El 16 de febrero murió el cineasta estadounidense Frederick Wiseman. Tenía 96 años. Dirigió 48 películas en 57 años, la última de las cuales, Menus-plaisirs, se estrenó en 2023. Suele ser considerado uno de los grandes exponentes del cine documental y practicó el modo observacional, en el que el cineasta y su equipo buscan tener la menor participación posible en lo que están mostrando: nada de entrevistas ni comentarios hablados, el cineasta no aparece en cámara, no hay puesta en escena ni música incidental, ni gráficos, esquemas o imágenes de archivo, y el sonido es directo.
Al parecer, el modo observacional surgió en Estados Unidos hacia 1960. El primer ejemplar destacado fue Primary (1960), de Robert Drew, quien, con un equipo de camarógrafos y sonidistas, siguió la disputa entre John Kennedy y Hubert Humphrey en las elecciones internas del Partido Demócrata para seleccionar el candidato presidencial. Fue posible gracias a la disponibilidad de cámaras ligeras, grabadores portátiles y una nueva disposición cultural a aceptar el uso profesional de la película de 16 mm, cuatro veces más barata que la de 35 mm. Por entonces, Wiseman era un joven profesor de Derecho en la Universidad de Boston y tenía como antecedentes tres años de servicio militar y dos años de residencia en París –Francia sería su segunda patria–. Su primera experiencia en cine fue como productor de una película de ficción, The Cool World (1963), dirigida por Shirley Clarke.
Recién en 1967 Wiseman se puso a dirigir, y su ópera prima, Titicut Follies, es considerada una de sus obras maestras. Trabajó con un equipo de tan solo dos personas: él mismo sostenía el micrófono y orientaba al camarógrafo. Todas las imágenes transcurren en el interior de un hospital psiquiátrico. No hay una línea narrativa única, sino que a través de un mosaico de situaciones nos vamos haciendo una idea de cómo funciona el hospital y de las cuestiones éticas en juego.
En esencia, ese fue el abordaje de la casi totalidad de los demás documentales de Wiseman. Cada uno de ellos curioseaba en alguna institución distinta: High School (1968, sobre un liceo), Ley y orden (1969, sobre el Departamento de Policía de Kansas City), Hospital (1970). Su abundante obra posterior incluyó, entre muchas cosas, observaciones de una corte especializada en infantojuveniles, la zona del Canal de Panamá, una tienda de departamentos, un club de carreras de caballos, el entrenamiento de funcionarios encargados de un silo de misiles nucleares, un CTI, un zoológico, el American Ballet, el Concejo Municipal de Idaho, un gimnasio de boxeo, la Biblioteca de Nueva York y mucho más.
Wiseman dijo que filmaba con poca preparación, para evitar visiones preconcebidas. De todos modos, sus primeras películas tratan de enfatizar “la forma en que se ejerce el poder y se racionalizan las decisiones”, como dijo en una entrevista de 1974. Titicut Follies dejaba una idea horrenda del trato dispensado a los pacientes mentales, tanto así que, tras su estreno en el Festival de Nueva York, fue objeto de una disputa judicial y terminó siendo prohibida. Recién en 1987, tras una serie de muertes escandalosas en ese hospital, un abogado argumentó que, de haberse difundido la película, hubiera podido incidir en los métodos del psiquiátrico y se hubiera evitado mucho sufrimiento y muertes. High School terminaba con un discurso de una directora del colegio que inducía en el espectador la visión del sistema educativo como disciplinamiento funcional al sistema (y, puntualmente, a la guerra de Vietnam).
Más adelante, Wiseman tendió a aflojar ese empuje contracultural y antisistémico: “Uno empieza con un poco de cliché o estereotipo sobre cómo se supone que deben comportarse los guardias de prisión o cómo son realmente los policías. Luego descubrís que no se ajustan a esa imagen, que son mucho más complejos. Y el objetivo de cada película es hacer ese descubrimiento”, dijo en 1989. Como tantas personas de tendencia izquierdista, Wiseman empezó en el afán de sabotear a las instituciones para concluir, con el paso de los años y frente al creciente anarquismo de cuño neoliberal, que solemos estar mejor con las instituciones que sin ellas, lo cual no implica omitir críticas a su funcionamiento. Ese afán de captar las contradicciones sin simplificarlas en un programa premoldeado llevó a un incremento en la duración de sus películas. Tanto la atrapante Near Death (1989) como Belfast, Maine (1999) duran alrededor de seis horas.
Se usó mucho la expresión mosca en la pared para describir el enfoque del cine de Wiseman. Es como si la cámara estuviera posada en la pared del ambiente, inadvertida por las personas que, discretamente observadas por ella, conversan o discuten. ¿Cómo diablos haría Wiseman para ser tan poco intrusivo y lograr que sus “personajes” actuaran en forma tan espontánea, sin mirarlo y desarrollando conversaciones tan interesantes e ilustrativas? Tenía algunos trucos. Muchas veces una conversación está intervenida por un plano de reacción del personaje que está escuchando lo que dice el otro. Sabiendo que Wiseman rodaba con una sola cámara, queda claro que ese plano no se corresponde al momento en que el director lo colocó, y sirve para disfrazar alguna elipsis o sencillamente para generar variedad visual y rítmica.
El mismo Wiseman nunca pretendió pasar por un observador objetivo. Enfatizó, varias veces, que su meta era hacer películas entretenidas y absorbentes. Muchas veces, la proporción entre el material filmado y el que terminaba en el montaje final era de cien a uno: una selección extrema. Para él, sus películas eran reality fictions (ficciones con la realidad), que estarían, en todo caso, acotadas por un sentido de responsabilidad y fidelidad a lo que él, subjetivamente, sentía como la verdad de las situaciones que mostraba. Y vaya si lograba ambas cosas: impregnarnos de conocimientos e ideas sobre las instituciones que retrataba y, al mismo tiempo, propiciar experiencias cinematográficas fascinantes.