El tiempo todo lo cambia. El fútbol americano pasó de ser un chiste compartido para gran parte del Cono Sur –donde nos reíamos porque le decían “football” a un deporte en que apenas se toca ocasionalmente el balón con el pie y defendíamos a rajatabla que el fútbol era el nuestro, el tradicional– a volverse un evento seguido por gran parte de los amantes de cualquier deporte, de cualquier país. Uruguay no es una excepción.

Sí, es cierto, sigue resultando algo complejo de entender rápidamente por sus muchas reglas: su ofensiva, su defensiva, eso de los equipos especiales, la enorme cantidad de infracciones que pueden cobrarse. Pero para aquellos que abrazamos su contenido y nos hemos vuelto fans –previo asesoramiento con algún amigo que conocía bien cómo se juega o jugando en consolas a alguna versión del Madden– disfrutamos como locos de esto que bien puede definirse como “ajedrez violento”, dado el esquema de juego. Hay un técnico que ordena una jugada ofensiva para lograr un mínimo de yardas y un técnico rival que monta una jugada defensiva para impedírselo.

Este domingo ocurre el máximo desafío, el partido más importante del año: el Super Bowl, que se realiza desde 1967 y es el evento más convocante en materia de deportes en Estados Unidos. Tampoco le va mal en el resto del mundo: el del año pasado fue visto por aproximadamente 127,7 millones de personas.

La final del campeonato LX de este año enfrenta a los Patriots de Nueva Inglaterra con los Seahawks de Seattle, repitiendo así el Super Bowl de 2015, que ganó Nueva Inglaterra 28-24.

Los Patriots son viejos conocidos de esta instancia, ya que poseen el récord de ser el equipo con más Super Bowls ganados con un total de seis, igualando el récord de los Pittsburgh Steelers. Además, también son reconocidos por ser la casa de quien es considerado el mejor jugador de la historia del fútbol americano, Tom Brady, quien ganó con ellos los seis títulos antes mencionados. Y a pesar de cierto bajón en su éxito en tiempos recientes –justamente, cuando se retiró Brady y el reconocido mánager Bill Bellicheck salió del equipo–, es de la mano de Mike Vrabel y el gran candidato a MVP (jugador más valioso) de este año, el joven mariscal Drake Maye, que llegan nuevamente a competir por el título.

Pero, a pesar de todos estos antecedentes, no son los Patriots los favoritos al título, sino Seattle, que durante todo el año fue una verdadera aplanadora de rivales; incluso en los playoffs pocos le pudieron hacer siquiera partido. Liderados por el mariscal Sam Darnold y con Mike Macdonald como entrenador principal, los Seahawks son los candidatos para todas las casas de apuestas, pese a quien le pese y en contra de todos los antecedentes de años pasados. Buscan obtener el título por segunda vez en la historia. La única vez que lo consiguieron fue en 2014, cuando derrotaron en la final a los Denver Broncos de manera contundente 43-8.

En paralelo al partido, se da además otra instancia por demás interesante (y más allá de todo gusto musical): el Super Bowl se complementa con un siempre espectacular show de entretiempo y el elegido para realizarlo este año fue el puertorriqueño Bad Bunny, que viene de arrasar en los premios Grammy y aprovechó la ceremonia de entrega para criticar a la Policía migratoria de Estados Unidos. En un contexto muy particular para el país –basta con mirar la represión en Minnesota–, es toda una declaración por parte de la NFL elegirlo para animar el cotarro. Y para colmo, sus teloneros no son otros que los punks de Green Day, quienes han popularizado corear “fuck Donald Trump” en sus conciertos.

Si el partido es la mitad de interesante que el show de medio tiempo, vamos servidos.