Dice, seguirá diciendo, la poeta Denise Levertov que “mientras leés, el mar/ está pasando sus páginas oscuras/ pasando/ sus páginas oscuras”. Dice que no lo olvides, dice que lo recuerdes.

Es el mar de Levertov y es también el mar de Chéjov, en Yalta, donde el escritor pasó sus últimos años, enfermo de tuberculosis. Y Yalta es también esa ciudad turística, sobre el mar Negro, uno de los escenarios de aquel precioso cuento suyo, “La dama del perrito”. Una ciudad con su muelle y su malecón, y el mar omnipresente, agitado y ruidoso: “El mismo ruido indiferente (que) seguirá haciendo cuando ya no existamos nosotros”.

Es el tiempo, insidioso. Es el tiempo, chocando contra la roca.

Qué suerte la de los niños. Ellos no lo saben, todavía. Creen que el tiempo son los instantes, las horas, los minutos. No imaginan que cada una de esas partes minúsculas completa algo mayor, va llenando la hoja de rayas y garabatos, ocupándolo todo, terminándolo.

Es un invierno frío en Nueva York. Y es también la última escena de la película Días de radio, de Woody Allen. Los personajes suben a la azotea del edificio donde transcurre la fiesta de fin de año, pero casi enseguida comienza a nevar y todos bajan, haciendo comentarios graciosos, quizás cansados, pero en apariencia felices. Enseguida, la cámara hace ese pequeño paneo para dar espacio a la voz en off: “Nunca olvidé esa noche de Año Nuevo, cuando la tía Bea me despertó para recibir la llegada de 1944. No olvidé a ninguna de esas personas, ni las voces que escuchábamos en la radio. Aunque la verdad es que, con cada nuevo año que pasa, esas voces parecen opacarse cada vez más, y más”.

En una entrevista de hace algunos años, reflexionando sobre la vida, ese “gran sinsentido”, le preguntan a Allen sobre la función del arte, y él responde: “¿Por qué seguir viviendo?, ¿por qué nos importan las cosas? ¿Por qué la vida es tan terrible y por qué es tan importante como para querer seguir adelante con ella? Para mí, ese es el reto al que se someten los artistas todo el tiempo, tratar de averiguarlo”.

Cuando uno ve, o vuelve a ver, Días de radio, lo comprende. La vida es importante.

En Moby Dick, la famosa novela de Melville, Starbuck, el primer oficial del Pequod, decía a los tripulantes que estaban a su cargo: “No quiero en mi bote a ninguno que no tenga miedo de la ballena”. Tener miedo de la ballena le aseguraba a Starbuck que ninguno de sus hombres haría una estupidez que los pusiera en peligro a todos.

Es eso o tener el suficiente miedo como para no morir sacándonos una selfi en cualquier peñasco (“cautela también es coraje”). La vida es importante.

Dicen que quizás existan universos paralelos, versiones nuestras cometiendo errores distintos en otras partes, tomando buenas y malas decisiones. Dicen que es así y no lo sabemos. Pienso en eso justo cuando veo arriba, en el techo, el reflejo de un círculo de agua en movimiento, un lago de luz, agitándose despacio. ¿De dónde viene?, me pregunto, y enseguida entiendo. Es el reflejo del agua que está en una taza, sobre la mesa, abajo. Quizás sí sea cierto. Una, muchas realidades agitándose en alguna parte, como pequeños reflejos.

El 22 de enero de este año, el músico Daniel Johnston hubiese cumplido 65 años. El sufridor contento, brillando a pesar de todo. Su música es también eso, el reflejo de luz, dejado allí como un regalo para nosotros. Y así con todos. Y así con todo. La vida es importante.