O último azul describe un futuro cercano en el cual el gobierno de Brasil, hipercontrolador y aparentemente totalitario, decidió que los ancianos son un estorbo para el desarrollo económico y tomó una serie de medidas para sacarlos de en medio. A partir de determinada edad, los viejos pierden las potestades de la ciudadanía y pasan a la tutela de sus descendientes. Ya no se les permite trabajar, cualquier mínima operación que hacen requiere la autorización de su tutor y a la larga son confinados en una colonia. Si alguien ve por ahí a una persona con el pelo canoso, debe denunciarla a la policía para que la capture y la lleve (sea a los cuidados del tutor o a la colonia) en un catavelho (“atrapa viejos”), muy parecido a las camionetas enjauladas en las que se llevan perros callejeros a la perrera. Todo ello viene rodeado de cuidados: los tutores reciben una compensación económica estatal, los viejitos son condecorados por su larga vida, se pregunta por sus necesidades -al parecer para subsanarlas-, pero los cuidados no impiden la humillación de la pérdida forzada de autonomía: en el ómnibus que los lleva a la colonia de retiro definitivo, todos los pasajeros deben usar pañales geriátricos, los necesiten o no.
Hay quien ve en el futuro distópico imaginado en la película una crítica política. En todo caso, esta estaría totalmente localizada a la situación de los adultos mayores, ya que nunca nos enteramos de otros aspectos de la sociedad: ¿el gobierno es de izquierda o de derecha? ¿Cuál es su posición con respecto a otras cuestiones sociales o económicas? Como proyección de futuro, la premisa es medio forzada, y me da la impresión de que se trata más bien de una alegoría en espíritu de realismo mágico. Lo que la ley impone en la película es un poco como buena parte de la sociedad tiende a ver la vejez hoy, y es más, debe haber un montón de gente en la circunstancia nada fácil de cuidar a sus viejos para quienes la existencia de una colonia como la imaginada en la película, proporcionada por el Estado (más la compensación económica), podría significar una bienvenida liberación.
Pero la película no asume el lugar de los jóvenes, sino que tiene como protagonista a Tereza, quien, a los 77 años, es sorprendida por el hecho de que la edad de pérdida de responsabilidad jurídica acaba de bajar de 80 a 75. Tereza todavía trabaja -es obrera en una fábrica de procesamiento de carne de yacaré en algún lugar de la Amazonia- y no tiene intención de jubilarse, lleva una vida autónoma, está sana. El cercenamiento de su libertad le resulta sumamente irritante. Y no lo va a aguantar. Se escapa, de la hija y del Estado, inicialmente con un objetivo específico y localizado: cumplir su sueño de volar en avión. Luego ese objetivo se expande hacia vivir haciendo lo que quiera y disfrutar la vida que le queda.
Cuando el director Gabriel Mascaro pasó de dirigir documentales a la dirección de largos de ficción, en 2014, fue una confirmación más del inesperado dinamismo que venía ganando el cine hecho en Recife, (Pernambuco), sumándose a los triunfos de, sobre todo, Marcelo Gomes, Kleber Mendonça Filho y Hilton Lacerda. No vi su opera prima Vientos de agosto, pero me resultó curioso encontrar en esta nueva película una mezcla de rasgos notables de sus otras dos obras de ficción: Boi neón (2015), es una road movie, y Divino amor (2019) transcurre en un Brasil distópico.
La road en este caso no es exactamente una carretera, sino los ríos de la Amazonia, principal medio de transporte para mucha gente y entre varias localidades. Siempre hay imágenes bellas, interesantes y poéticas en las películas de Mascaro, y los ríos, barcos y el cielo amazónico nos regalan buena parte de ellas. Pero hay más, como esa especie de parque temático desarmado tirado en medio de la floresta o la pelea de peces betta. Esto último puede sonar fantasioso, pero es una práctica ilegal arraigada en la Amazonia. En cambio, sí es un invento el caracol que deja un rastro de color azul vivo, y cuya baba, goteada en los ojos como si fuera colirio, propicia una intoxicación visionaria y reveladora, que los personajes tienden a considerar como un vislumbre de realidades ocultas.
Más allá de todas esas cosas, la película es especial en la manera en que reivindica la vejez: no es por piedad, tampoco por gratitud. Tereza está sana y capaz. No es malvada, pero no es especialmente buena, tierna o nostálgica, y a veces es más bien ruda. Puede estar medio desfasada con algunas cosas de la vida actual, pero sus torpezas o ignorancias nunca son objeto de comedia. Ella pretende hacer lo que quiere hacer, se siente con el derecho de hacerlo y no tolera que la “protección” estatal la vaya a privar de ello, a ella, que no necesita protección. En la segunda parte de la película, viajando junto a Roberta, encuentra una vía para divertirse, y ese vínculo tiene una cierta potencialidad lesbiana, pero eso ni se concreta ni se convierte en el eje. Quizá, justamente, enfatizando el hecho de que Tereza no se muestra como una persona en el final de la vida, sino como alguien que está en una parte avanzada de su recorrido, pero que piensa esencialmente en el futuro, la película no tiene un final conclusivo, lo que puede resultar un poco frustrante.
O último azul, que se había estrenado en Uruguay en el Festival de Cinemateca, ganó el Oso de Plata (segundo premio, atrás del Oso de Oro) en el Festival de Berlín, donde recibió además el premio del jurado ecuménico. Denise Weinberg ganó premios como mejor actriz en los festivales de La Habana y Guadalajara, donde la película fue considerada Mejor obra latinoamericana.
O último azul. 86 minutos. En Cinemateca.