mujeres que los utilizan como bebés sustitutos y (también) de casos horribles de violencia a humanos con consecuencias tan terribles como las de la película.
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