Larga vida al fútbol uruguayo. Danubio y Peñarol disputaron un hermoso partido que le cayó justo al sábado. En el estadio con nombre de mujer, Maria Mincheff de Lazaroff, que ya no tiene la palmera de la suerte, la franja recibió al aurinegro. Una fiesta de los barrios el partido. Por suerte no tenemos aquello del fútbol sin visitantes. Y el folclore es un partido más en el cemento que hace que todo lo valga. Adentro, Danubio y Peñarol. El Danubio de Juan Manuel Olivera, apelando a la pertenencia, para resistir, para reescribirse. El Peñarol de Diego Aguirre, todo un tema.
Toda una reivindicación de las decisiones. Rotando y ampliando el margen de figuras. Con Leo Fernández en el banco y un Tito Villalba encendido, picante y querendón. La argentinidad al servicio. Quiso una y otra vez. Se juntó con Diego García e hicieron de las suyas. La decisión por Felipe Avenatti duró poco y tuvo que salir lesionado. Alexander Machado, entonces, tomó la posta de la insistencia de bregar por el gol, aunque Mauro Goicoechea se erigiera como figura.
Diego García, de Peñarol y Facundo Ezequiel González Muslera, de Danubio, el 5 de abril en el Estadio María Mincheff de Lazaroff, en Montevideo.
Foto: Ernesto Ryan, Agencia Gamba
Primero le tapó a Villalba, que picó solo, tras habilitación de su compatriota Eric Remedi. Luego cambiaron figuritas y Machado recibió de Villalba, pero nuevamente Goicoechea hacía grande a Danubio. Peñarol contó con la inspiración, además, del pibe Leandro Umpiérrez. Ignacio Sosa supo plegarse a ese juego y llegó también con claridad en una jugada ciertamente maradoniana, que se apagó en los guantes de hule. Se quedó con dos más de los pies de García que fue de los más avispados. Danubio mantuvo la paciencia pero por momentos fue un monólogo.
La forma que encontró Peñarol de abrir el score fue con una avivada de Diego García en un córner, mientras todos se acomodaban. García se miró con complicidad con Tito que se la pidió solo y sin marca. García puso un centro medido ante un Danubio desprevenido y Villalba convirtió el primero sin oposición.
Para el segundo tiempo, Diego Aguirre sacó al argentino Villalba que era figura por primera vez en el aurinegro. Leonardo Fernández se calzó la diez, todas sus revanchas, y todo lo dicho sobre él, y una vez más se dispuso a hablar con los pies. Juan Manuel Olivera también movió las estanterías y mandó a Perg y a Ignacio Pintos para acomodar las cosas en Maroñas.
Mauro Goicoechea, arquero de Danubio y Alexander Machado, de Peñarol, el 5 de abril en el estadio María Mincheff de Lazaroff, en Montevideo.
Foto: Ernesto Ryan, Agencia Gamba
Peñarol supo seguir en la misma a pesar de La Más Fiel, que no paró de cantar atrás del arco que, en el segundo tiempo, defendió Guillermo De Amores, titular en este encuentro. Peñarol, sin embargo, consiguió seguir en el mismo tenor. Aunque Danubio se mantuvo en pelea y quiso proponer. Incluso tuvo en Papelito Fernández, como cada vez, un acecho constante, sazonado por su corazón tricolor.
Peñarol probó con el Cepillo Franco González, todo un símbolo de querer volver. Danubio no terminó de encontrarle la vuelta pero no claudicó. Olivera mandó a Mateo Argüello y a Lucas Sanseviero para revivir el plan. Pero Peñarol cargó con toda su vergüenza deportiva, con hidalguía, como jugó Javier Méndez. Con humildad quizás, ese gesto tan fundamental.
Sanseviero supo sorprender De Amores, La Más Fiel insistió con el cantito. Camilo Mayada probó contra su exequipo hasta con cierto resquemor. Goicoechea se adueñó de casi todo. Fue quizás la diferencia, la chance de Danubio, la resistencia, la posibilidad.
Alexander Machado tuvo el suyo, lo quiso todo el partido. Lo mereció incluso. Generó una jugada individual de alto calibre de barrio pero pateó desviado. Hará cientos de goles si no pierde esa magia. Esa magia no se pierde. Es la que salva nuestro bendito fútbol. O la que lo bendice.
Peñarol volvió al triunfo y volvió a creer. Le ganó a un Danubio en Jardines, que quedó debiendo.