Quizá el Premio FIFA de la Paz, que Infantino otorgó a Trump a principios de diciembre de 2025, era más un exhorto que una distinción. Su cualidad de premio consuelo era evidente. ¿Serviría para calmar el ánimo del presidente estadounidense en las vísperas de un evento crucial –la gran apuesta de Infantino– que lo tendría como anfitrión? El presidente de la FIFA, cuyos detractores han acusado de politizar el organismo y vulnerar el principio de neutralidad, inventó y presentó esta distinción por cuenta propia, sin proponerla ante el consejo de la FIFA ni aclarar criterios o nominados.

Tal vez su intención era sólo apaciguar a Trump. Después de todo, ha cultivado una estrecha relación con él –probablemente hasta comparten cierta pasión, aunque no necesariamente por el soccer– y puede haber anticipado el resentimiento, el afán de revancha, esa reacción que después el propio Trump exteriorizó con su carta al presidente noruego: “Considerando que su país decidió no darme el Premio Nobel de la Paz [...], ya no siento la obligación de pensar puramente en la paz”. ¿Habrá temido Infantino lo que finalmente está sucediendo?

Después de recibir el Premio FIFA de la Paz, Trump no sólo invadió Venezuela y amenazó con tomar Groenlandia por la fuerza, sino que en su propio país, más precisamente en Minnesota, agentes del ICE (Servicio de Control de Migración y Aduanas), en medio de la férrea política antimigratoria que ya había despertado preocupación por la llegada de visitantes extranjeros al Mundial, asesinaron a dos ciudadanos estadounidenses.

En este escenario, los llamados a boicotear la sede de Estados Unidos para el Mundial, aunque todavía marginales, van en aumento y suman en Europa voces conocidas y de peso.

La “vieja guardia” de la FIFA arremete contra Infantino

El primer llamado importante a boicotear el Mundial 2026 provino de Alemania. Jürgen Hardt, político cercano al canciller Friedrich Merz, sugirió que la selección alemana, una de las grandes potencias futbolísticas europeas, se retire de la competencia si Donald Trump avanza con sus amenazas en Groenlandia, aunque Hardt aclaró que esto sería un caso de “último recurso”.

El anterior presidente de la FIFA, Sepp Blatter, hizo su reaparición pública esta semana para sumarse a los llamados de boicot a Estados Unidos para el Mundial. El exdirigente citó las palabras de Mark Pieth, un conocido abogado anticorrupción suizo que trabajó para la FIFA durante su mandato, y en una entrevista de prensa exhortó a los hinchas a ver el Mundial por televisión. “Eviten ir a Estados Unidos”, dijo Pieth, preocupado por la violencia con la que ha actuado la policía de inmigración estadounidense. “Creo que Mark Pieth tiene razón al cuestionar este mundial”, dijo Blatter en redes sociales.

Mucho más directo y crítico con Infantino fue Michel Platini, su mentor y antiguo jefe en la UEFA. El francés dio esta semana una entrevista a The Guardian en la que aseguró que Infantino “fue un buen número dos, pero no es un buen número uno”. Dijo que la FIFA es “mucho menos democrática ahora que con Blatter” y que el actual presidente se volvió un autócrata. “Tiene un gran problema y es que le gusta la gente rica y poderosa, así es su personalidad”, sentenció.

Blatter y Platini cayeron en desgracia durante el escándalo conocido como FIFA Gate que explotó en 2015 y que desembocó en el congreso extraordinario de febrero de 2016, en el que resultó electo Infantino. Blatter, como mandamás, había sido forzado a renunciar, aunque no tuvo acusación formal en la investigación que condujeron el FBI y el Departamento de Justicia estadounidense (que sí arrestó y condenó a una decena de otros dirigentes, entre ellos a Eugenio Figueredo, expresidente de la Asociación Uruguaya de Fútbol y de la Conmebol).

Platini era el candidato natural para sucederlo, pero entonces surgió una denuncia en Suiza, que acusaba a Blatter de un pago ilegal de más de dos millones de dólares a Platini. Por esta razón, el presidente de la UEFA fue excluido de las elecciones en la FIFA. “Estaba destinado que yo fuera presidente”, dijo el exjugador francés a The Guardian. “Pero había gente que no quería. Fue una gran injusticia y, en definitiva, fue todo político. Un grupo de personas decidió acabar conmigo”, agregó.

El año pasado, tanto Blatter como Platini fueron absueltos por la Justicia suiza por segunda vez, después de una apelación del caso. Los tribunales aceptaron la explicación de los dirigentes de que el pago, aunque se realizó sin contrato y mediante un “acuerdo de caballeros”, era legal y correspondía a los servicios prestados por Platini como asesor presidencial de Blatter en el período 1998-2002.

La elección de la FIFA finalmente quedó en manos de su protegido, Infantino, tras un proceso que en sus entretelones ya contiene ciertos elementos que después serían clave durante la gestión del calvo suizo.

Cómo nació Infantino, el presidente “con ayuda estadounidense”

Lo cierto es que nadie apostaba por Infantino en la previa al congreso extraordinario celebrado tras el FIFA Gate. El candidato favorito, con la descalificación de Platini, era el jeque de Baréin, Salman bin Ibrahim al Jalifa, presidente de la Confederación Asiática de Fútbol (AFC).

En la primera ronda de votación, Infantino obtuvo 88 votos. En la segunda resultó triunfador con 115 de los 208 votos totales. “Infantino ganó con ayuda estadounidense”, tituló Reuters. El principal responsable de conseguir todos esos votos para Infantino en la segunda ronda fue el presidente de la Federación de Fútbol de Estados Unidos, Sunil Gulati, que negoció en favor de Infantino con los votantes del jeque bareiní. Después, Gulati ingresó como miembro al Consejo de la FIFA y fue parte del comité de la candidatura conjunta de Estados Unidos, Canadá y México para el Mundial 2026.

“En los últimos meses nos hemos pasado hablando de corrupción, de tribunales, de abogados, de juzgados, de policías y todo eso”, dijo Infantino en su discurso de asunción. “Tenemos que volver a hablar de fútbol”. Pero se puso a hablar de dinero, que para él quizá sea un sinónimo. “El dinero de la FIFA es dinero de todos ustedes”, dijo ante los 207 miembros votantes, que aplaudieron fervorosos esta afirmación. Allí dejó clara su voluntad de repartir e integrar al negocio a actores antes no tan participativos, como árabes y estadounidenses.

Por esos días de la elección, Donald Trump, que también se estrenaba como presidente, despotricaba contra México y proponía un muro antiinmigración, mientras Gulati intentaba calmar las aguas y aseguraba que Trump, no obstante, estaba a bordo de la idea de organizar un mundial junto con México y Canadá. “No hablé personalmente con él, pero sé que le gusta la idea”, afirmó.

Bajo el mandato de Infantino, Estados Unidos ha sido una sede predilecta para todos los torneos FIFA. Tiene por delante el Mundial 2026 y también el Mundial femenino de 2031. Antes fue país anfitrión de la Copa América 2024 y del ambicioso Mundial de Clubes 2025, otro de los grandes caballos de batalla de Infantino, a tal punto que el trofeo –que ganó Chelsea en su primera edición– tiene inscrito su nombre. “Somos testigos de una nueva época. La era dorada del fútbol de clubes: la era del Mundial de Clubes FIFA. La cumbre de las competencias de clubes. Inspirado por el presidente de la FIFA, Gianni Infantino”, mandó a poner en el trofeo, cuya fabricación le encargó a la empresa Tiffany & Co.

En abril de 2025, un par de meses antes del inicio del Mundial de Clubes, Infantino estuvo en Miami y se había reunido con dos altos mandos de la administración Trump: Pamela Bondi, la fiscal general al mando del Departamento de Justicia, y Kash Patel, director del FBI. Los dos organismos responsables del FIFA Gate. Tras la reunión, Infantino agradeció a los funcionarios por su “espíritu de colaboración”.

Un poco antes, durante una cumbre realizada también en Miami, organizada por el Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudita, a Trump le preguntaron a qué tres grandes personalidades, vivas o muertas, invitaría a una cena. “Están todos sentados en primera fila”, respondió. Mencionó al primer ministro y príncipe heredero árabe Mohammed bin Salmán –monarca que será anfitrión del Mundial 2034–, a su amigo y compañero de golf Steve Witkoff, enviado diplomático de su gobierno en Medio Oriente, y a Infantino, a quien describió como “la persona más importante en este momento, al menos hasta que pase la Copa del Mundo”. “Le dio el Mundial a Estados Unidos. Es el rey del soccer”.

Camino a 2034: más negocio, más calendario, más resistencia

Por delante nos esperan agudas controversias en torno al Mundial 2034 en Arabia Saudita, que en realidad ya empezaron. Infantino tomó algunas decisiones cruciales, algunas de ellas torciendo reglamentos internos de la FIFA (como reducir ciertas exigencias relacionadas con la cantidad de estadios) para que el Mundial sea adjudicado al estado que comanda Mohammed bin Salmán, otro de sus grandes aliados a lo largo de su mandato.

Uruguay tuvo su rol en la trama, porque una de las decisiones de Infantino fue que el Mundial 2030, el del centenario, tenga partidos en Argentina, Paraguay y Uruguay, además de en sus sedes principales, que son España, Marruecos y Portugal. Esto eliminó a Europa y América del Sur como potenciales organizadores del siguiente mundial. De este modo, sólo las confederaciones de Asia y Oceanía eran elegibles para el Mundial 2034; en ese escenario, Arabia Saudita era la sede lógica, porque ya tenía su candidatura armada.

En medio de esta politización que ya empieza a ser objeto de profundas resistencias en la FIFA, para un presidente que resultó reelecto en dos oportunidades pero cuyas alianzas internas se van agotando, Infantino suma a su trayectoria algunos cambios polémicos y resistidos también en lo puramente deportivo.

El resultado del experimento del Mundial con 48 selecciones, con la presunta caída de nivel competitivo que esto implica, todavía está por verse. La implementación del Mundial de Clubes, que sumó un exigente torneo al ya ajetreado calendario, suscitó un durísimo comunicado de la Federación Internacional de Futbolistas Profesionales: “Una ficción montada por el hombre que se cree Dios”.

En los discursos oficiales Infantino promete una “era dorada” del fútbol de clubes y un Mundial con 48 selecciones que acerque el juego a más países que nunca. En la cancha, en cambio, se acumulan futbolistas saturados, sindicatos que hablan de una ficción montada por “el hombre que se cree Dios” y federaciones que miran con recelo cada nuevo negocio que aterriza en Estados Unidos o Arabia Saudita.

Mientras tanto, la pelota seguirá rodando y las tribunas se llenarán, pero el rey del soccer carga cada vez más cuestionamientos sobre los hombros. Su traje nuevo de emperador, hecho a medida entre la Casa Blanca y Riad, empieza a mostrar hilos sueltos justo cuando el Mundial que le dio a Trump amenaza con convertirse en su mayor problema.